por Yvonne Laborda, articulo original aqui
La crianza convencional se centra, principalmente, en qué es lo que el niño hace (qué es lo que no nos gusta o qué queremos parar y/o cambiar en el comportamiento del niño) y cómo o qué hacer para que ese comportamiento pare/cese. A eso se le llama conductismo. Una necesidad no desaparece al no satisfacerla. Parar el comportamiento y conseguir cambiar la actitud del niño no elimina su causa ni lo que el niño siente. Cuando les decimos que paren de hacer algo, deberíamos decirles o proponerles qué hacer en vez de eso, darles una alternativa. La crianza con conciencia busca el “por qué” de ese comportamiento, la causa originaria de tal actitud. Los niños siempre tienen un motivo valido para hacer lo que hacen aunque no siempre nos gusten sus reacciones ni sepamos su causa. Cuando un niño se siente mal automáticamente se “porta mal”. Si su estado emocional mejora (se siente bien), su comportamiento también mejora. Generalmente, cuando “se pasan” es porque no tienen mejores herramientas. Pensemos qué podemos hacer para ayudarles a canalizar mejor lo que sienten en vez de pensar que hay algo en ellos que no va bien. Averigüemos por qué el niño hace lo que hace. Solemos pensar que sus necesidades son erróneas, que están equivocados, y constantemente luchamos contra ellas.
El unschooling ( dejarles aprender autónomamente y con libertad) no floreció en nuestra casa y empezó a dar sus frutos hasta que cambiamos y sustituimos nuestra crianza convencional por una de más consciente, respetuosa, natural y con apego. Si quieres cambiar algo de ti, de cómo actúas, de lo que piensas, simplemente hazlo. No esperes otro año, otro mes, otra semana, otro día… Hasta que no nos vaciemos de todo lo que creemos y pensamos que ya sabemos no podremos aprender más y mejor. Como dice Sandra Dodd: “It only takes a second to do better”. Traduzco: “sólo se tarda un segundo en hacerlo mejor”. Algo que va muy bien al principio es siempre escoger entre dos opciones: la menos “mala” (dañina). Por ejemplo: Si he perdido el control. Puedo darles un azote o gritarles que paren ya. La próxima vez puedo gritarles que se callen o puedo irme a fuera a la terraza y tranquilizarme. La siguiente puedo salir a la terraza a tranquilizarme o puedo no hacer tanto caso a lo que pienso en ese momento y acercarme a ellos y preguntar si necesitan mi ayuda para algo. Sin mis pensamientos soy la madre cariñosa y comprensiva que quiero ser. Nuestro enfado no es causado por X sino por lo que pensamos de X. Cuando estamos enfadados simplemente estamos creyendo y escuchando nuestros pensamientos sobre el enfado y entonces es cuando culpabilizamos, juzgamos y negamos la realidad. Muchos padres y madres no soportamos cuando se ponen a llorar desconsoladamente sin parar. El llanto es sanador, libera las emociones retenidas. ¿Por qué no soportamos más de X segundos de llantos? ¿Es que acaso no nos dejaron a nosotros llorar de pequeños?. El secreto está en no reaccionar sino simplemente notar el sentimiento, la emoción que sentimos. Aceptar lo que sentimos y quedarnos con esos sentimientos hasta que se diluyan es mejor que intentar no sentir nunca enfado. Tenemos derecho a sentirnos mal y enfadados pero no tenemos el derecho de actuar mal contra nuestros hijos. Todas las emociones son aceptables y validas pero no todos los actos. Si no nos damos una elección, de hecho no hemos realmente decidido, elegido o escogido cómo queremos ser y/o comportarnos. Simplemente hemos reaccionado. Cuando perdemos el control lo que muchas veces queremos y pretendemos es que ellos (nuestros hijos) se controlen y comporten para que nosotros podamos restaurar nuestro control y nuestra paz. ¿No debería ser al revés? Cuando uno se enfada hay necesidad de comunicación. Las raíces del enfado siempre suelen ser la tristeza, las heridas pasadas y el miedo. Si el enfado no está dentro de nosotros no puede salir. Cuando me enfado a veces me convierto en mi mamá o en mi papá. Ahora ya no soy la hija de mis padres solamente, sino que soy la madre de mis hijos. ¿Quién nos está diciendo que no seamos tan amables, compresivos, cariñosos, permisivos… con nuestros hijos?, ¿De quién es esa voz? Es fácil hacer lo que otros esperan de nosotros pero no es tan fácil escuchar a nuestro corazón. Y es muy duro y difícil ser lo suficientemente valiente como para no hacer lo que “ellos” esperan.
La vida está llena de momentos en donde tenemos que tomar decisiones. ¿Qué nos retiene/obstaculiza de no ser/actuar cómo nosotros quisiéramos? Sólo teniendo la intención y el deseo de querer cambiar o hacer cambios pone las cosas en movimiento. Cuando cambiamos el modo en que resolvemos los conflictos con nuestros hijos, estos empiezan a desaparecer. Cada día estamos más cerca de la persona que deseamos ser. ¿Qué es lo que nos gustaría que ellos pensasen de nosotros?
No olvidemos que la mejor manera de sanarnos a nosotros mismos es tratando a los niños de la forma en que nos hubiera gustado que los adultos, en nuestra vida, nos hubieran tratado a nosotros. Si nosotros confiamos en ellos y los respetamos, ellos de una forma natural valoraran a los demás. Si nosotros los respetamos será muy difícil que permitan que otra persona les falte el respeto. La infancia no es una preparación para la vida, es la vida misma. ¿Por qué tenemos tanta prisa en que los niños se comporten como los adultos antes de que sean adultos? La forma en cómo los tratamos es lo que les va a enseñar cómo ser. Los niños se convierten en lo que absorben de su entorno. Seamos cómo nos gustaría que ellos llegaran a ser. Los niños se rebelan sólo porque nuestra cultura se opone a su naturaleza.
Para concluir pienso que lo primero y más importante es la relación con nuestros hijos y cómo interactuamos con ellos. Todo lo demás es secundario. Una vez tengamos las piezas del puzle de nuestra relación encajadas unas con otras con conciencia, todas las demás encontraran su sitio y encajaran casi por sí solas. El día que tengamos otros padres y madres tendremos, también, otro mundo. Un niño obediente no piensa, no cuestiona, no interrumpe, no negocia, no resuelve problemas… sólo hace lo que se le pide, dice o manda. Nuestra necesidad de convencerles, les roba su sentido de confianza en sí mismos. Ayudémosles a ser quienes ya son y dejemos de intentar cambiarlos o hacerlos ser quiénes nosotros quisiéramos que fuesen. Como dijo Winston Churchill: “Los hombres tropiezan con la verdad de vez en cuando, pero la mayoría de las veces se levantan y siguen rápidamente como si nada hubiera sucedido”.
Tuesday, 16 September 2014
¿Cómo podemos empoderar a nuestros hijos en momentos de conflicto?
por Yvonne Laborda, articulo original aqui
Muchas veces he visto como un simple comentario o un desacuerdo entre amigos o hermanos ha causado mucho dolor a un niño. Ya hablé de la influencia de nuestra actitud en como nuestros hijos, o los niños en general, gestionan sus emociones.
Ahora quiero centrarme en cómo les podemos empoderar para que las cosas y sus vivencias les afecten menos y sepan gestionarlas mejor (no se victimicen) y para que tengan otra mirada a lo que les ocurre. En vez de querer cambiar al otro podemos cambiar la forma en que vemos y vivimos las experiencias por tanto dejaran de afectarnos del modo en que nos afectan. Cuando estamos empoderados el comportamiento de los demás ya no nos afecta del mismo modo y por tanto la necesidad de que el otro cambie ya no existe. Nosotros podemos elegir cómo queremos sentirnos.
Cuando confiamos en el poder de resolución de nuestros hijos, ellos son capaces de encontrar mejores soluciones. Cuando un niño se siente respetado, capaz, tenido en cuenta y libre de nuestras expectativas puede gestionar mucho mejor sus emociones y los conflictos con los demás. Hay veces que nos precipitamos a la hora de querer arreglar los conflictos o simplemente nos adelantamos a los acontecimientos. Nuestras emociones pueden llegar a entorpecer la habilidad de actuar empoderados. Es nuestro juicio quien nos hace adelantarnos a los acontecimientos.
Muchas veces no les dejamos expresarse emocionalmente y ese comportamiento puede interferir en la toma de decisiones y el poder de resolución. Necesitan poder expresarse antes de actuar.
Cuando un niño pega, insulta, critica… a otro, por lo general nos sentimos mal y el también. No obstante, nuestra actitud y la forma en que abordamos el tema les puede hacer aún más daño. Las palabras, las opiniones, las criticas tienen el poder que les queramos dar y el quedarnos como víctimas no nos ayuda a gestionar el conflicto ni nos ayuda a sentirnos mejor ni, tampoco, a entender el por qué la otra persona ha actuado así.
Cuando un niño pega, insulta o empuja a otro niño es por algún motivo. No nos gusta ver como pegan a nuestro hijo y mucho menos ver como el nuestro pega a otro. Cuando uno de mis hijos se comporta de un modo poco respetuoso con alguien lo primero que intento hacer es validar a ambos. Le suelo preguntar: “¿Qué te ha pasado para sentirte tan enfado?”. “Debes estar muy frustrado para tener que pegar”. “Mira al otro niño, ¿cómo crees que se siente ahora?” “¿Qué puedo hacer por ti para que te sientas mejor?”, ¿Qué podríamos decirle a tu amigo para que él también se sienta mejor?”. Si partimos de la base de que nadie que se siente bien hace mal a otro podremos entender, empatizar y validar la actitud del “agresor” sea nuestro hijo o el hijo de otro. Hablar de sentimientos de tristeza, enfado, impotencia… con niños muy pequeños no suele ser la mejor forma de validarles. Cuando son pequeños les es más fácil entender y conectar con los hechos directamente y no tanto con las emociones. Es como si pudieran conectar mejor con un hecho que con una emoción. Imaginemos a un niño de 3-4 años enfadado y frustrado por que se tiene que ir de un sitio por que cierran. Su madre podría decirle: “Te querías quedar más, ¿verdad?”, “no querías irte todavía, te lo estabas pasando muy bien…”. Cuando mis hijos eran pequeños solía describir más los hechos y no tanto sus emociones. Ahora ya entienden mejor lo que les pasa y el por qué les pasa. Al haber sido validados de pequeños son ellos mismos quienes le ponen palabras a sus propias reacciones emocionales ahora. El otro día nuestra hija mayor, después de gritarle a su hermano, nos dijo: “es que estoy tan cansada y frustrada que no puedo hablarle de otro modo, necesito gritarle”.
Cuando pensamos que el “agresor” es malo y la “victima” es buena les estamos enseñando que los demás nos pueden hacer daño con una simple palabra. Cuando validamos a ambos niños (“No te ha gustado que te dijera/hiciera eso, ¿verdad?”. “Te debes sentir muy mal para haberle dicho/hecho esto, ¿verdad?”). Ellos pueden ver que detrás de toda actitud hay un motivo valido que suele ser una necesidad no satisfecha. Son reacciones emocionales a estados de ánimo no armoniosos. Cuando nos sentimos mal actuamos mal. Cuando nos sentimos bien actuamos bien. Querer cambiar el comportamiento de un niño no es la mejor opción. Podemos intentar cambiar lo que siente y ayudarle a sentirse mejor. Entonces como efecto secundario su comportamiento, también, será distinto.
Muchos adultos culpamos al otro de nuestro mal estar y queremos que el otro se sienta mal o culpable por lo que nos ha hecho. Al actuar así nos sentimos víctimas. Y vemos al otro como agresor. Ya he comentado en otros artículos que lo que nos enfada no es lo que el otro me hace o dice sino lo que yo pienso sobre lo que la otra persona ha dicho o hecho. Son nuestros juicios sobre lo que los demás hacen y dicen lo que realmente nos enfada.
La verdad es que yo no quiero darles a mis hijos ese modelo. No quiero que piensen y se crean que su felicidad y su estado de ánimo dependen de cómo los demás les traten. Una persona puede seguir sintiéndose bien y conectada consigo misma aunque la traten mal si sabe ver que al otro es a quien le pasa algo y por eso hace lo que hace. Podemos escoger seguir relacionándonos con esa persona o dejar de verla pero lo más importante es responsabilizarnos de eso que nos pasa. Lo que yo siento es algo mío. Alguna carencia, necesidad no satisfecha… Esta empatía, compasión y validación es lo que, en mi opinión, cambiaría el mundo y la forma en que nos relacionamos los unos con los otros. Saber y poder decirles a los demás como nos sentimos cuando nos hacen o dicen eso también ayuda a mejorar nuestras relaciones. Solemos hablar desde la crítica y el enfado en vez de expresar lo que necesitamos y como nos sentimos.
Si nosotros empoderamos a nuestras dos hijas, por poner un ejemplo, será más fácil gestionar los conflictos entre ellas y su hermano. El suele molestarlas cuando está aburrido, se siente desplazado, tiene hambre, calor, está cansado… El reacciona emocionalmente enseguida. Si ellas pueden entender que él hace/dice “eso” porque tiene sueño y está cansado no se lo toman de un modo tan personal y lo pueden gestionar mejor y no se enfadan tanto ya que saben que es algo suyo y no de ellas. Es a él a quien le pasa algo (no se siente bien-hay alguna necesidad no satisfecha) y por eso reacciona emocionalmente. Cuando la necesidad de ser comprendido sea satisfecha él podrá pasar página o simplemente sentirse validado y tenido en cuenta por ellas y por nosotros. Si primero prestamos atención a nuestras emociones (¿qué me pasa a mi cuando veo a mi hijo hacer o decir tal cosa?) entonces nos será más fácil poder atender las emociones y reacciones de nuestros hijos. La mayoría de veces son nuestras emociones las que se entrometen entre ellos y sus conflictos. Cuando ya damos por sentado que uno es el agresor y el otro la víctima y nos mantenemos en ese papel ellos se victimizan o se creen el rol de agresor. Es como que son fieles a esos personajes. Y solemos escuchar: “Mama, es que “x” me ha dicho “z” y me ha pegado/empujado”. Si vamos corriendo a salvarles ya estamos instaurando un modelo. ¿Qué pasaría si les preguntásemos, “¿necesitáis ayuda?, ¿toda va bien?, parece que alguien se siente mal, ¿verdad?, ¿hay algo que yo pueda hacer por vosotros?”. “Parece que hay hambre y poca paciencia ahora”. Podríamos decir muchas cosas distintas. Lo que quiero recalcar es el hecho de no victimizar ni culpar al otro. Las emociones necesitan ser validadas para que no interfieran en el camino de la resolución de conflictos.
A veces la mejor validación puede ser simplemente el silencio junto con nuestra compañía y presencia. Me explico, con silencio no quiero decir indiferencia. Hay sentimientos que al validarlos en público nos pueden generar vergüenza, timidez, miedo… Imaginemos a un niño que no ha podido o querido hacer algo que sus amigos sí han hecho (subirse a un árbol muy alto, bajar una pendiente en patinete…), porque a él le da miedo. Decir en voz alta delante de los demás: “veo que tienes miedo y no te atreves/puedes hacer esto” no sería la mejor forma de validar y empatizar con él, ¿verdad? No le empoderaría, más bien todo lo contrario. Quizás el simple hecho de estar allí con él mientras espera a los demás sería suficiente. En situaciones de miedo o vergüenza el silencio y nuestra presencia pueden ser nuestros mejores amigos y aliados. Recuerdo una ocasión en que a Ainara le ocurrió algo parecido y cuando alguien se burló o hizo un comentario sobre su miedo o falta de confianza ella simplemente dijo: “Es que aún no estoy preparada para hacer eso”. Yo me sentí herida al oír el comentario y ella no. No siempre es así pero hay veces en que lo gestionan muy bien.
Cuando un niño es capaz de empatizar con el otro y le puede decir: “esto que me has hecho/dicho no me gusta”, el otro suele dejar de tener motivo para seguir haciéndolo pero si el otro reacciona emocionalmente a lo que el primero le hizo ya tenemos el conflicto instaurado. A veces intervenimos antes de tiempo e incluso nos sentimos peor que nuestros hijos. Les proyectamos nuestro estado emocional ya que no nos responsabilizamos de él. A mí en ocasiones me ha molestado mucho algo que le han hecho/dicho a mis hijos o algo que mis hijos han hecho/dicho a otros pero en cambio a ellos parecía no molestarles tanto. En ocasiones parece que cuando agreden a nuestros hijos están agrediendo a nuestro niño/a interior. Al niño que fuimos y no al adulto que ahora somos.
También ayuda mucho más el poner nuestra atención en buscar una solución en vez de quedarnos enganchados en el problema, solemos decir sin pensar: “¿Qué ha pasado?, ¿Quién ha sido? ¿Quién empezó?”…” Estas preguntas no nos ayudan a resolver el asunto, más bien nos hacen quedarnos en el mismo sitio, heridos y tristes. Poner nuestra mirada en la solución y pedirles ayuda les empodera para la próxima vez que se encuentren en una situación conflictiva. “¿Qué podemos hacer ahora para que todos estemos mejor?” “¿Cómo se podría solucionar esto?” “¿Os puedo ayudar, yo, en algo?”. Confiemos en ellos y démosle la oportunidad de poder resolver los conflictos más creativamente.
También solemos usar palabras/frases como: “ya estáis otra vez, es que siempre estáis igual, no puedo más, he dicho que pares, no se pega, no se insulta…”Cuando le decimos a un niño “no” a algo, le estamos diciendo que no le aceptamos, que no nos gusta y muchas más cosas. Yo prefiero hacerles ver el efecto de sus actos en los demás. Si un niño pega le podemos hacer ver que el otro niño esta triste y se siente mal porque le ha pegado. De este modo el entiende que pegar hace que los demás se sientan mal. Me gusta más tener principios y no reglas o prohibiciones. En vez de decir “no se pega”, prefiero decir “nosotros nos tratamos con respeto” o “a los demás les gusta que los traten con cariño”. Cuando rompen algo o tiran algo también solemos decirles sin pensar demasiado: “¿Qué culpa tiene la silla, el muñeco…?” Claro, que el muñeco no tiene la culpa de nada pero y si la tuviera, entonces sí podemos destruirlo. Con este ejemplo quiero enfatizar en el hecho de que algún día alguien sí puede tener la culpa de que yo me caiga o de que me haya hecho algo, entonces como sí tiene la culpa puedo hacerle daño o puedo romperlo…
Lo importante no es evitar todo conflicto sino como gestionarlo. Los conflictos nos hacen aprender cosas de nosotros mismos y de los demás. Podemos conocer mejor a las personas y a nosotros mismos. Para yo poder acompañar a mis hijos de este modo he tenido que hacer primero el cambio en mí.Si los adultos nos relacionamos con enfados, críticas y nos sentimos víctimas o agresores poco podremos empoderar a nuestros hijos. Ser madre me ha hecho querer ser mejor persona y querer darme cuenta de qué me pasa realmente a mí y responsabilizarme de lo mío.
También me gustaría mencionar que algunos enfados o reacciones emocionales violentas pueden ser expresiones de heridas pasadas no sanadas. Cuando se han reprimido emociones intensas y dolorosas o se han tenido que reprimir por miedo a las consecuencias pueden salir en cualquier momento al conectar con esa vieja herida no resuelta. Esto no sólo les ocurre a los niños sino que a nosotros los adultos, también, nos pasa continuamente pero no somos siempre conscientes de ello.
Muchas veces he visto como un simple comentario o un desacuerdo entre amigos o hermanos ha causado mucho dolor a un niño. Ya hablé de la influencia de nuestra actitud en como nuestros hijos, o los niños en general, gestionan sus emociones.
Ahora quiero centrarme en cómo les podemos empoderar para que las cosas y sus vivencias les afecten menos y sepan gestionarlas mejor (no se victimicen) y para que tengan otra mirada a lo que les ocurre. En vez de querer cambiar al otro podemos cambiar la forma en que vemos y vivimos las experiencias por tanto dejaran de afectarnos del modo en que nos afectan. Cuando estamos empoderados el comportamiento de los demás ya no nos afecta del mismo modo y por tanto la necesidad de que el otro cambie ya no existe. Nosotros podemos elegir cómo queremos sentirnos.
Cuando confiamos en el poder de resolución de nuestros hijos, ellos son capaces de encontrar mejores soluciones. Cuando un niño se siente respetado, capaz, tenido en cuenta y libre de nuestras expectativas puede gestionar mucho mejor sus emociones y los conflictos con los demás. Hay veces que nos precipitamos a la hora de querer arreglar los conflictos o simplemente nos adelantamos a los acontecimientos. Nuestras emociones pueden llegar a entorpecer la habilidad de actuar empoderados. Es nuestro juicio quien nos hace adelantarnos a los acontecimientos.
Muchas veces no les dejamos expresarse emocionalmente y ese comportamiento puede interferir en la toma de decisiones y el poder de resolución. Necesitan poder expresarse antes de actuar.
Cuando un niño pega, insulta, critica… a otro, por lo general nos sentimos mal y el también. No obstante, nuestra actitud y la forma en que abordamos el tema les puede hacer aún más daño. Las palabras, las opiniones, las criticas tienen el poder que les queramos dar y el quedarnos como víctimas no nos ayuda a gestionar el conflicto ni nos ayuda a sentirnos mejor ni, tampoco, a entender el por qué la otra persona ha actuado así.
Cuando un niño pega, insulta o empuja a otro niño es por algún motivo. No nos gusta ver como pegan a nuestro hijo y mucho menos ver como el nuestro pega a otro. Cuando uno de mis hijos se comporta de un modo poco respetuoso con alguien lo primero que intento hacer es validar a ambos. Le suelo preguntar: “¿Qué te ha pasado para sentirte tan enfado?”. “Debes estar muy frustrado para tener que pegar”. “Mira al otro niño, ¿cómo crees que se siente ahora?” “¿Qué puedo hacer por ti para que te sientas mejor?”, ¿Qué podríamos decirle a tu amigo para que él también se sienta mejor?”. Si partimos de la base de que nadie que se siente bien hace mal a otro podremos entender, empatizar y validar la actitud del “agresor” sea nuestro hijo o el hijo de otro. Hablar de sentimientos de tristeza, enfado, impotencia… con niños muy pequeños no suele ser la mejor forma de validarles. Cuando son pequeños les es más fácil entender y conectar con los hechos directamente y no tanto con las emociones. Es como si pudieran conectar mejor con un hecho que con una emoción. Imaginemos a un niño de 3-4 años enfadado y frustrado por que se tiene que ir de un sitio por que cierran. Su madre podría decirle: “Te querías quedar más, ¿verdad?”, “no querías irte todavía, te lo estabas pasando muy bien…”. Cuando mis hijos eran pequeños solía describir más los hechos y no tanto sus emociones. Ahora ya entienden mejor lo que les pasa y el por qué les pasa. Al haber sido validados de pequeños son ellos mismos quienes le ponen palabras a sus propias reacciones emocionales ahora. El otro día nuestra hija mayor, después de gritarle a su hermano, nos dijo: “es que estoy tan cansada y frustrada que no puedo hablarle de otro modo, necesito gritarle”.
Cuando pensamos que el “agresor” es malo y la “victima” es buena les estamos enseñando que los demás nos pueden hacer daño con una simple palabra. Cuando validamos a ambos niños (“No te ha gustado que te dijera/hiciera eso, ¿verdad?”. “Te debes sentir muy mal para haberle dicho/hecho esto, ¿verdad?”). Ellos pueden ver que detrás de toda actitud hay un motivo valido que suele ser una necesidad no satisfecha. Son reacciones emocionales a estados de ánimo no armoniosos. Cuando nos sentimos mal actuamos mal. Cuando nos sentimos bien actuamos bien. Querer cambiar el comportamiento de un niño no es la mejor opción. Podemos intentar cambiar lo que siente y ayudarle a sentirse mejor. Entonces como efecto secundario su comportamiento, también, será distinto.
Muchos adultos culpamos al otro de nuestro mal estar y queremos que el otro se sienta mal o culpable por lo que nos ha hecho. Al actuar así nos sentimos víctimas. Y vemos al otro como agresor. Ya he comentado en otros artículos que lo que nos enfada no es lo que el otro me hace o dice sino lo que yo pienso sobre lo que la otra persona ha dicho o hecho. Son nuestros juicios sobre lo que los demás hacen y dicen lo que realmente nos enfada.
La verdad es que yo no quiero darles a mis hijos ese modelo. No quiero que piensen y se crean que su felicidad y su estado de ánimo dependen de cómo los demás les traten. Una persona puede seguir sintiéndose bien y conectada consigo misma aunque la traten mal si sabe ver que al otro es a quien le pasa algo y por eso hace lo que hace. Podemos escoger seguir relacionándonos con esa persona o dejar de verla pero lo más importante es responsabilizarnos de eso que nos pasa. Lo que yo siento es algo mío. Alguna carencia, necesidad no satisfecha… Esta empatía, compasión y validación es lo que, en mi opinión, cambiaría el mundo y la forma en que nos relacionamos los unos con los otros. Saber y poder decirles a los demás como nos sentimos cuando nos hacen o dicen eso también ayuda a mejorar nuestras relaciones. Solemos hablar desde la crítica y el enfado en vez de expresar lo que necesitamos y como nos sentimos.
Si nosotros empoderamos a nuestras dos hijas, por poner un ejemplo, será más fácil gestionar los conflictos entre ellas y su hermano. El suele molestarlas cuando está aburrido, se siente desplazado, tiene hambre, calor, está cansado… El reacciona emocionalmente enseguida. Si ellas pueden entender que él hace/dice “eso” porque tiene sueño y está cansado no se lo toman de un modo tan personal y lo pueden gestionar mejor y no se enfadan tanto ya que saben que es algo suyo y no de ellas. Es a él a quien le pasa algo (no se siente bien-hay alguna necesidad no satisfecha) y por eso reacciona emocionalmente. Cuando la necesidad de ser comprendido sea satisfecha él podrá pasar página o simplemente sentirse validado y tenido en cuenta por ellas y por nosotros. Si primero prestamos atención a nuestras emociones (¿qué me pasa a mi cuando veo a mi hijo hacer o decir tal cosa?) entonces nos será más fácil poder atender las emociones y reacciones de nuestros hijos. La mayoría de veces son nuestras emociones las que se entrometen entre ellos y sus conflictos. Cuando ya damos por sentado que uno es el agresor y el otro la víctima y nos mantenemos en ese papel ellos se victimizan o se creen el rol de agresor. Es como que son fieles a esos personajes. Y solemos escuchar: “Mama, es que “x” me ha dicho “z” y me ha pegado/empujado”. Si vamos corriendo a salvarles ya estamos instaurando un modelo. ¿Qué pasaría si les preguntásemos, “¿necesitáis ayuda?, ¿toda va bien?, parece que alguien se siente mal, ¿verdad?, ¿hay algo que yo pueda hacer por vosotros?”. “Parece que hay hambre y poca paciencia ahora”. Podríamos decir muchas cosas distintas. Lo que quiero recalcar es el hecho de no victimizar ni culpar al otro. Las emociones necesitan ser validadas para que no interfieran en el camino de la resolución de conflictos.
A veces la mejor validación puede ser simplemente el silencio junto con nuestra compañía y presencia. Me explico, con silencio no quiero decir indiferencia. Hay sentimientos que al validarlos en público nos pueden generar vergüenza, timidez, miedo… Imaginemos a un niño que no ha podido o querido hacer algo que sus amigos sí han hecho (subirse a un árbol muy alto, bajar una pendiente en patinete…), porque a él le da miedo. Decir en voz alta delante de los demás: “veo que tienes miedo y no te atreves/puedes hacer esto” no sería la mejor forma de validar y empatizar con él, ¿verdad? No le empoderaría, más bien todo lo contrario. Quizás el simple hecho de estar allí con él mientras espera a los demás sería suficiente. En situaciones de miedo o vergüenza el silencio y nuestra presencia pueden ser nuestros mejores amigos y aliados. Recuerdo una ocasión en que a Ainara le ocurrió algo parecido y cuando alguien se burló o hizo un comentario sobre su miedo o falta de confianza ella simplemente dijo: “Es que aún no estoy preparada para hacer eso”. Yo me sentí herida al oír el comentario y ella no. No siempre es así pero hay veces en que lo gestionan muy bien.
Cuando un niño es capaz de empatizar con el otro y le puede decir: “esto que me has hecho/dicho no me gusta”, el otro suele dejar de tener motivo para seguir haciéndolo pero si el otro reacciona emocionalmente a lo que el primero le hizo ya tenemos el conflicto instaurado. A veces intervenimos antes de tiempo e incluso nos sentimos peor que nuestros hijos. Les proyectamos nuestro estado emocional ya que no nos responsabilizamos de él. A mí en ocasiones me ha molestado mucho algo que le han hecho/dicho a mis hijos o algo que mis hijos han hecho/dicho a otros pero en cambio a ellos parecía no molestarles tanto. En ocasiones parece que cuando agreden a nuestros hijos están agrediendo a nuestro niño/a interior. Al niño que fuimos y no al adulto que ahora somos.
También ayuda mucho más el poner nuestra atención en buscar una solución en vez de quedarnos enganchados en el problema, solemos decir sin pensar: “¿Qué ha pasado?, ¿Quién ha sido? ¿Quién empezó?”…” Estas preguntas no nos ayudan a resolver el asunto, más bien nos hacen quedarnos en el mismo sitio, heridos y tristes. Poner nuestra mirada en la solución y pedirles ayuda les empodera para la próxima vez que se encuentren en una situación conflictiva. “¿Qué podemos hacer ahora para que todos estemos mejor?” “¿Cómo se podría solucionar esto?” “¿Os puedo ayudar, yo, en algo?”. Confiemos en ellos y démosle la oportunidad de poder resolver los conflictos más creativamente.
También solemos usar palabras/frases como: “ya estáis otra vez, es que siempre estáis igual, no puedo más, he dicho que pares, no se pega, no se insulta…”Cuando le decimos a un niño “no” a algo, le estamos diciendo que no le aceptamos, que no nos gusta y muchas más cosas. Yo prefiero hacerles ver el efecto de sus actos en los demás. Si un niño pega le podemos hacer ver que el otro niño esta triste y se siente mal porque le ha pegado. De este modo el entiende que pegar hace que los demás se sientan mal. Me gusta más tener principios y no reglas o prohibiciones. En vez de decir “no se pega”, prefiero decir “nosotros nos tratamos con respeto” o “a los demás les gusta que los traten con cariño”. Cuando rompen algo o tiran algo también solemos decirles sin pensar demasiado: “¿Qué culpa tiene la silla, el muñeco…?” Claro, que el muñeco no tiene la culpa de nada pero y si la tuviera, entonces sí podemos destruirlo. Con este ejemplo quiero enfatizar en el hecho de que algún día alguien sí puede tener la culpa de que yo me caiga o de que me haya hecho algo, entonces como sí tiene la culpa puedo hacerle daño o puedo romperlo…
Lo importante no es evitar todo conflicto sino como gestionarlo. Los conflictos nos hacen aprender cosas de nosotros mismos y de los demás. Podemos conocer mejor a las personas y a nosotros mismos. Para yo poder acompañar a mis hijos de este modo he tenido que hacer primero el cambio en mí.Si los adultos nos relacionamos con enfados, críticas y nos sentimos víctimas o agresores poco podremos empoderar a nuestros hijos. Ser madre me ha hecho querer ser mejor persona y querer darme cuenta de qué me pasa realmente a mí y responsabilizarme de lo mío.
También me gustaría mencionar que algunos enfados o reacciones emocionales violentas pueden ser expresiones de heridas pasadas no sanadas. Cuando se han reprimido emociones intensas y dolorosas o se han tenido que reprimir por miedo a las consecuencias pueden salir en cualquier momento al conectar con esa vieja herida no resuelta. Esto no sólo les ocurre a los niños sino que a nosotros los adultos, también, nos pasa continuamente pero no somos siempre conscientes de ello.
La influencia de nuestra infancia en cómo nos relacionamos con nuestros hijos y demás adultos
por Yvonne Laborda, articulo original aqui
La infancia que cada uno de nosotros ha tenido y ha vivido deja su huella al caminar. En ocasiones somos clones de papá o mamá: hablamos como ellos, nos comportamos como ellos, incluso podemos llegar a pensar cómo ellos… Otras veces no queremos ser cómo mamá o papá y entonces actuamos por oposición: no quiero usar sus mismas palabras o frases, no quiero vestir cómo él o ella, no quiero parecerme a ellos…
Ser auténticos y sinceros con nosotros mismos a pesar de lo vivido es tarea difícil. Tanto si repetimos lo vivido (ellos me hicieron por tanto yo ahora te hago) cómo si nos oponemos a ello (no voy a ser cómo ella o cómo él en nada) nos aleja de esa autenticidad única que cada uno de nosotros ya tiene y es.
¿Cómo puedo saber que lo que hago, digo y pienso lo hago como “Yvonne” y no simplemente por repetición (al haber sido la hija de…) o por oposición (no voy a ser ni quiero ser como ellos)?No es nada fácil llegar a saber que partes de mí son realmente mías y cuales prestadas. Los introyectos que nos “tragamos” de pequeños sin digerir son los que solemos repetir, sin darnos casi ni cuenta, con nuestros hijos. Por introyectos entendemos todas esas órdenes, todos esos mandatos, todas esas creencias, todas esas frases que nos decían u oíamos. Por ejemplo los que venían de la familia: tú no sabes, tú no vales, no interrumpas cuando los adultos hablan, vete a la cama, déjame, no molestes, ¿dónde vas con esa ropa?, con las manos no se come, el pelo así no te queda bien, tu opinión no importa, no botes, para ya, ¿Cuántas veces te he dicho que…?, a mí no me mires así, hay que estudiar para llegar a ser alguien de provecho, importa más lo que uno tiene que lo que uno es… Los que venían del cole: cállate!, ahora eso no importa, ¿eres tonto o qué?, tienes que hacerlo te guste o no, tienes que estudiar sino en un futuro no serás nadie, siéntate bien, no hables con…, los deportes y lo artístico no son importantes… Los culturales: los niños no lloran, compórtate como una señorita, los niños ver, oír y callar, da las gracias, di por favor, dale/dame un beso, los niños juegan a pelota y con coches y las niñas con muñecas, hay que tener carrera, trabajo, coche, casarse y tener hijos antes de los 35… Introyectos recibimos y seguimos recibiendo cada día de nuestras vidas. Lo importante es saber con cuales me quedo porque me sirven y cuales descarto porque ya no me sirven. Cuales me he creído y cuales ya no me creo. En vez de tragárnoslos sin digerir, podemos saborear algunos que sí van con nosotros y desechar los que no van con nosotros. Todos hemos recibido mensajes sutiles de cómo teníamos que ser, cómo nos teníamos que comportar, qué podíamos o no decir y cuándo. Y para tener el reconocimiento, la aceptación o la atención de mamá, papá, el profesor, el abuelo… hacíamos lo que ellos esperaban de nosotros. Entonces es cuando empezamos a dejar de ser nosotros mismos por miedo a ser rechazados, no tenidos en cuenta o no queridos ni aceptados tal y cómo éramos. ¿Eso es lo que queremos que les vuelva a ocurrir a nuestros hijos? Yo no quiero que mis hijos se pasen media vida buscándose a sí mismos cómo estamos haciendo muchos de nosotros hoy en día.
Porque nos cuesta tanto cambiar todo lo aprendido? ¿Qué imposibilita el cambio?Primero que todo, yo diría que la falta de modelos es una cuestión muy importante. ¿Cómo podemos dar algo que no hemos recibido ni sentido? Si no tenemos ningún registro emocional de haberlo vivido o sentido es muy difícil poder darlo y encontrarlo dentro de nosotros. Si no fuimos respetados ni tenidos en cuenta del modo en que todo niño legítimamente le tocaría serlo, ¿cómo voy a poder empatizar con las necesidades de mi bebé y luego con las de mis hijos pequeños y por último con las de los adolescentes? Hoy en día nos hace mucha falta poder ver cómo SÍ es posible relacionarnos con los niños de otro modo. Sin autoritarismos, ordenes, presiones, obligaciones, castigos, premios… Y con más respeto, libertad, confianza, armonía, paz, amor… Pero, ¿dónde están todos esos modelos?
En mi opinión, también pienso que el hecho de no ser fiel a papá y mamá puede ser un gran impedimento a la hora de querer o ver necesario un cambio. Si hago las cosas distintas a como ellos las hicieron es como si no les aceptará, no los reconociera, los desaprobará… Podemos llegar a entender, comprender y validar el por qué nuestros padres lo hicieron cómo lo hicieron pero eso no significa ni quiere decir que nosotros tengamos que hacerlo igual. Podemos decidir y tenemos el derecho de poder hacerlo distinto. Ellos lo hicieron lo mejor que en ese momento pudieron hacerlo aunque nosotros hayamos sufrido algunas consecuencias de sus actos. No olvidemos que ellos también vivieron su infancia de manos de nuestros abuelos. Pero el aquí y ahora con nuestros hijos está en nuestras manos en este preciso instante. Mi próxima interacción con ellos puede ser y quiero que sea más armoniosa y amorosa. Nosotros podemos escoger qué haremos con todo eso que me ocurrió, con todo eso que me hicieron, con todas esas palabras y frases que aún me hacen eco en la cabeza. No solo nos afecta lo que nosotros vivimos si no también lo que nuestros hermanos y hermanas tuvieron que vivir mientras nosotros éramos testigos.
Yo escojo responsabilizarme de mis actos.
¿Qué podemos hacer con todos esos “automáticos” que nos salen sin casi darnos cuenta?Deberíamos preguntarnos: ¿Qué me enfada tanto? ¿Cuál es el detonante y Cuál la causa real? ¿En qué momento me sale el automático? ¿Con qué conecto? ¿Dónde y de quién lo aprendí?
Cuando nos enfadamos, muchas veces, lo que sentimos es un reflejo de experiencias vividas en nuestra infancia. El corazón se nos acelera a medida que vamos emitiendo juicios sobre lo sucedido, la cara enrojece, la visión se estrecha y estamos a punto de hacer o decir algo que seguro va a empeorar las cosas.
Como algunas de nuestras heridas no pudieron ser sanadas cuando éramos niños es más fácil que cuando alguien despierta esas viejas heridas en nosotros, explotemos. Lo que nunca pudimos hacer o decir de niños lo hacemos o decimos de adultos. Lo trágico es que descargamos nuestras frustraciones y nuestra rabia contra las personas equivocadas (en nuestros hijos en vez de contra nuestros padres, profesores, abuelos, vecinos…). Así es como este patrón sigue generación tras generación.
¿Qué propósito tiene nuestro enfado?Cuando nos enfadamos nos desconectamos de nuestra esencia y de lo que nos hace sentir bien. Es una señal de alarma que nos dice que alguna necesidad no está siendo satisfecha como es debido. En vez de reprimir lo que sentimos y enjuiciar a los demás, lo que podemos hacer es descubrir que necesitamos y satisfacer tales necesidades de una forma más constructiva y amorosa. Podemos pedirle al otro que nos ayude a satisfacerlas hablando de qué me pasa a mí cuando… y de cómo me siento en vez de exigirle que lo haga.
Las emociones de hoy conectan con las emociones y necesidades pasadas. Y cuando nos enfadamos lo que nos sale es nuestro niño/a herida. En realidad no somos los adultos los que discutimos o nos enfadamos sino que salen nuestros niños interiores. Cuando gritamos, criticamos, enjuiciamos, castigamos, peleamos… con nuestros hijos, allí no hay un adulto y un niño sino que lo que hay son dos niños. Nuestro hijo/a y nuestro niño interior. El desencadenante de nuestro enfado no es la causa. La causa suelen ser nuestros pensamientos sobre aquello que ha pasado o se ha dicho. Y los juicios que nosotros emitimos sobre lo que ha pasado. Esos juicios los aprendimos de pequeños. Nuestros padres, profesores, abuelos los emitían a los demás adultos o hacia nosotros mismos por lo tanto eso lo aprendimos hace mucho tiempo.
A veces nos cuesta mucho saber identificar qué es lo que sentimos realmente. Recuerdo una conversación que tuve con una amiga hace poco. Ella me dijo (después de una disputa con su hija): “Siento unas ganas tremendas de pagarle”. Yo le dije que eso no era un sentimiento. Al cabo de unos segundos me dijo de nuevo: “Siento ganas de gritar”. “Eso tampoco no es un sentimiento le dije de nuevo, es una reacción emocional. Tú quieres gritarle y pegarle porque te está haciendo sentir de algún modo, ¿verdad?”. Ella entonces se quedó en silencio unos instantes y finalmente respondió: “Me siento muy, muy impotente y frustrada”. Ahí lo tenemos pensé. Está llegando a la raíz de sus reacciones. Su impotencia y frustración la hacían relacionarse de ese modo con su hija. En ese momento podría haber salido la terapeuta que hay en mí y le hubiese podido decir: “¿Qué edad tenías la primera vez que sentiste esa misma impotencia y frustración? ¿Quién te hacía sentir así?”. El comportamiento de su hija la estaba conectando con sus heridas pasadas.
El único modo que tenemos para poder entender y honrar los sentimientos de nuestros hijos es honrando y aceptando los nuestros primero. Cuando no conectamos con nuestras propias emociones y sentimientos somos incapaces de entrar en el mundo emocional de nuestros hijos.
Un sentimiento viene del corazón. Una reacción emocional es un mecanismo automático que viene de nuestro patrón inconsciente del pasado.
Según los principios básicos de la Comunicación no Violenta, cuando nos enfadamos es porque escuchamos nuestros pensamientos y emitimos juicios sobre lo que la otra persona ha hecho o dicho. Entonces nos sentimos mal. Hay algo que nos hace sentirnos incómodos y detrás de ese sentimiento hay una necesidad no satisfecha. Las necesidades no satisfechas que más nos llevan al enfado son: la no aceptación, no sentirnos queridos, no tenidos en cuenta, no sentirnos importantes, no disponer de suficiente tiempo, la necesidad de paz y tranquilidad, la falta de silencio, la falta de conexión con nuestros padres, parejas o hijos…
Cuando nuestras necesidades están satisfechas nuestros sentimientos son agradables, por tanto, nuestra actitud es armoniosa.
Un ejemplo podría ser este. Imaginemos que una mamá está sola en casa todo el día con sus dos hijos y cuando llega el padre tarde por la noche de trabajar ella explota diciendo: “Tu ahí sentado sin hacer nada y yo todo el día aquí sin parar con la casa y los niños…” Esta mujer dice estar enfadada con su marido por que no la ayuda. Sus pensamientos o juicios quizás sean: es un vago, un egoísta, no se preocupa por nosotros, yo no le importo, no me cuida… Lo que esta mujer no ha hecho es hablar de ella y de cómo se siente y qué necesidad hay detrás de lo que siente ni tampoco le ha pedido nada al marido. Le podría haber hablado de ella diciendo: “Estoy cansada y agotada, te echo mucho de menos, me encantaría poder hablar contigo y que me hicieras un masaje en los pies.” Las mujeres solemos dar por sentado que nuestras parejas saben lo que queremos y necesitamos aun sin que se lo digamos, ¿verdad? ¿Dónde aprendimos a comunicarnos así? Pues, sin duda en nuestra infancia. ¿Cómo se trataban nuestros padres? ¿Qué modelos nos daban? Lo que esta mujer quizás sienta y necesite sea: me siento sola, te necesito, te echo de menos, quiero que me abraces y me escuches… Solemos actuar y pedir desde la crítica en vez de hablar de nosotros, nuestras necesidades y de lo que nos pasa por dentro. La carencia que esta mujer tiene y siente ahora no es solo de este preciso momento. El aquí y ahora la hacen conectar con sus carencias pasadas.
Cuando a alguien le hablamos de cómo nos sentimos y de qué necesitamos la otra persona crea menos resistencias que si empezamos con críticas y reproches, ¿verdad?
Para que esos automáticos dejen de salir sin pensar ni darnos cuenta lo mejor que podríamos hacer es responsabilizarnos de nuestro niño/a interior. ¿Cómo? Dándole nosotros lo que mamá y papá no pudieron darle en su día. Podemos tener un dialogo con él o ella y decirle que le queremos tal y como es, que le aceptamos tal y como es hoy, que lo que es, hace y siente esta bien… También le podemos preguntar qué necesita y qué echa de menos ahora. Si nosotros nos hacemos cargo de nuestro niño/a interior ya no le hará falta salir tan a menudo pidiéndole a nuestros hijos, parejas, familiares y amigos que le den lo que no le fue dado de niño. Nuestros automáticos ya no tendrán tanta necesidad de salir si nos preocupamos de nuestro niño/a interior. Un ejercicio que hicimos, el año pasado, en el intensivo de “Figuras Parentales” en mi formación de Psicoterapia Gestalt, el cual me gustó muchísimo, fue escribirle una carta a nuestro niño/a herido.
Algo que a mucha gente le va muy bien es expresar la rabia, el enfado y la frustración reprimidos golpeando un cojín por ejemplo o gritando al viento. Una vez nos hemos desahogado podemos gritar lo que necesitamos y sentimos. A mí personalmente, lo que me suele ir super bien es escribir lo que siento ahora o lo que sentí entonces y lo que necesito ahora. Lo importante es saber que esas emociones que salen como automáticos (gritos, críticas, insultos, ganas de pegar…) son antiguas y el simple hecho de darme cuenta de esto hace que yo pueda responsabilizarme de mis actos. Repito, ¿con qué conecto en ese preciso instante? ¿qué necesidad hay detrás de lo que estoy sintiendo?
Tratar a los niños y relacionarnos con ellos con amor y respeto nos puede ayudar a sanar viejas heridas. Tratemos a todos los niños de nuestra vida como nos hubiese gustado que nos trataran a nosotros de niños. Démosles todo el amor, aceptación, atención… que a nosotros nos faltó y cambiemos la historia de su vida.
¿Cómo podemos sanar viejas heridas de nuestros hijos? Primero disculpándonos y perdonándonos a nosotros mismos, luego simplemente dándoles el doble de lo que les falto en su día: el doble de amor, el doble de atención, miradas, aceptación, besos, abrazos, conversaciones, masajes… Cuando nuestros hijos están dormidos me gusta darles las gracias por ser cómo son y también me disculpo por errores que he cometido o cosas que les he dicho o hecho. Aunque ya se lo haya dicho en persona me encanta volver a hacerlo mientras duermen. Me parecen momentos mágicos. También lo suelo hacer con mi pareja. Verlos allí durmiendo a todos juntos (nosotros practicamos colecho) mientras yo les voy susurrando cositas a cada uno me emociona mucho y mi niña interior se va sanando poco a poco. ¿Qué daría yo por poder oír a mi madre o a mi padre decirme (incluso ahora) algunas de las palabras o frases que yo les digo a mis hijos? De hecho también me las digo a mi misma de vez en cuando y de un modo u otro me sirve, a mi niña interior le sirve.
Démosles otro modelo, el mejor que podamos y esté en nuestras manos, para que, de este modo, ellos puedan criar a sus propios hijos aún mejor que nosotros lo hemos hecho con ellos y así podamos romper la cadena de una vez por todas y para siempre. Seamos el cambio que ellos necesitan ver y sentir.
La infancia que cada uno de nosotros ha tenido y ha vivido deja su huella al caminar. En ocasiones somos clones de papá o mamá: hablamos como ellos, nos comportamos como ellos, incluso podemos llegar a pensar cómo ellos… Otras veces no queremos ser cómo mamá o papá y entonces actuamos por oposición: no quiero usar sus mismas palabras o frases, no quiero vestir cómo él o ella, no quiero parecerme a ellos…
Ser auténticos y sinceros con nosotros mismos a pesar de lo vivido es tarea difícil. Tanto si repetimos lo vivido (ellos me hicieron por tanto yo ahora te hago) cómo si nos oponemos a ello (no voy a ser cómo ella o cómo él en nada) nos aleja de esa autenticidad única que cada uno de nosotros ya tiene y es.
¿Cómo puedo saber que lo que hago, digo y pienso lo hago como “Yvonne” y no simplemente por repetición (al haber sido la hija de…) o por oposición (no voy a ser ni quiero ser como ellos)?No es nada fácil llegar a saber que partes de mí son realmente mías y cuales prestadas. Los introyectos que nos “tragamos” de pequeños sin digerir son los que solemos repetir, sin darnos casi ni cuenta, con nuestros hijos. Por introyectos entendemos todas esas órdenes, todos esos mandatos, todas esas creencias, todas esas frases que nos decían u oíamos. Por ejemplo los que venían de la familia: tú no sabes, tú no vales, no interrumpas cuando los adultos hablan, vete a la cama, déjame, no molestes, ¿dónde vas con esa ropa?, con las manos no se come, el pelo así no te queda bien, tu opinión no importa, no botes, para ya, ¿Cuántas veces te he dicho que…?, a mí no me mires así, hay que estudiar para llegar a ser alguien de provecho, importa más lo que uno tiene que lo que uno es… Los que venían del cole: cállate!, ahora eso no importa, ¿eres tonto o qué?, tienes que hacerlo te guste o no, tienes que estudiar sino en un futuro no serás nadie, siéntate bien, no hables con…, los deportes y lo artístico no son importantes… Los culturales: los niños no lloran, compórtate como una señorita, los niños ver, oír y callar, da las gracias, di por favor, dale/dame un beso, los niños juegan a pelota y con coches y las niñas con muñecas, hay que tener carrera, trabajo, coche, casarse y tener hijos antes de los 35… Introyectos recibimos y seguimos recibiendo cada día de nuestras vidas. Lo importante es saber con cuales me quedo porque me sirven y cuales descarto porque ya no me sirven. Cuales me he creído y cuales ya no me creo. En vez de tragárnoslos sin digerir, podemos saborear algunos que sí van con nosotros y desechar los que no van con nosotros. Todos hemos recibido mensajes sutiles de cómo teníamos que ser, cómo nos teníamos que comportar, qué podíamos o no decir y cuándo. Y para tener el reconocimiento, la aceptación o la atención de mamá, papá, el profesor, el abuelo… hacíamos lo que ellos esperaban de nosotros. Entonces es cuando empezamos a dejar de ser nosotros mismos por miedo a ser rechazados, no tenidos en cuenta o no queridos ni aceptados tal y cómo éramos. ¿Eso es lo que queremos que les vuelva a ocurrir a nuestros hijos? Yo no quiero que mis hijos se pasen media vida buscándose a sí mismos cómo estamos haciendo muchos de nosotros hoy en día.
Porque nos cuesta tanto cambiar todo lo aprendido? ¿Qué imposibilita el cambio?Primero que todo, yo diría que la falta de modelos es una cuestión muy importante. ¿Cómo podemos dar algo que no hemos recibido ni sentido? Si no tenemos ningún registro emocional de haberlo vivido o sentido es muy difícil poder darlo y encontrarlo dentro de nosotros. Si no fuimos respetados ni tenidos en cuenta del modo en que todo niño legítimamente le tocaría serlo, ¿cómo voy a poder empatizar con las necesidades de mi bebé y luego con las de mis hijos pequeños y por último con las de los adolescentes? Hoy en día nos hace mucha falta poder ver cómo SÍ es posible relacionarnos con los niños de otro modo. Sin autoritarismos, ordenes, presiones, obligaciones, castigos, premios… Y con más respeto, libertad, confianza, armonía, paz, amor… Pero, ¿dónde están todos esos modelos?
En mi opinión, también pienso que el hecho de no ser fiel a papá y mamá puede ser un gran impedimento a la hora de querer o ver necesario un cambio. Si hago las cosas distintas a como ellos las hicieron es como si no les aceptará, no los reconociera, los desaprobará… Podemos llegar a entender, comprender y validar el por qué nuestros padres lo hicieron cómo lo hicieron pero eso no significa ni quiere decir que nosotros tengamos que hacerlo igual. Podemos decidir y tenemos el derecho de poder hacerlo distinto. Ellos lo hicieron lo mejor que en ese momento pudieron hacerlo aunque nosotros hayamos sufrido algunas consecuencias de sus actos. No olvidemos que ellos también vivieron su infancia de manos de nuestros abuelos. Pero el aquí y ahora con nuestros hijos está en nuestras manos en este preciso instante. Mi próxima interacción con ellos puede ser y quiero que sea más armoniosa y amorosa. Nosotros podemos escoger qué haremos con todo eso que me ocurrió, con todo eso que me hicieron, con todas esas palabras y frases que aún me hacen eco en la cabeza. No solo nos afecta lo que nosotros vivimos si no también lo que nuestros hermanos y hermanas tuvieron que vivir mientras nosotros éramos testigos.
Yo escojo responsabilizarme de mis actos.
¿Qué podemos hacer con todos esos “automáticos” que nos salen sin casi darnos cuenta?Deberíamos preguntarnos: ¿Qué me enfada tanto? ¿Cuál es el detonante y Cuál la causa real? ¿En qué momento me sale el automático? ¿Con qué conecto? ¿Dónde y de quién lo aprendí?
Cuando nos enfadamos, muchas veces, lo que sentimos es un reflejo de experiencias vividas en nuestra infancia. El corazón se nos acelera a medida que vamos emitiendo juicios sobre lo sucedido, la cara enrojece, la visión se estrecha y estamos a punto de hacer o decir algo que seguro va a empeorar las cosas.
Como algunas de nuestras heridas no pudieron ser sanadas cuando éramos niños es más fácil que cuando alguien despierta esas viejas heridas en nosotros, explotemos. Lo que nunca pudimos hacer o decir de niños lo hacemos o decimos de adultos. Lo trágico es que descargamos nuestras frustraciones y nuestra rabia contra las personas equivocadas (en nuestros hijos en vez de contra nuestros padres, profesores, abuelos, vecinos…). Así es como este patrón sigue generación tras generación.
¿Qué propósito tiene nuestro enfado?Cuando nos enfadamos nos desconectamos de nuestra esencia y de lo que nos hace sentir bien. Es una señal de alarma que nos dice que alguna necesidad no está siendo satisfecha como es debido. En vez de reprimir lo que sentimos y enjuiciar a los demás, lo que podemos hacer es descubrir que necesitamos y satisfacer tales necesidades de una forma más constructiva y amorosa. Podemos pedirle al otro que nos ayude a satisfacerlas hablando de qué me pasa a mí cuando… y de cómo me siento en vez de exigirle que lo haga.
Las emociones de hoy conectan con las emociones y necesidades pasadas. Y cuando nos enfadamos lo que nos sale es nuestro niño/a herida. En realidad no somos los adultos los que discutimos o nos enfadamos sino que salen nuestros niños interiores. Cuando gritamos, criticamos, enjuiciamos, castigamos, peleamos… con nuestros hijos, allí no hay un adulto y un niño sino que lo que hay son dos niños. Nuestro hijo/a y nuestro niño interior. El desencadenante de nuestro enfado no es la causa. La causa suelen ser nuestros pensamientos sobre aquello que ha pasado o se ha dicho. Y los juicios que nosotros emitimos sobre lo que ha pasado. Esos juicios los aprendimos de pequeños. Nuestros padres, profesores, abuelos los emitían a los demás adultos o hacia nosotros mismos por lo tanto eso lo aprendimos hace mucho tiempo.
A veces nos cuesta mucho saber identificar qué es lo que sentimos realmente. Recuerdo una conversación que tuve con una amiga hace poco. Ella me dijo (después de una disputa con su hija): “Siento unas ganas tremendas de pagarle”. Yo le dije que eso no era un sentimiento. Al cabo de unos segundos me dijo de nuevo: “Siento ganas de gritar”. “Eso tampoco no es un sentimiento le dije de nuevo, es una reacción emocional. Tú quieres gritarle y pegarle porque te está haciendo sentir de algún modo, ¿verdad?”. Ella entonces se quedó en silencio unos instantes y finalmente respondió: “Me siento muy, muy impotente y frustrada”. Ahí lo tenemos pensé. Está llegando a la raíz de sus reacciones. Su impotencia y frustración la hacían relacionarse de ese modo con su hija. En ese momento podría haber salido la terapeuta que hay en mí y le hubiese podido decir: “¿Qué edad tenías la primera vez que sentiste esa misma impotencia y frustración? ¿Quién te hacía sentir así?”. El comportamiento de su hija la estaba conectando con sus heridas pasadas.
El único modo que tenemos para poder entender y honrar los sentimientos de nuestros hijos es honrando y aceptando los nuestros primero. Cuando no conectamos con nuestras propias emociones y sentimientos somos incapaces de entrar en el mundo emocional de nuestros hijos.
Un sentimiento viene del corazón. Una reacción emocional es un mecanismo automático que viene de nuestro patrón inconsciente del pasado.
Según los principios básicos de la Comunicación no Violenta, cuando nos enfadamos es porque escuchamos nuestros pensamientos y emitimos juicios sobre lo que la otra persona ha hecho o dicho. Entonces nos sentimos mal. Hay algo que nos hace sentirnos incómodos y detrás de ese sentimiento hay una necesidad no satisfecha. Las necesidades no satisfechas que más nos llevan al enfado son: la no aceptación, no sentirnos queridos, no tenidos en cuenta, no sentirnos importantes, no disponer de suficiente tiempo, la necesidad de paz y tranquilidad, la falta de silencio, la falta de conexión con nuestros padres, parejas o hijos…
Cuando nuestras necesidades están satisfechas nuestros sentimientos son agradables, por tanto, nuestra actitud es armoniosa.
Un ejemplo podría ser este. Imaginemos que una mamá está sola en casa todo el día con sus dos hijos y cuando llega el padre tarde por la noche de trabajar ella explota diciendo: “Tu ahí sentado sin hacer nada y yo todo el día aquí sin parar con la casa y los niños…” Esta mujer dice estar enfadada con su marido por que no la ayuda. Sus pensamientos o juicios quizás sean: es un vago, un egoísta, no se preocupa por nosotros, yo no le importo, no me cuida… Lo que esta mujer no ha hecho es hablar de ella y de cómo se siente y qué necesidad hay detrás de lo que siente ni tampoco le ha pedido nada al marido. Le podría haber hablado de ella diciendo: “Estoy cansada y agotada, te echo mucho de menos, me encantaría poder hablar contigo y que me hicieras un masaje en los pies.” Las mujeres solemos dar por sentado que nuestras parejas saben lo que queremos y necesitamos aun sin que se lo digamos, ¿verdad? ¿Dónde aprendimos a comunicarnos así? Pues, sin duda en nuestra infancia. ¿Cómo se trataban nuestros padres? ¿Qué modelos nos daban? Lo que esta mujer quizás sienta y necesite sea: me siento sola, te necesito, te echo de menos, quiero que me abraces y me escuches… Solemos actuar y pedir desde la crítica en vez de hablar de nosotros, nuestras necesidades y de lo que nos pasa por dentro. La carencia que esta mujer tiene y siente ahora no es solo de este preciso momento. El aquí y ahora la hacen conectar con sus carencias pasadas.
Cuando a alguien le hablamos de cómo nos sentimos y de qué necesitamos la otra persona crea menos resistencias que si empezamos con críticas y reproches, ¿verdad?
Para que esos automáticos dejen de salir sin pensar ni darnos cuenta lo mejor que podríamos hacer es responsabilizarnos de nuestro niño/a interior. ¿Cómo? Dándole nosotros lo que mamá y papá no pudieron darle en su día. Podemos tener un dialogo con él o ella y decirle que le queremos tal y como es, que le aceptamos tal y como es hoy, que lo que es, hace y siente esta bien… También le podemos preguntar qué necesita y qué echa de menos ahora. Si nosotros nos hacemos cargo de nuestro niño/a interior ya no le hará falta salir tan a menudo pidiéndole a nuestros hijos, parejas, familiares y amigos que le den lo que no le fue dado de niño. Nuestros automáticos ya no tendrán tanta necesidad de salir si nos preocupamos de nuestro niño/a interior. Un ejercicio que hicimos, el año pasado, en el intensivo de “Figuras Parentales” en mi formación de Psicoterapia Gestalt, el cual me gustó muchísimo, fue escribirle una carta a nuestro niño/a herido.
Algo que a mucha gente le va muy bien es expresar la rabia, el enfado y la frustración reprimidos golpeando un cojín por ejemplo o gritando al viento. Una vez nos hemos desahogado podemos gritar lo que necesitamos y sentimos. A mí personalmente, lo que me suele ir super bien es escribir lo que siento ahora o lo que sentí entonces y lo que necesito ahora. Lo importante es saber que esas emociones que salen como automáticos (gritos, críticas, insultos, ganas de pegar…) son antiguas y el simple hecho de darme cuenta de esto hace que yo pueda responsabilizarme de mis actos. Repito, ¿con qué conecto en ese preciso instante? ¿qué necesidad hay detrás de lo que estoy sintiendo?
Tratar a los niños y relacionarnos con ellos con amor y respeto nos puede ayudar a sanar viejas heridas. Tratemos a todos los niños de nuestra vida como nos hubiese gustado que nos trataran a nosotros de niños. Démosles todo el amor, aceptación, atención… que a nosotros nos faltó y cambiemos la historia de su vida.
¿Cómo podemos sanar viejas heridas de nuestros hijos? Primero disculpándonos y perdonándonos a nosotros mismos, luego simplemente dándoles el doble de lo que les falto en su día: el doble de amor, el doble de atención, miradas, aceptación, besos, abrazos, conversaciones, masajes… Cuando nuestros hijos están dormidos me gusta darles las gracias por ser cómo son y también me disculpo por errores que he cometido o cosas que les he dicho o hecho. Aunque ya se lo haya dicho en persona me encanta volver a hacerlo mientras duermen. Me parecen momentos mágicos. También lo suelo hacer con mi pareja. Verlos allí durmiendo a todos juntos (nosotros practicamos colecho) mientras yo les voy susurrando cositas a cada uno me emociona mucho y mi niña interior se va sanando poco a poco. ¿Qué daría yo por poder oír a mi madre o a mi padre decirme (incluso ahora) algunas de las palabras o frases que yo les digo a mis hijos? De hecho también me las digo a mi misma de vez en cuando y de un modo u otro me sirve, a mi niña interior le sirve.
Démosles otro modelo, el mejor que podamos y esté en nuestras manos, para que, de este modo, ellos puedan criar a sus propios hijos aún mejor que nosotros lo hemos hecho con ellos y así podamos romper la cadena de una vez por todas y para siempre. Seamos el cambio que ellos necesitan ver y sentir.
Una mirada crítica a los castigos, premios, sobornos y amenazas
por Yvonne Laborda, articulo original aqui
Los castigos, los premios, los sobornos y las amenazas nos dan complacencia temporal y “compran” obediencia. Pueden cambiar el comportamiento de alguien a muy corto plazo (en el aquí y el ahora) y es por esta razón que nos parece que funcionan pero no pueden cambiar a la persona. No hacen que nos sintamos bien ni que seamos mejores personas, más bien provocan el efecto contrario.
Hay muchos libros y autores que defienden esta forma de relacionarnos tanto con los adultos como con los niños. A esto se le llama “conductismo” y Scanner entre otros lo defendía: “Hacerle algo a alguien que le haga sentirse mal (sufrir) para luego provocar un cambio de comportamiento”. A diferencia del “humanismo” que se basa en buscar el origen y la causa que llevó a esa persona a actuar de tal modo. Dicho de otro modo, intentar averiguar la causa del problema o lo que causaba la necesidad de comportarse así e intentar buscar soluciones conjuntamente.
Hace un tiempo vi una charla de Alfie Kohn en donde también hablaba de los efectos nocivos de los castigos, los premios y demás estrategias manipulativas… Me encantó un ejercicio que hizo con el público para demostrar y hacerles ver a las personas allí presentes que ni los castigos ni las amenazas ni los premios ayudan a nuestros hijos a ser como nos gustaría que fuesen.
Les preguntó a los padres y madres que le dijeran cualidades que les gustaría que sus hijos tuvieran en un futuro. Unos dijeron que fueran, honestos, compasivos, felices, honrados, trabajadores, ordenados, responsables, disciplinados, que tengan un buen concepto de sí mismos, que tengan una buena autoestima, solidarios, empáticos, autónomos… y un largo etcétera. A continuación intentaré argumentar (con ejemplos de Alfie Kohn y nuestros) por qué los castigos, los premios y amenazas logran y refuerzan las cualidades contrarias a las deseadas.
Veamos ahora qué ocurre cuando castigamos. Imaginemos que un niño pega a su hermano y al verlo la madre lo castiga. Primero que todo, esa actitud hará sentirse aún peor al agresor. Tendrá un sentimiento de frustración y lo que realmente aprende es que la próxima vez que quiera pegar a su hermano tendrá que asegurarse de que su madre no le vea para no volver a ser castigado. El castigo no le hace darse cuenta de los sentimientos de la otra persona.
El castigo no le ha hecho sentirse feliz sino más bien le ha provocado más enfado. No le hace ser honesto ni honrado ya que la próxima vez lo hará a escondidas de su madre. Quizás mienta si su madre le pregunta que qué pasó al oír llorar a su hermano. ¿Cómo iba a decirle la verdad si sabe que será castigado por ello?
Al castigar a un niño/a por hacer algo que no nos gusta o que molesta a alguien no le enseña ni le ayuda a tener en cuenta los sentimientos de la otra persona si no que solo ve las consecuencias de sus actos sobre él mismo (lo que le hacemos: qué me hacen a mí cuando no me comporto como los demás quieren o esperan). Por lo tanto tampoco le estamos ayudando a ser comprensivo, solidario, ni empático. El niño puede pensar: “Si me porto “mal” o no hago lo que se espera de mi me van a castigar, la próxima vez me voy a asegurar de que no me vean, y una vez haya cumplido mi “condena” y haya pagado el precio (castigado en el rincón de pensar, sin postre, sin tele, sin patío, sin lo que sea…) ya estaré libre para poder hacerlo otra vez”. Y vuelta a empezar. Cuanto más castigamos peor se siente el niño por no ser comprendido ni amado ni aceptado incondicionalmente. Al sentirse peor se porta peor y por lo tanto pensamos que tenemos que seguir castigándole… El pez que se muerde la cola.
El castigo incrementa los comportamientos no deseados al hacer que el niño se sienta aún peor de cómo se sentía…
No hay cambio a largo plazo cuando castigamos. Todo comportamiento tiene un motivo valido. Si no nos preocupamos por saber el por qué un niño tiene la necesidad de pegar, morder, tirar cosas, gritar… no podremos ayudarle a gestionar sus emociones y sentimientos. Una necesidad no desaparece por mucho que nosotros queramos negarla. Ya lo he comentado en otros escritos… Cuando nos sentimos bien nos comportamos bien, cuando nos sentimos mal nos comportamos mal (yo solo pierdo la paciencia, grito o me molesto cuando tengo alguna necesidad no satisfecha o me siento mal por algo). Cuando alguien se siente bien no tiene ninguna necesidad de comportarse “mal”. Si intentamos cambiar lo que el niño siente, su comportamiento, también, cambiará como efecto secundario. Dejará de tener la necesidad de seguir haciendo eso que nos molestaba. Tendríamos que dejar de hacerles cosas “a” los niños y hacer más cosas “con” los niños. Es mucho más humano crear y fomentar (con nuestra actitud) valores que querer cambiar comportamientos utilizando nuestro poder. Los castigos nos enseñan el uso del poder y no a comportarnos mejor ni a tener en cuenta las emociones ni necesidades de los demás.
Cuando un niño tiene un comportamiento no deseado en vez de pensar: “Esto es lo que te voy a hacer”, podríamos decirnos: “Algo ha ido mal, ¿qué podemos hacer?”. Utilizar el poder para hacer cosas desagradables a alguien no es una buena ni la mejor manera de relacionarnos. No promueve buenos valores. Los niños se sienten muy confundidos cuando personas que se supone que les quieren les hacen cosas desagradables.
Cuando los niños no quieren o no pueden hacer lo que les pedimos, quizás, el problema no está en el niño si no en lo que le estamos pidiendo. Cuando un niño no trabaja lo suficiente, no estudia lo suficiente, no recoge lo suficiente, no come lo suficiente, no obedece lo suficiente… quizás es que se le está pidiendo demasiado.
Si realmente confiásemos más en los niños ellos nos podrían demostrar cómo son en realidad. Podríamos empezar por tratarles cómo si ya fuesen cómo nosotros deseamos y dejar de verles como pequeños seres que necesitan ser moldeados y modificados… Seamos nosotros el cambio que queremos ver en ellos.
De vez en cuando podríamos preguntarnos: “Si lo que acabo de decir o hacer a este niño, a mi hijo… me lo hicieran a mí, ¿Cómo me sentiría?”.
Aunque haya personas que justifiquen que los castigos en determinadas ocasiones son necesarios, yo pienso y me atrevo a afirmar que nunca lo son y que siempre son nocivos. Aunque nos hayan castigado cuando éramos pequeños, aunque se siga castigando en colegios y hogares…Los castigos nunca nos harán ser mejores personas.
Somos muchos los que ya tenemos muy claro que castigar no nos lleva a ningún lugar deseado pero, ¿qué pasa cuando utilizamos las recompensas o los premios?
Pues, en mi opinión, no son más que la otra cara de la moneda. Si alguno de mis hijos hace algo espontáneamente, supongamos, recoger algo, ordenar, ayudar a un hermano… y yo voy y le doy un premio por ello, su acción deja de tener importancia y la importancia recae en el premio. El énfasis está en el premio y no en la acción. Aunque mi intención es fomentar ese comportamiento deseado lo que realmente estoy provocando es todo lo contrario. Cuando no haya recompensa por esa actitud ya no habrá interés ni motivo alguno para seguir haciéndolo. Me explico, el niño solo ve que si hace tal o cual cosa recibe dinero, dulces, un sobresaliente o lo que sea. Si un día deja de haber el premio o recompensa el comportamiento que estamos buscando fomentar con la recompensa cesará al no recibir nada a cambio. He visto algún padre o profesor recompensar a su hijo o alumno por leer espontáneamente. Lo hicieron con la mejor de las intenciones pero lo que provocaron fue todo lo contrario. Cuando no había premio el niño en cuestión dejó de leer. Algo que el niño escogió hacer por propia voluntad fue desmotivado por querer motivarlo con premios o recompensas. Curioso, ¿verdad? Pero cierto.
Con los castigos y las recompensas no hay cambios a largo plazo, tampoco. Cuando no hay castigo o recompensa dejan de hacerlo o siguen haciéndolo respectivamente. Como he comentado antes, castigar y premiar solo funcionan a muy corto plazo, en el aquí y ahora. Yo me pregunto: ¿De verdad queremos que se coman ese plato entero porque luego hay un premio o lo que en el fondo queremos y necesitamos es que tengan su ración de vitaminas, proteínas, hidratos…? Les podrías explicar eso y si ese ingrediente no les gusta, seguro podemos encontrar otro con el mismo valor nutritivo para la próxima vez. Castigarles sin algo o premiarles con algo no hará que les guste ese ingrediente. Más bien, como he comentado antes, le enseñará el uso del poder.
Otra forma que tenemos de castigar pero mucho más sutil es la retirada de nuestro amor, aceptación o atención. A esto yo lo llamo amor condicional o condicionado: “Solo te quiero, acepto o tendrás mi atención si te comportas como yo quiero”. ¿Cuántos somos los padres y madres que decimos que amamos a nuestros hijos incondicionalmente?
Querer a alguien incondicionalmente es quererle por lo que ya es y no solo por lo que hace o deja de hacer. He de reconocer que en el pasado (aun me pasa muy de vez en cuando) en alguna ocasión cuando me disgusté o enfadé con alguno de mis hijos por algo que habían hecho o dicho que yo no aprobaba les miré con desaprobación y de una forma inconsciente le retiraba mi amor incondicional. Esa retirada de amor, aceptación o atención es un castigo, también. Es como si le dijésemos al niño que solo le queremos y aceptamos cuando se comporta de una manera determina y si no es como nosotros esperamos que sea no le queremos ni le aceptamos. Eso es lo que el niño recibe en realidad seamos o no conscientes de ello.. Si me acerco a él y le digo cómo me siento yo o nos preguntamos cómo puede haberse sentido la otra persona al verle hacer eso o al oírle decir tal cosa le estaremos ayudando a ver las consecuencias de sus actos en las demás personas y a tener en cuenta sus sentimientos y necesidades. No le estaremos haciendo nada malo a él por lo que ha hecho o dicho.
No debemos olvidar nunca que cuando nuestros hijos o alumnos tienen comportamientos no deseados en ocasiones puede ser porque algo no marcha en su entorno más próximo. En nuestro caso su entorno más próximo suelo ser yo, su madre. ¿Cuántas veces me he dado cuenta de que yo no he estado al 100% ni al 80%? Ellos son el vivo reflejo de nosotros, los adultos. De nuestros estados de ánimo, emociones… En el libro “Tu Hijo, Tu Espejo” de Martha Alicia Chávez se explica esto de maravilla.
También estamos premiando (comportamientos deseados) detrás de los elogios intencionados. Me explico, cuando nuestros hijos hacen algo que nos gusta y queremos que siga haciéndolo les decimos continuamente “muy bien”, “que bueno eres”, “como te quiero”, “me gusta que hagas tal o cual”… Cuando nuestra hija ya sabe columpiarse, vestirse, sumar, leer, andar sola, dibujar, subir escaleras… podemos decirle: “Lo lograste tu sola, lo hiciste, veo que te gusta pintar…”. Al decir eso demuestro que me doy cuenta de su logro y de que me interesa y me importa. Cuando decimos simplemente “muy bien” estamos emitiendo nuestro juicio y en vez de eso podríamos describir lo que vemos. Alfie Kohn tiene un escrito fabuloso explicando los 5 motivos para dejar de decir “muy bien”.
Detrás de esas palabras bien intencionadas hay mucha manipulación aun que no nos lo parezca. Si les tratamos muy a menudo de esta forma les estaremos haciendo dependientes a nuestras muestras de aprobación y continuamente necesitaran saber si les aprobamos o no. Quiero diferenciar un alago intencionado de otro que sale del corazón. Muchas veces les decimos “muy bien” con la intención de que sigan haciendo algo. Cuando alabamos le estamos dando importancia a cómo se siente el adulto y no a la acción en sí misma. En mi opinión, la atención no deberían recaer en mi juicio de lo que el niño hace sino en la acción misma y para eso lo que podemos hacer es describirla (describir lo que veo, como muy bien explica Alfie Kohn). Eso sí fomenta la autoestima. Emitir juicios les hace dependientes a lo que los demás piensan o sienten sobre lo que hacen. De este modo pensamos que les estamos motivando para que sigan haciéndolo pero en realidad la motivación externa (con premios) anula la motivación intrínseca (la que viene de dentro del corazón). Repito, decir “muy bien” es emitir un juicio y no describe ni significa nada. Cuando digo “lo lograste, lo conseguiste tú solo…” le estoy dando muestras de que me he dado cuenta y de que me importa. No hay intencionalidad ni manipulación. En realidad, muchas veces, cuando siguen haciendo eso no es por su satisfacción personal sino para recibir nuestras muestras de aprobación. El efecto a largo plazo es que van a continuar necesitando de la aprobación de los demás para tomar sus propias decisiones. No obstante, quiero diferenciar un “gracias por tu ayuda” o “da gusto ver un cuarto tan limpio”. En mi opinión, no es manipulativo ni hay ninguna intencionalidad detrás. Habría que preguntarnos el por qué decimos lo que decimos y con qué intención. Tenemos tantos automáticos que nos salen sin pensar…
¿Qué decir de las amenazas? Lo primero que me viene a la mente es el miedo o la frustración que yo sentía cuando me decían: “Si no… te voy a…” o si no… te quedarás sin…”
En nuestra casa intentamos no utilizar el “si no”. Cuando se nos escapa de vez en cuando siempre sale alguien diciendo: “eso es una amenaza, nosotros no nos amenazamos, nos pedimos las cosas”. Yo suelo cambiar el “si no” por “cuando”. Por ejemplo: Cuando hayamos terminado de recogerlo todo podemos salir a dar esa vuelta o, aún mejor, ¿podemos recogerlo todo antes de salir, por favor?” Para mí no es lo mismo decir: “Si no se recoge primero no salimos o hasta que no esté todo recogido no saldremos”. Lo primero es una petición y lo segundo una orden. Lo primero invita a cooperar y lo segundo provoca rechazo. La Comunicación no Violenta es algo que ponemos en práctica en casa siempre que nuestras emociones nos lo permiten (los libros de Marshall Rosenberg son una gran inspiración para nuestra familia).
¿Qué alternativas tenemos a los castigos, premios y amenazas?
Buscar la causa o necesidad no satisfecha en vez de querer cambiar el comportamiento.
Lo importante no es el comportamiento sino lo que lo alimenta.
Buscar soluciones conjuntamente con nuestros hijos. ¿Qué tienen ellos que decirnos?
Explicarles cómo nos sentimos y/o como se sienten los demás cuando ellos hacen o dicen tal cosa.
Ver qué necesidades no satisfechas tenemos nosotros, los papás y mamás o profesores e intentar satisfacerlas y no proyectarlas sobre nuestros hijos o alumnos…
Preguntarnos cómo se siente el niño en tal o cual circunstancia? Y preguntarnos el por qué no hace o deja de hacer lo que nosotros queremos.
Intentar modificar lo que el niño siente (hacerle sentir bien, amado, aceptado…) y no querer cambiar su comportamiento. Amarlos por lo que ya son y no por lo que hacen o dejan de hacer. Amarles incondicionalmente. Sin condiciones.
Amémosles cuando menos se lo merezcan por qué será cuando más lo necesiten.
Recordar que cuando nos sentimos bien nos comportamos, también, bien.
Hacer más cosas “con” los niños y no tantas cosas “a” los niños.
No dar tantas órdenes ni poner tantos límites. Las órdenes crean resistencia.
Explicar e informar más.
Utilizar un tono de voz más suave y dulce.
Gritar menos.
Pedir en vez de exigir.
Limitar nuestras críticas.
Hablar más del aquí y el ahora y no tanto del pasado (“es que siempre haces…” “nunca escuchas…” “cuantas veces te he dicho que…”). Cuando oigo esas frases me duele el corazón.
Confiar más en nuestros hijos.
La aceptación y el amor incondicional nos hacen mejores personas tanto a las que lo reciben como a las que lo damos.
Dejar de querer ganar batallas y simplemente evitarlas.
Siguen habiendo, en mi opinión, demasiados libros y “expertos” que aun aconsejan a padres, madres y profesores utilizar las amenazas, los premios y sobre todo los castigos. Yo solo pido que nos cuestionemos las cosas y que no las hagamos simplemente por rutina, automáticamente, porque toca, porque nos criaron así, porque siempre lo hemos hecho así, porque eso es lo que se espera de nosotros, porque todo el mundo lo hace así… Ya va siendo hora de que nos cuestionemos más cosas y de que vayamos compartiendo con otras personas nuestro “darnos cuenta” de que hay otra forma de relacionarnos con los niños. Tenemos que atrevernos a cambiar. La mejor forma de hacer esto es con nuestro ejemplo. Nosotros podemos ir cambiando ese modelo poco a poco (de generación en generación). Como dijo Gandh: “seamos nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”. Tratemos a nuestros hijos y a todos los niños con más respeto y olvidémonos de los castigos, las amenazas, los sobornos y los premios y recompensas. Ellos y nosotros lo agradeceremos.
Los castigos, los premios, los sobornos y las amenazas nos dan complacencia temporal y “compran” obediencia. Pueden cambiar el comportamiento de alguien a muy corto plazo (en el aquí y el ahora) y es por esta razón que nos parece que funcionan pero no pueden cambiar a la persona. No hacen que nos sintamos bien ni que seamos mejores personas, más bien provocan el efecto contrario.
Hay muchos libros y autores que defienden esta forma de relacionarnos tanto con los adultos como con los niños. A esto se le llama “conductismo” y Scanner entre otros lo defendía: “Hacerle algo a alguien que le haga sentirse mal (sufrir) para luego provocar un cambio de comportamiento”. A diferencia del “humanismo” que se basa en buscar el origen y la causa que llevó a esa persona a actuar de tal modo. Dicho de otro modo, intentar averiguar la causa del problema o lo que causaba la necesidad de comportarse así e intentar buscar soluciones conjuntamente.
Hace un tiempo vi una charla de Alfie Kohn en donde también hablaba de los efectos nocivos de los castigos, los premios y demás estrategias manipulativas… Me encantó un ejercicio que hizo con el público para demostrar y hacerles ver a las personas allí presentes que ni los castigos ni las amenazas ni los premios ayudan a nuestros hijos a ser como nos gustaría que fuesen.
Les preguntó a los padres y madres que le dijeran cualidades que les gustaría que sus hijos tuvieran en un futuro. Unos dijeron que fueran, honestos, compasivos, felices, honrados, trabajadores, ordenados, responsables, disciplinados, que tengan un buen concepto de sí mismos, que tengan una buena autoestima, solidarios, empáticos, autónomos… y un largo etcétera. A continuación intentaré argumentar (con ejemplos de Alfie Kohn y nuestros) por qué los castigos, los premios y amenazas logran y refuerzan las cualidades contrarias a las deseadas.
Veamos ahora qué ocurre cuando castigamos. Imaginemos que un niño pega a su hermano y al verlo la madre lo castiga. Primero que todo, esa actitud hará sentirse aún peor al agresor. Tendrá un sentimiento de frustración y lo que realmente aprende es que la próxima vez que quiera pegar a su hermano tendrá que asegurarse de que su madre no le vea para no volver a ser castigado. El castigo no le hace darse cuenta de los sentimientos de la otra persona.
El castigo no le ha hecho sentirse feliz sino más bien le ha provocado más enfado. No le hace ser honesto ni honrado ya que la próxima vez lo hará a escondidas de su madre. Quizás mienta si su madre le pregunta que qué pasó al oír llorar a su hermano. ¿Cómo iba a decirle la verdad si sabe que será castigado por ello?
Al castigar a un niño/a por hacer algo que no nos gusta o que molesta a alguien no le enseña ni le ayuda a tener en cuenta los sentimientos de la otra persona si no que solo ve las consecuencias de sus actos sobre él mismo (lo que le hacemos: qué me hacen a mí cuando no me comporto como los demás quieren o esperan). Por lo tanto tampoco le estamos ayudando a ser comprensivo, solidario, ni empático. El niño puede pensar: “Si me porto “mal” o no hago lo que se espera de mi me van a castigar, la próxima vez me voy a asegurar de que no me vean, y una vez haya cumplido mi “condena” y haya pagado el precio (castigado en el rincón de pensar, sin postre, sin tele, sin patío, sin lo que sea…) ya estaré libre para poder hacerlo otra vez”. Y vuelta a empezar. Cuanto más castigamos peor se siente el niño por no ser comprendido ni amado ni aceptado incondicionalmente. Al sentirse peor se porta peor y por lo tanto pensamos que tenemos que seguir castigándole… El pez que se muerde la cola.
El castigo incrementa los comportamientos no deseados al hacer que el niño se sienta aún peor de cómo se sentía…
No hay cambio a largo plazo cuando castigamos. Todo comportamiento tiene un motivo valido. Si no nos preocupamos por saber el por qué un niño tiene la necesidad de pegar, morder, tirar cosas, gritar… no podremos ayudarle a gestionar sus emociones y sentimientos. Una necesidad no desaparece por mucho que nosotros queramos negarla. Ya lo he comentado en otros escritos… Cuando nos sentimos bien nos comportamos bien, cuando nos sentimos mal nos comportamos mal (yo solo pierdo la paciencia, grito o me molesto cuando tengo alguna necesidad no satisfecha o me siento mal por algo). Cuando alguien se siente bien no tiene ninguna necesidad de comportarse “mal”. Si intentamos cambiar lo que el niño siente, su comportamiento, también, cambiará como efecto secundario. Dejará de tener la necesidad de seguir haciendo eso que nos molestaba. Tendríamos que dejar de hacerles cosas “a” los niños y hacer más cosas “con” los niños. Es mucho más humano crear y fomentar (con nuestra actitud) valores que querer cambiar comportamientos utilizando nuestro poder. Los castigos nos enseñan el uso del poder y no a comportarnos mejor ni a tener en cuenta las emociones ni necesidades de los demás.
Cuando un niño tiene un comportamiento no deseado en vez de pensar: “Esto es lo que te voy a hacer”, podríamos decirnos: “Algo ha ido mal, ¿qué podemos hacer?”. Utilizar el poder para hacer cosas desagradables a alguien no es una buena ni la mejor manera de relacionarnos. No promueve buenos valores. Los niños se sienten muy confundidos cuando personas que se supone que les quieren les hacen cosas desagradables.
Cuando los niños no quieren o no pueden hacer lo que les pedimos, quizás, el problema no está en el niño si no en lo que le estamos pidiendo. Cuando un niño no trabaja lo suficiente, no estudia lo suficiente, no recoge lo suficiente, no come lo suficiente, no obedece lo suficiente… quizás es que se le está pidiendo demasiado.
Si realmente confiásemos más en los niños ellos nos podrían demostrar cómo son en realidad. Podríamos empezar por tratarles cómo si ya fuesen cómo nosotros deseamos y dejar de verles como pequeños seres que necesitan ser moldeados y modificados… Seamos nosotros el cambio que queremos ver en ellos.
De vez en cuando podríamos preguntarnos: “Si lo que acabo de decir o hacer a este niño, a mi hijo… me lo hicieran a mí, ¿Cómo me sentiría?”.
Aunque haya personas que justifiquen que los castigos en determinadas ocasiones son necesarios, yo pienso y me atrevo a afirmar que nunca lo son y que siempre son nocivos. Aunque nos hayan castigado cuando éramos pequeños, aunque se siga castigando en colegios y hogares…Los castigos nunca nos harán ser mejores personas.
Somos muchos los que ya tenemos muy claro que castigar no nos lleva a ningún lugar deseado pero, ¿qué pasa cuando utilizamos las recompensas o los premios?
Pues, en mi opinión, no son más que la otra cara de la moneda. Si alguno de mis hijos hace algo espontáneamente, supongamos, recoger algo, ordenar, ayudar a un hermano… y yo voy y le doy un premio por ello, su acción deja de tener importancia y la importancia recae en el premio. El énfasis está en el premio y no en la acción. Aunque mi intención es fomentar ese comportamiento deseado lo que realmente estoy provocando es todo lo contrario. Cuando no haya recompensa por esa actitud ya no habrá interés ni motivo alguno para seguir haciéndolo. Me explico, el niño solo ve que si hace tal o cual cosa recibe dinero, dulces, un sobresaliente o lo que sea. Si un día deja de haber el premio o recompensa el comportamiento que estamos buscando fomentar con la recompensa cesará al no recibir nada a cambio. He visto algún padre o profesor recompensar a su hijo o alumno por leer espontáneamente. Lo hicieron con la mejor de las intenciones pero lo que provocaron fue todo lo contrario. Cuando no había premio el niño en cuestión dejó de leer. Algo que el niño escogió hacer por propia voluntad fue desmotivado por querer motivarlo con premios o recompensas. Curioso, ¿verdad? Pero cierto.
Con los castigos y las recompensas no hay cambios a largo plazo, tampoco. Cuando no hay castigo o recompensa dejan de hacerlo o siguen haciéndolo respectivamente. Como he comentado antes, castigar y premiar solo funcionan a muy corto plazo, en el aquí y ahora. Yo me pregunto: ¿De verdad queremos que se coman ese plato entero porque luego hay un premio o lo que en el fondo queremos y necesitamos es que tengan su ración de vitaminas, proteínas, hidratos…? Les podrías explicar eso y si ese ingrediente no les gusta, seguro podemos encontrar otro con el mismo valor nutritivo para la próxima vez. Castigarles sin algo o premiarles con algo no hará que les guste ese ingrediente. Más bien, como he comentado antes, le enseñará el uso del poder.
Otra forma que tenemos de castigar pero mucho más sutil es la retirada de nuestro amor, aceptación o atención. A esto yo lo llamo amor condicional o condicionado: “Solo te quiero, acepto o tendrás mi atención si te comportas como yo quiero”. ¿Cuántos somos los padres y madres que decimos que amamos a nuestros hijos incondicionalmente?
Querer a alguien incondicionalmente es quererle por lo que ya es y no solo por lo que hace o deja de hacer. He de reconocer que en el pasado (aun me pasa muy de vez en cuando) en alguna ocasión cuando me disgusté o enfadé con alguno de mis hijos por algo que habían hecho o dicho que yo no aprobaba les miré con desaprobación y de una forma inconsciente le retiraba mi amor incondicional. Esa retirada de amor, aceptación o atención es un castigo, también. Es como si le dijésemos al niño que solo le queremos y aceptamos cuando se comporta de una manera determina y si no es como nosotros esperamos que sea no le queremos ni le aceptamos. Eso es lo que el niño recibe en realidad seamos o no conscientes de ello.. Si me acerco a él y le digo cómo me siento yo o nos preguntamos cómo puede haberse sentido la otra persona al verle hacer eso o al oírle decir tal cosa le estaremos ayudando a ver las consecuencias de sus actos en las demás personas y a tener en cuenta sus sentimientos y necesidades. No le estaremos haciendo nada malo a él por lo que ha hecho o dicho.
No debemos olvidar nunca que cuando nuestros hijos o alumnos tienen comportamientos no deseados en ocasiones puede ser porque algo no marcha en su entorno más próximo. En nuestro caso su entorno más próximo suelo ser yo, su madre. ¿Cuántas veces me he dado cuenta de que yo no he estado al 100% ni al 80%? Ellos son el vivo reflejo de nosotros, los adultos. De nuestros estados de ánimo, emociones… En el libro “Tu Hijo, Tu Espejo” de Martha Alicia Chávez se explica esto de maravilla.
También estamos premiando (comportamientos deseados) detrás de los elogios intencionados. Me explico, cuando nuestros hijos hacen algo que nos gusta y queremos que siga haciéndolo les decimos continuamente “muy bien”, “que bueno eres”, “como te quiero”, “me gusta que hagas tal o cual”… Cuando nuestra hija ya sabe columpiarse, vestirse, sumar, leer, andar sola, dibujar, subir escaleras… podemos decirle: “Lo lograste tu sola, lo hiciste, veo que te gusta pintar…”. Al decir eso demuestro que me doy cuenta de su logro y de que me interesa y me importa. Cuando decimos simplemente “muy bien” estamos emitiendo nuestro juicio y en vez de eso podríamos describir lo que vemos. Alfie Kohn tiene un escrito fabuloso explicando los 5 motivos para dejar de decir “muy bien”.
Detrás de esas palabras bien intencionadas hay mucha manipulación aun que no nos lo parezca. Si les tratamos muy a menudo de esta forma les estaremos haciendo dependientes a nuestras muestras de aprobación y continuamente necesitaran saber si les aprobamos o no. Quiero diferenciar un alago intencionado de otro que sale del corazón. Muchas veces les decimos “muy bien” con la intención de que sigan haciendo algo. Cuando alabamos le estamos dando importancia a cómo se siente el adulto y no a la acción en sí misma. En mi opinión, la atención no deberían recaer en mi juicio de lo que el niño hace sino en la acción misma y para eso lo que podemos hacer es describirla (describir lo que veo, como muy bien explica Alfie Kohn). Eso sí fomenta la autoestima. Emitir juicios les hace dependientes a lo que los demás piensan o sienten sobre lo que hacen. De este modo pensamos que les estamos motivando para que sigan haciéndolo pero en realidad la motivación externa (con premios) anula la motivación intrínseca (la que viene de dentro del corazón). Repito, decir “muy bien” es emitir un juicio y no describe ni significa nada. Cuando digo “lo lograste, lo conseguiste tú solo…” le estoy dando muestras de que me he dado cuenta y de que me importa. No hay intencionalidad ni manipulación. En realidad, muchas veces, cuando siguen haciendo eso no es por su satisfacción personal sino para recibir nuestras muestras de aprobación. El efecto a largo plazo es que van a continuar necesitando de la aprobación de los demás para tomar sus propias decisiones. No obstante, quiero diferenciar un “gracias por tu ayuda” o “da gusto ver un cuarto tan limpio”. En mi opinión, no es manipulativo ni hay ninguna intencionalidad detrás. Habría que preguntarnos el por qué decimos lo que decimos y con qué intención. Tenemos tantos automáticos que nos salen sin pensar…
¿Qué decir de las amenazas? Lo primero que me viene a la mente es el miedo o la frustración que yo sentía cuando me decían: “Si no… te voy a…” o si no… te quedarás sin…”
En nuestra casa intentamos no utilizar el “si no”. Cuando se nos escapa de vez en cuando siempre sale alguien diciendo: “eso es una amenaza, nosotros no nos amenazamos, nos pedimos las cosas”. Yo suelo cambiar el “si no” por “cuando”. Por ejemplo: Cuando hayamos terminado de recogerlo todo podemos salir a dar esa vuelta o, aún mejor, ¿podemos recogerlo todo antes de salir, por favor?” Para mí no es lo mismo decir: “Si no se recoge primero no salimos o hasta que no esté todo recogido no saldremos”. Lo primero es una petición y lo segundo una orden. Lo primero invita a cooperar y lo segundo provoca rechazo. La Comunicación no Violenta es algo que ponemos en práctica en casa siempre que nuestras emociones nos lo permiten (los libros de Marshall Rosenberg son una gran inspiración para nuestra familia).
¿Qué alternativas tenemos a los castigos, premios y amenazas?
Buscar la causa o necesidad no satisfecha en vez de querer cambiar el comportamiento.
Lo importante no es el comportamiento sino lo que lo alimenta.
Buscar soluciones conjuntamente con nuestros hijos. ¿Qué tienen ellos que decirnos?
Explicarles cómo nos sentimos y/o como se sienten los demás cuando ellos hacen o dicen tal cosa.
Ver qué necesidades no satisfechas tenemos nosotros, los papás y mamás o profesores e intentar satisfacerlas y no proyectarlas sobre nuestros hijos o alumnos…
Preguntarnos cómo se siente el niño en tal o cual circunstancia? Y preguntarnos el por qué no hace o deja de hacer lo que nosotros queremos.
Intentar modificar lo que el niño siente (hacerle sentir bien, amado, aceptado…) y no querer cambiar su comportamiento. Amarlos por lo que ya son y no por lo que hacen o dejan de hacer. Amarles incondicionalmente. Sin condiciones.
Amémosles cuando menos se lo merezcan por qué será cuando más lo necesiten.
Recordar que cuando nos sentimos bien nos comportamos, también, bien.
Hacer más cosas “con” los niños y no tantas cosas “a” los niños.
No dar tantas órdenes ni poner tantos límites. Las órdenes crean resistencia.
Explicar e informar más.
Utilizar un tono de voz más suave y dulce.
Gritar menos.
Pedir en vez de exigir.
Limitar nuestras críticas.
Hablar más del aquí y el ahora y no tanto del pasado (“es que siempre haces…” “nunca escuchas…” “cuantas veces te he dicho que…”). Cuando oigo esas frases me duele el corazón.
Confiar más en nuestros hijos.
La aceptación y el amor incondicional nos hacen mejores personas tanto a las que lo reciben como a las que lo damos.
Dejar de querer ganar batallas y simplemente evitarlas.
Siguen habiendo, en mi opinión, demasiados libros y “expertos” que aun aconsejan a padres, madres y profesores utilizar las amenazas, los premios y sobre todo los castigos. Yo solo pido que nos cuestionemos las cosas y que no las hagamos simplemente por rutina, automáticamente, porque toca, porque nos criaron así, porque siempre lo hemos hecho así, porque eso es lo que se espera de nosotros, porque todo el mundo lo hace así… Ya va siendo hora de que nos cuestionemos más cosas y de que vayamos compartiendo con otras personas nuestro “darnos cuenta” de que hay otra forma de relacionarnos con los niños. Tenemos que atrevernos a cambiar. La mejor forma de hacer esto es con nuestro ejemplo. Nosotros podemos ir cambiando ese modelo poco a poco (de generación en generación). Como dijo Gandh: “seamos nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”. Tratemos a nuestros hijos y a todos los niños con más respeto y olvidémonos de los castigos, las amenazas, los sobornos y los premios y recompensas. Ellos y nosotros lo agradeceremos.
La influencia de nuestra actitud en cómo nuestros hijos viven y gestionan sus emociones
por Yvonne Laborda, articulo original aqui
¿Cómo solemos actuar-reaccionar los padres cuando le dicen “tonto-malo-feo” a nuestro hijo o algún amiguito se ríe de él o le dice que no le gusta algo que el aprecia?
Personalmente, pienso que es crucial nuestra actitud en cuanto a emociones se refiere. Independientemente de lo “sensible” que cada niño/a pueda ser.
Me explico, yo solía decirles a mis hijos (de esto ya hace más de 3 años) que habían ciertas palabras que yo llamaba “palabras piedra”. De esas que duelen cuando nos las dicen y cuando las decimos… Más tarde, después, de haber leído varios libros en los que se trataba este tema en particular y de hablarlo con más mamás y papás llegue a la siguiente conclusión: Las palabras, sólo, tienen el poder que nosotros les queremos dar.
Pondré un mismo ejemplo y dos formas distintas de actuar y verlo. A ver qué sucede en cada uno.
María lleva su vestido preferido, el cual es precioso para ella. Mientras está jugando con sus amiguitos uno le dice que no le gusta el vestido que lleva y otro añade que es muy feo y los dos se ríen. La niña se pone a llorar. La madre de la niña ve lo que ha ocurrido y cuando se está acercando a ella el padre viene y pregunta: “¿Qué ha pasado?” A lo que la madre responde: “Es que se han reído de ella y le han dicho que su vestido es feo, ya sabes lo mucho que a ella le gusta y es por esto que está llorando y triste”.
¿Qué mensaje hay detrás de esta actitud? ¿Qué entiende y aprende la niña? Que lo que otro piense y opine de nosotros es más importante que lo que uno piensa de sí mismo, que la opinión de los demás prevale sobre la nuestra, que los demás tienen el poder de hacernos sentir mal o bien… Con esta forma de actuar centramos toda la atención en lo que los demás han hecho o dicho y no en cómo la niña se siente. El mensaje que llega a la niña es que son los demás niños los que han hecho que ella se sienta mal. Hay una víctima y unos culpables.
Veamos la otra opción. Cuando la niña empieza a llorar y la madre se acerca a la niña, la abraza sin decir nada. Cuando el padre pregunta que qué ha pasado la madre solo se limita a validar lo que la niña siente (lo importante es lo que la niña siente no lo que los demás han hecho o dicho) y dice: “María está triste.” “A María le gusta mucho su vestido”. “A ella le gustaría que a todo el mundo le gustase igual que le gusta a ella pero a todos no nos gustan las mismas cosas, ¿verdad?” A lo que el padre añade: “Sí a veces ocurre eso… ¿recuerdas lo mucho que le gusta a Juan su serpiente y lo poco que te gusta a ti? A todos nos gustan cosas distintas. A ti te parece precioso este vestido, ¿verdad? Aun que a ellos no les guste sigue siendo precioso para ti”.
En este caso la atención está en lo que María siente y no en lo que los demás han dicho de su vestido. Eso no es importante, lo importante es lo que ELLA piensa de su vestido o de sí misma. Lo que opinen los demás no debería influir en lo que nosotros creemos. En este caso no hay victima ni culpable. Su vestido sigue siendo precioso a ojos de ella. De este modo les fortalecemos a ellos (nuestros hijos) y no damos importancia a lo que los demás dicen o piensen. Esta actitud, en mi opinión, les da poder, los fortalece. Su criterio y lo que opinan no puede depender del criterio y opinión de los demás. Si, nosotros como padres, no damos importancia a lo que los demás puedan opinar de nosotros o de nuestros hijos, les estaremos dando herramientas para aumentar su autoestima y crecimiento personal. Cuando valoramos mucho lo que los demás piensan o dicen de nosotros o de nuestros hijos les estamos enseñando, inconscientemente, a buscar aprobación fuera de sí mismos. Sería fantástico que en un futuro a nadie le pudiera hacer daño lo que los demás piensen de nosotros y seguir siendo nosotros mismos a pesar de lo que la gente diga y opine.
En nuestras manos está el darles a nuestros hijos este poder o en arrebatárselo. Por mucho que nos duela algo… Lo importante es lo que nuestros hijos sienten no lo que los demás digan o hagan. No cometamos el mismo error que nuestros padres nos enseñaron a nosotros. Rompamos esa cadena. Es muy doloroso ver que nuestro/a hijo/a llora o lo pasa mal. Y lo más fácil es defenderlos a ellos y culpabilizar a los demás de su pena. Pero si lo pensamos un poco más profundamente, eso no les ayuda demasiado si no que los deja más indefensos y dependientes de nuestra aprobación y la de los demás.
Ante situaciones en donde un niño tiene la necesidad de herir o hacer daño a otro sea física o emocionalmente, también, podemos manejarlo de tal forma que nuestro hijo salga reforzado sin la necesidad de criticar al otro si no de comprenderlo. La empatía en estos casos es imprescindible. Si somos empáticos sabremos tomar mejores decisiones. Si intentamos ver los motivos por los cuales un niño “necesita” hacer daño a otro (se siente mal, no recibe lo que necesita de su entorno… Los niños solo se portan “mal” cuando se sienten mal) entonces seremos más fuertes a la hora de manejar nuestras emociones. Los niños también necesitan ser capaces de ver que no todos los niños están en igual de condiciones que ellos y que algunos se comportan “así” por varios motivos, pero siempre tienen un motivo valido aunque su actitud no nos guste. Hay algo que les provoca actuar de ese modo. Lo esencial sería buscar la causa. Este enfoque puede ayudar a nuestros hijos a ser compasivos y empáticos con los niños que no les tratan como a ellos les gustaría. En vez de verse ellos mismos como la victima pueden darle la vuelta a la tortilla y ver al agresor como la victima que simplemente no sabe ni puede hacerlo mejor. Pero para que un niño pueda dar ese enfoque es imprescindible que, nosotros, los padres, lo veamos así y les demos y mostremos ese modelo y camino.
¿Cómo solemos actuar-reaccionar los padres cuando le dicen “tonto-malo-feo” a nuestro hijo o algún amiguito se ríe de él o le dice que no le gusta algo que el aprecia?
Personalmente, pienso que es crucial nuestra actitud en cuanto a emociones se refiere. Independientemente de lo “sensible” que cada niño/a pueda ser.
Me explico, yo solía decirles a mis hijos (de esto ya hace más de 3 años) que habían ciertas palabras que yo llamaba “palabras piedra”. De esas que duelen cuando nos las dicen y cuando las decimos… Más tarde, después, de haber leído varios libros en los que se trataba este tema en particular y de hablarlo con más mamás y papás llegue a la siguiente conclusión: Las palabras, sólo, tienen el poder que nosotros les queremos dar.
Pondré un mismo ejemplo y dos formas distintas de actuar y verlo. A ver qué sucede en cada uno.
María lleva su vestido preferido, el cual es precioso para ella. Mientras está jugando con sus amiguitos uno le dice que no le gusta el vestido que lleva y otro añade que es muy feo y los dos se ríen. La niña se pone a llorar. La madre de la niña ve lo que ha ocurrido y cuando se está acercando a ella el padre viene y pregunta: “¿Qué ha pasado?” A lo que la madre responde: “Es que se han reído de ella y le han dicho que su vestido es feo, ya sabes lo mucho que a ella le gusta y es por esto que está llorando y triste”.
¿Qué mensaje hay detrás de esta actitud? ¿Qué entiende y aprende la niña? Que lo que otro piense y opine de nosotros es más importante que lo que uno piensa de sí mismo, que la opinión de los demás prevale sobre la nuestra, que los demás tienen el poder de hacernos sentir mal o bien… Con esta forma de actuar centramos toda la atención en lo que los demás han hecho o dicho y no en cómo la niña se siente. El mensaje que llega a la niña es que son los demás niños los que han hecho que ella se sienta mal. Hay una víctima y unos culpables.
Veamos la otra opción. Cuando la niña empieza a llorar y la madre se acerca a la niña, la abraza sin decir nada. Cuando el padre pregunta que qué ha pasado la madre solo se limita a validar lo que la niña siente (lo importante es lo que la niña siente no lo que los demás han hecho o dicho) y dice: “María está triste.” “A María le gusta mucho su vestido”. “A ella le gustaría que a todo el mundo le gustase igual que le gusta a ella pero a todos no nos gustan las mismas cosas, ¿verdad?” A lo que el padre añade: “Sí a veces ocurre eso… ¿recuerdas lo mucho que le gusta a Juan su serpiente y lo poco que te gusta a ti? A todos nos gustan cosas distintas. A ti te parece precioso este vestido, ¿verdad? Aun que a ellos no les guste sigue siendo precioso para ti”.
En este caso la atención está en lo que María siente y no en lo que los demás han dicho de su vestido. Eso no es importante, lo importante es lo que ELLA piensa de su vestido o de sí misma. Lo que opinen los demás no debería influir en lo que nosotros creemos. En este caso no hay victima ni culpable. Su vestido sigue siendo precioso a ojos de ella. De este modo les fortalecemos a ellos (nuestros hijos) y no damos importancia a lo que los demás dicen o piensen. Esta actitud, en mi opinión, les da poder, los fortalece. Su criterio y lo que opinan no puede depender del criterio y opinión de los demás. Si, nosotros como padres, no damos importancia a lo que los demás puedan opinar de nosotros o de nuestros hijos, les estaremos dando herramientas para aumentar su autoestima y crecimiento personal. Cuando valoramos mucho lo que los demás piensan o dicen de nosotros o de nuestros hijos les estamos enseñando, inconscientemente, a buscar aprobación fuera de sí mismos. Sería fantástico que en un futuro a nadie le pudiera hacer daño lo que los demás piensen de nosotros y seguir siendo nosotros mismos a pesar de lo que la gente diga y opine.
En nuestras manos está el darles a nuestros hijos este poder o en arrebatárselo. Por mucho que nos duela algo… Lo importante es lo que nuestros hijos sienten no lo que los demás digan o hagan. No cometamos el mismo error que nuestros padres nos enseñaron a nosotros. Rompamos esa cadena. Es muy doloroso ver que nuestro/a hijo/a llora o lo pasa mal. Y lo más fácil es defenderlos a ellos y culpabilizar a los demás de su pena. Pero si lo pensamos un poco más profundamente, eso no les ayuda demasiado si no que los deja más indefensos y dependientes de nuestra aprobación y la de los demás.
Ante situaciones en donde un niño tiene la necesidad de herir o hacer daño a otro sea física o emocionalmente, también, podemos manejarlo de tal forma que nuestro hijo salga reforzado sin la necesidad de criticar al otro si no de comprenderlo. La empatía en estos casos es imprescindible. Si somos empáticos sabremos tomar mejores decisiones. Si intentamos ver los motivos por los cuales un niño “necesita” hacer daño a otro (se siente mal, no recibe lo que necesita de su entorno… Los niños solo se portan “mal” cuando se sienten mal) entonces seremos más fuertes a la hora de manejar nuestras emociones. Los niños también necesitan ser capaces de ver que no todos los niños están en igual de condiciones que ellos y que algunos se comportan “así” por varios motivos, pero siempre tienen un motivo valido aunque su actitud no nos guste. Hay algo que les provoca actuar de ese modo. Lo esencial sería buscar la causa. Este enfoque puede ayudar a nuestros hijos a ser compasivos y empáticos con los niños que no les tratan como a ellos les gustaría. En vez de verse ellos mismos como la victima pueden darle la vuelta a la tortilla y ver al agresor como la victima que simplemente no sabe ni puede hacerlo mejor. Pero para que un niño pueda dar ese enfoque es imprescindible que, nosotros, los padres, lo veamos así y les demos y mostremos ese modelo y camino.
Amor parental con limitaciones
por Alfie Kohn
Hace ya más de 50 años, Carl Rogers sugería que los ingredientes principales que hacen que la psicoterapia tenga éxito son tres: que el psicoterapeuta apueste por la autenticidad en lugar de esconderse tras una máscara de profesionalidad, que comprenda en profundidad los sentimientos de sus pacientes y, por último, que deje de lado los juicios de valor para expresar una “consideración positiva e incondicional” hacia aquellos a quienes pretende ayudar.
El último punto es de órdago, no sólo por su dificultad sino también porque la mera necesidad de ello dice cómo fuimos educados. Rogers consideraba que los terapeutas han de aceptar a sus pacientes sin limitación alguna para que éstos puedan comenzar a aceptarse a sí mismos. Y el motivo por el que muchos han rechazado o reprimido partes de lo que son es porque sus padres pusieron “condiciones de valor” al educarlos: te quiero, pero sólo cuando te portas bien (o cuando sacas buenas notas, o cuando impresionas a otros adultos, o si estás en silencio, o si no engordas, o cuando eres respetuoso, o guapo. . .).
La repercusión que esto tiene es que querer a nuestros hijos deja de ser suficiente. Tenemos que amarlos incondicionalmente, por lo que son, no por lo que hagan.
Como padre, sé bien que esto es algo difícil de llevar a cabo, y se convierte en algo aún más complicado cuando los consejos que recibimos van en la dirección contraria. Efectivamente, se nos dan consejos de crianza condicional, que tienen dos versiones: aumentar el cariño cuando los niños son buenos y negarlo cuando no lo son.
De esta manera, el personaje televisivo “Dr. Phil” McGraw, nos dice en su libro Family First que ha de ofrecerse a los niños con condiciones aquello que más les gusta o necesitan, convirtiéndose en una recompensa para que “se comporten de acuerdo con vuestros deseos.” Y “una de las monedas de cambio más poderosas para un niño,” añade, “es la aceptación y aprobación de sus padres.”
Del mismo modo, Jo Frost, “Supernanny,” en el libro del mismo nombre, dice “Las mejores recompensas son la atención, el elogio y el amor,” y éstas deberían de contenerse “cuando se porta mal…. Hasta que diga que lo siente,” momento en el cual el amor vuelve a ponerse en marcha.
Hay que tener en cuenta que la crianza condicional no se limita a los amantes del autoritarismo de la vieja escuela. Algunas personas que ni locas darían un azote, en lugar de castigar a sus hijos pequeños prefieren aplicar otro método: el aislamiento forzado, una táctica que se prefiere llamar “tiempo fuera”. Contrariamente, el “refuerzo positivo” enseña a los niños que se les quiere, y que merecen ese cariño, pero sólo cuando hacen lo que sea que nosotros consideramos como “bueno”.
Esto hace que surja la interesante posibilidad de que el problema con los elogios no sea que se conviertan en el camino equivocado, o que se repartan con demasiada facilidad, como insisten los conservadores sociales, sino que puedan convertirse en otro método de control, análogo al castigo. El principal mensaje de todos los tipos de crianza condicional es que los niños han de ganarse el amor de sus padres; la mejor receta para llegar a lo que advertía Rogers, y la forma de que los niños acaben necesitando un terapeuta que les ofrezca la aceptación incondicional que no tuvieron a su debido tiempo.
Pero, ¿estaba Rogers en lo cierto? Antes de tirar por tierra la disciplina dominante, estaría bien disponer de algunas pruebas. Y ahora las tenemos.
En 2004, dos investigadores israelíes, Avi Assor y Guy Roth, participaron junto con Edward Deci, un experto americano en la psicología de la motivación, en una encuesta a más de 100 universitarios en la que se les preguntaba si el amor que habían recibido de sus padres había dependido de sus éxitos académicos, la práctica de deportes, su consideración respecto a los demás, o la represión de emociones como la cólera y el miedo.
El resultado que se obtuvo demostró que los niños que habían recibido una aprobación condicional tendían, efectivamente, a actuar de un modo más parecido al que deseaban los padres. Pero la sumisión tenía un coste elevado. En primer lugar, porque esos niños tienden a estar resentidos y a disgusto con sus padres. En segundo lugar, porque solían afirmar que la forma en la que actuaban con frecuencia se debía más a una “fuerte presión interna” que a “una auténtica sensación de elección”. Por otra parte, la felicidad que experimentaban después de triunfar en algo solía ser breve y, a menudo, se sentían culpables o avergonzados.
En un estudio paralelo, Assor y sus colegas entrevistaron a madres de niños ya crecidos. En esta generación, la crianza condicional también había causado daños. Aquellas madres que, en su infancia, sintieron que sólo eran queridas cuando satisfacían las expectativas de sus padres, se sentían adultas menos dignas de respeto. Sin embargo, a pesar de sus efectos negativos, estas madres tenían una mayor tendencia a usar el afecto condicional con sus propios hijos.
El pasado mes de julio, los mismos investigadores, en esta ocasión junto con dos colegas de Deci pertenecientes a la Universidad de Rochester, publicaron dos réplicas y ampliaciones al estudio de 2004. En esta ocasión los sujetos del estudio eran estudiantes de secundaria, a los que se prestaba más atención y se daba más cariño cuando hacían lo que querían sus padres, cosa que se distinguía cuidadosamente dando menos cuando hacían algo que no querían los padres.
Los estudios demostraron que ambos tipos de educación condicional, positiva y negativa, eran perjudiciales, pero de manera ligeramente diferente. El tipo positivo a veces tenía éxito haciendo que los niños se esforzaran más en las cuestiones académicas, pero con el coste de sentimientos insanos de “compulsión interna”. La educación condicional negativa, por su parte, no funcionaba ni tan siquiera a corto plazo; únicamente aumentaba los sentimientos negativos de los adolescentes hacia sus padres.
Lo que estos y otros estudios nos dicen, si somos capaces de asumirlo, es que alabar a nuestros hijos por hacer algo correcto no se diferencia mucho de aislarlos o castigarlos cuando hacen algo incorrecto. Ambos ejemplos son condicionales y contraproducentes.
El psicólogo infantil Bruno Bettelheim, enseguida reconoció que la versión de la crianza condicional negativa, conocida como tiempo fuera, puede cusar “profundos sentimientos de ansiedad”, sin embargo, la aprobaba por esa misma razón. “Cuando nuestras palabras no son suficientes”, decía, “la amenaza de la retirada de nuestro amor y afecto es el único método contundente para convencerle de que lo mejor es someterse a nuestra petición.”
Pero los datos hacen pensar que la retirada del amor no es especialmente efectiva para obtener sumisión, y mucho menos para fomentar el desarrollo moral. Aun cuando hayamos obtenido éxito logrando que los niños nos obedezcan (usando un refuerzo positivo), ¿vale la pena obtener esa obediciencia a cambio de un posible daño psicológico a largo plazo? ¿Debería usarse el amor parental como una herramienta para controlar a los hijos?
Hay otros asuntos más profundos que subyacen en otro tipo de crítica. Albert Bandura, el padre de la rama de la psicología conocida como la teoría del aprendizaje social, afirmaba que el amor incondicional “podría producir niños antipáticos y a la deriva”, una afirmación que no se apoya en ningún estudio empírico. La idea de que los niños aceptados por lo que ellos mismos son puedan carecer de dirección o encanto sólo es valiosa por lo que nos dice acerca de la oscura visión de la naturaleza humana que tienen aquellos que emiten tales advertencias.
En la práctica, y de acuerdo con la impresionante recopilación de datos realizada por Deci y otros, la aceptación incondicional por parte de los padres y profesores va acompañada de un “refuerzo a la autonomía”: explicando los motivos de las peticiones, maximizando las oportunidades de que el niño pueda participar en la toma de decisiones, alentando sin manipular, e imaginando de forma activa cómo son las cosas desde el punto de vista del niño.
El último de estos factores es importante en relación con la educación incondicional en sí misma, ya que la mayoría de nosotros protestaría diciendo que, por supuesto, queremos a nuestros hijos sin ningún tipo de restricción, pero lo que cuenta es cómo son las cosas desde el punto de vista de nuestros hijos, si se sienten igual de queridos cuando se portan mal o no cumplen con su palabra.
Carl Rogers no lo dijo de esta manera, pero estoy seguro de que le hubiera gustado ver una menor demanda de terapeutas expertos si ello significara un mayor número de gente llegando a la edad adulta sintiéndose aceptada de forma incondicional.
Publicado por primera vez en New York Times y traducido por Luz Morcillo con el permiso expreso del autor. Para saber más acerca de este tema, véase www.unconditionalparenting.com
Copyright © 2009 by Alfie Kohn. This article may be downloaded, reproduced, and distributed without permission as long as each copy includes this notice along with citation information (i.e., name of the periodical in which it originally appeared, date of publication, and author's name). Permission must be obtained in order to reprint this article in a published work or in order to offer it for sale in any form.
Hace ya más de 50 años, Carl Rogers sugería que los ingredientes principales que hacen que la psicoterapia tenga éxito son tres: que el psicoterapeuta apueste por la autenticidad en lugar de esconderse tras una máscara de profesionalidad, que comprenda en profundidad los sentimientos de sus pacientes y, por último, que deje de lado los juicios de valor para expresar una “consideración positiva e incondicional” hacia aquellos a quienes pretende ayudar.
El último punto es de órdago, no sólo por su dificultad sino también porque la mera necesidad de ello dice cómo fuimos educados. Rogers consideraba que los terapeutas han de aceptar a sus pacientes sin limitación alguna para que éstos puedan comenzar a aceptarse a sí mismos. Y el motivo por el que muchos han rechazado o reprimido partes de lo que son es porque sus padres pusieron “condiciones de valor” al educarlos: te quiero, pero sólo cuando te portas bien (o cuando sacas buenas notas, o cuando impresionas a otros adultos, o si estás en silencio, o si no engordas, o cuando eres respetuoso, o guapo. . .).
La repercusión que esto tiene es que querer a nuestros hijos deja de ser suficiente. Tenemos que amarlos incondicionalmente, por lo que son, no por lo que hagan.
Como padre, sé bien que esto es algo difícil de llevar a cabo, y se convierte en algo aún más complicado cuando los consejos que recibimos van en la dirección contraria. Efectivamente, se nos dan consejos de crianza condicional, que tienen dos versiones: aumentar el cariño cuando los niños son buenos y negarlo cuando no lo son.
De esta manera, el personaje televisivo “Dr. Phil” McGraw, nos dice en su libro Family First que ha de ofrecerse a los niños con condiciones aquello que más les gusta o necesitan, convirtiéndose en una recompensa para que “se comporten de acuerdo con vuestros deseos.” Y “una de las monedas de cambio más poderosas para un niño,” añade, “es la aceptación y aprobación de sus padres.”
Del mismo modo, Jo Frost, “Supernanny,” en el libro del mismo nombre, dice “Las mejores recompensas son la atención, el elogio y el amor,” y éstas deberían de contenerse “cuando se porta mal…. Hasta que diga que lo siente,” momento en el cual el amor vuelve a ponerse en marcha.
Hay que tener en cuenta que la crianza condicional no se limita a los amantes del autoritarismo de la vieja escuela. Algunas personas que ni locas darían un azote, en lugar de castigar a sus hijos pequeños prefieren aplicar otro método: el aislamiento forzado, una táctica que se prefiere llamar “tiempo fuera”. Contrariamente, el “refuerzo positivo” enseña a los niños que se les quiere, y que merecen ese cariño, pero sólo cuando hacen lo que sea que nosotros consideramos como “bueno”.
Esto hace que surja la interesante posibilidad de que el problema con los elogios no sea que se conviertan en el camino equivocado, o que se repartan con demasiada facilidad, como insisten los conservadores sociales, sino que puedan convertirse en otro método de control, análogo al castigo. El principal mensaje de todos los tipos de crianza condicional es que los niños han de ganarse el amor de sus padres; la mejor receta para llegar a lo que advertía Rogers, y la forma de que los niños acaben necesitando un terapeuta que les ofrezca la aceptación incondicional que no tuvieron a su debido tiempo.
Pero, ¿estaba Rogers en lo cierto? Antes de tirar por tierra la disciplina dominante, estaría bien disponer de algunas pruebas. Y ahora las tenemos.
En 2004, dos investigadores israelíes, Avi Assor y Guy Roth, participaron junto con Edward Deci, un experto americano en la psicología de la motivación, en una encuesta a más de 100 universitarios en la que se les preguntaba si el amor que habían recibido de sus padres había dependido de sus éxitos académicos, la práctica de deportes, su consideración respecto a los demás, o la represión de emociones como la cólera y el miedo.
El resultado que se obtuvo demostró que los niños que habían recibido una aprobación condicional tendían, efectivamente, a actuar de un modo más parecido al que deseaban los padres. Pero la sumisión tenía un coste elevado. En primer lugar, porque esos niños tienden a estar resentidos y a disgusto con sus padres. En segundo lugar, porque solían afirmar que la forma en la que actuaban con frecuencia se debía más a una “fuerte presión interna” que a “una auténtica sensación de elección”. Por otra parte, la felicidad que experimentaban después de triunfar en algo solía ser breve y, a menudo, se sentían culpables o avergonzados.
En un estudio paralelo, Assor y sus colegas entrevistaron a madres de niños ya crecidos. En esta generación, la crianza condicional también había causado daños. Aquellas madres que, en su infancia, sintieron que sólo eran queridas cuando satisfacían las expectativas de sus padres, se sentían adultas menos dignas de respeto. Sin embargo, a pesar de sus efectos negativos, estas madres tenían una mayor tendencia a usar el afecto condicional con sus propios hijos.
El pasado mes de julio, los mismos investigadores, en esta ocasión junto con dos colegas de Deci pertenecientes a la Universidad de Rochester, publicaron dos réplicas y ampliaciones al estudio de 2004. En esta ocasión los sujetos del estudio eran estudiantes de secundaria, a los que se prestaba más atención y se daba más cariño cuando hacían lo que querían sus padres, cosa que se distinguía cuidadosamente dando menos cuando hacían algo que no querían los padres.
Los estudios demostraron que ambos tipos de educación condicional, positiva y negativa, eran perjudiciales, pero de manera ligeramente diferente. El tipo positivo a veces tenía éxito haciendo que los niños se esforzaran más en las cuestiones académicas, pero con el coste de sentimientos insanos de “compulsión interna”. La educación condicional negativa, por su parte, no funcionaba ni tan siquiera a corto plazo; únicamente aumentaba los sentimientos negativos de los adolescentes hacia sus padres.
Lo que estos y otros estudios nos dicen, si somos capaces de asumirlo, es que alabar a nuestros hijos por hacer algo correcto no se diferencia mucho de aislarlos o castigarlos cuando hacen algo incorrecto. Ambos ejemplos son condicionales y contraproducentes.
El psicólogo infantil Bruno Bettelheim, enseguida reconoció que la versión de la crianza condicional negativa, conocida como tiempo fuera, puede cusar “profundos sentimientos de ansiedad”, sin embargo, la aprobaba por esa misma razón. “Cuando nuestras palabras no son suficientes”, decía, “la amenaza de la retirada de nuestro amor y afecto es el único método contundente para convencerle de que lo mejor es someterse a nuestra petición.”
Pero los datos hacen pensar que la retirada del amor no es especialmente efectiva para obtener sumisión, y mucho menos para fomentar el desarrollo moral. Aun cuando hayamos obtenido éxito logrando que los niños nos obedezcan (usando un refuerzo positivo), ¿vale la pena obtener esa obediciencia a cambio de un posible daño psicológico a largo plazo? ¿Debería usarse el amor parental como una herramienta para controlar a los hijos?
Hay otros asuntos más profundos que subyacen en otro tipo de crítica. Albert Bandura, el padre de la rama de la psicología conocida como la teoría del aprendizaje social, afirmaba que el amor incondicional “podría producir niños antipáticos y a la deriva”, una afirmación que no se apoya en ningún estudio empírico. La idea de que los niños aceptados por lo que ellos mismos son puedan carecer de dirección o encanto sólo es valiosa por lo que nos dice acerca de la oscura visión de la naturaleza humana que tienen aquellos que emiten tales advertencias.
En la práctica, y de acuerdo con la impresionante recopilación de datos realizada por Deci y otros, la aceptación incondicional por parte de los padres y profesores va acompañada de un “refuerzo a la autonomía”: explicando los motivos de las peticiones, maximizando las oportunidades de que el niño pueda participar en la toma de decisiones, alentando sin manipular, e imaginando de forma activa cómo son las cosas desde el punto de vista del niño.
El último de estos factores es importante en relación con la educación incondicional en sí misma, ya que la mayoría de nosotros protestaría diciendo que, por supuesto, queremos a nuestros hijos sin ningún tipo de restricción, pero lo que cuenta es cómo son las cosas desde el punto de vista de nuestros hijos, si se sienten igual de queridos cuando se portan mal o no cumplen con su palabra.
Carl Rogers no lo dijo de esta manera, pero estoy seguro de que le hubiera gustado ver una menor demanda de terapeutas expertos si ello significara un mayor número de gente llegando a la edad adulta sintiéndose aceptada de forma incondicional.
Publicado por primera vez en New York Times y traducido por Luz Morcillo con el permiso expreso del autor. Para saber más acerca de este tema, véase www.unconditionalparenting.com
Copyright © 2009 by Alfie Kohn. This article may be downloaded, reproduced, and distributed without permission as long as each copy includes this notice along with citation information (i.e., name of the periodical in which it originally appeared, date of publication, and author's name). Permission must be obtained in order to reprint this article in a published work or in order to offer it for sale in any form.
Cinco razones para dejar de decir “¡Muy Bien!”
por Alfie Kohn
Salga a un sitio de juegos, visite una escuela o aparézcase en la fiesta de cumpleaños de un niño, y hay una frase que de seguro va a escuchar: “¡Muy bien!”. Incluso los bebés pequeños son elogiados por juntar sus manos (“Bonito aplauso!). A algunos de nosotros se nos escapan estos juicios sobre nuestros niños al punto de que casi se convierte en un tic verbal.
Muchos libros y artículos advierten en contra de recurrir al castigo, desde pegar hasta el aislamiento forzado (“tiempo fuera”). Ocasionalmente alguien incluso nos pedirá que reconsideremos la práctica de sobornar a los niños con stickers o comida. Pero usted tendrá que buscar arduamente para encontrar una palabra que desaliente lo que es eufemísticamente llamado refuerzo positivo.
Para que no haya ningún malentendido, el punto aquí no es cuestionar la importancia de apoyar e incentivar a los niños, la necesidad de amarlos y abrazarlos y ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos. Los elogios, sin embargo, son una historia completamente diferente. Aquí explico por qué.
1. Manipulando a los niños. Suponga que usted ofrece una recompensa verbal para reforzar el comportamiento de un niño de dos años que come sin regar, o de un niño de cinco años que limpia sus materiales de arte. ¿Quién se beneficia de esto? ¿Es posible que el decir a los niños que han hecho un buen trabajo tenga menos que ver con sus necesidades emocionales que con nuestra propia conveniencia?
Rheta DeVries, profesora de educación en la Universidad del Norte de Iowa, se refiere a esto como “control con cubierta de azúcar”. Muy parecido a las recompensas tangibles – o, para el propósito, castigos – es una forma de hacer algo a los niños para conseguir que ellos cumplan con nuestros deseos. Puede ser efectivo en producir estos resultados (al menos por un tiempo), pero es muy diferente a trabajar con los niños – por ejemplo, entablar una conversación con ellos a cerca de qué es lo que hace a una clase (o a una familia) funcionar sin problemas, o cómo otras personas son afectadas por lo que hemos hecho – o dejado de hacer. Este último enfoque no solo que es más respetuoso si no que no es efectivo para ayudar a los niños a convertirse en personas reflexivas.
La razón por la cual los elogios pueden funcionar a corto plazo es que los niños pequeños están hambrientos de aprobación. Pero nosotros tenemos la responsabilidad de no aprovecharnos de esta dependencia para nuestra propia conveniencia. Un “¡Muy bien!” para reforzar algo que hace nuestras vidas un poco más fáciles puede ser un ejemplo de tomar ventaja de la dependencia de los niños. Los niños también pueden empezar a sentirse manipulados por esto, incluso si ellos no pueden explicar a ciencia cierta por qué.
2. Creando adictos a los elogios. De seguro, no todo uso de elogios es una táctica calculada para controlar el comportamiento de los niños. Algunas veces felicitamos a los niños solamente porque estamos genuinamente complacidos por lo que han hecho. Sin embargo, incluso en esos casos, vale la pena poner más atención. En lugar de aumentar la auto estima de un niño, los elogiados pueden incrementar su dependencia hacia nosotros. Mientras más decimos “Me gusta la forma en que tú....” o “Muy bien hecho...”, incrementa la dependencia de los niños hacia nuestras evaluaciones, nuestras decisiones acerca de lo que está bien y mal, en lugar de aprender de sus propios juicios. Esto los lleva a medir su valor en términos de lo que a nosotros nos hará sonreír y darles un poco más de aprobación.
Mary Budd Rowe, una investigadora de la Universidad de Florida, descubrió que los estudiantes que eran elogiados profusamente por sus profesores eran más indecisos en sus respuestas, más proclives a responder en un tono de voz de pregunta (“mm, ¿siete?”). Tendían a retractarse de una idea propuesta por ellos tan pronto como un adulto mostraba su desacuerdo. Además, tenían menos tendencia a perseverar en tareas difíciles o compartir sus ideas con otros estudiantes.
En resumen, “Buen trabajo!” no les da seguridad a los niños; en última instancia, los hace sentirse menos seguros. Este tipo de frases puede incluso crear un círculo vicioso en el que mientras más recurrimos a los elogios, más parecen los niños necesitarla, por lo que los elogiamos aún un poco más. Penosamente, algunos de estos niños se convertirán en adultos que continúan necesitando a alguien que les dé una palmada en la espalda y les diga si lo que hicieron estuvo bien. De seguro, esto no es lo que queremos para nuestros hijos e hijas.
3. Robando el placer de un niño. Aparte del problema de dependencia, un niño merece disfrutar de sus logros, sentirse orgulloso de lo que ha aprendido a hacer. También merece decidir cuándo sentirse de tal o cual forma. Pero, cada vez que decimos, “¡Muy bien!”, le estamos diciendo al niño cómo sentirse.
De seguro, hay momentos en los que nuestras evaluaciones son apropiadas y nuestra guía es necesaria – especialmente con niños que ya caminan y de edad pre-escolar. Pero una corriente constante de juicios de valor no es ni necesaria ni útil para el desarrollo de los niños. Desafortunadamente, seguramente no nos hemos dado cuenta de que “¡Muy bien!” es una evaluación tanto como lo es “¡Mal hecho!” La característica más notable de un juicio positivo no es que este sea positivo, si no que es un juicio. Y a la gente, incluyendo a los niños, no les gusta ser juzgados.
Yo disfruto y guardo las ocasiones en las que mi hija logra hacer algo por primera vez, o hace algo mejor de lo que lo había hecho hasta ahora. Pero trato de resistir al reflejo de decir “¡Muy bien!” porque no quiero diluir su alegría. Quiero que ella comparta su placer con migo, no que me mire buscando un veredicto. Quiero que ella exclame, “¡Lo hice!” (lo que ocurre regularmente) en lugar de preguntarme con incertidumbre, “¿Estuvo bien?”
4. Perdiendo el interés. "¡Muy bonita pintura!” puede hacer que los niños sigan pintando por el tiempo que nos mantengamos mirando y elogiándolos. Pero, advierte Lilian Katz, una de las principales autoridades nacionales de educación en la temprana infancia, “una vez que se quita la atención, muchos niños no volverán a esa actividad nuevamente.” Efectivamente, una cantidad impresionante de investigaciones científicas han mostrado que mientras más recompensamos a la gente por hacer algo, más tiende a perder el interés por cualquier cosa que deban hacer para obtener recompensas. Ahora el punto no es dibujar, leer, pensar, crear – el punto es tener el regalo, sea este un helado, un sticker o un “¡Muy bien!”.
En un estudio de problemas conducido por Joan Grusec de la Universidad de Toronto, los niños pequeños que fueron elogiados frecuentemente por muestras de generosidad, tendían a ser un poco menos generosos en el día a día, de lo que eran los otros niños. Cada vez que ellos han oído “¡Muy bien por compartir!” o “Estoy muy orgulloso de ti por ayudar”, ellos perdían el interés por compartir o ayudar. Estas acciones vinieron a verse no como algo valioso en su propio sentido de lo justo, si no como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte en el medio para un fin.
Motivan los elogios a los niños? Por supuesto. Los motivan a obtener elogios. Desgraciadamente, esto sucede frecuentemente a expensas del compromiso hacia cualquier cosa que ellos estaban haciendo y que provocó un elogio.
5. Disminuyendo el Desempeño. Como si no fuera suficientemente malo que un “¡Muy bien!” pueda menoscabar la independencia, el placer y el interés, puede también interferir con cuán bien los niños hacen una tarea. Los investigadores continúan hallando que los niños que son elogiados por hacer bien un trabajo creativo tienden a tropezar en la siguiente tarea- y no les va tan bien como a los niños que no fueron elogiados al principio.
¿Por qué sucede esto? En parte porque los elogios crean una presión de “continuar el buen trabajo”, llegando a interponerse en el camino de lograrlo. En parte porque su interés en lo que hacen puede disminuir. En parte porque ellos se vuelven menos propensos a tomar riesgos – un prerrequisito para la creatividad- una vez que comienzan a pensar sobre cómo hacer que esos comentarios positivos continúen viniendo.
En forma general, “¡Muy bien!” es un vestigio de un enfoque que reduce toda la vida humana a comportamientos que pueden ser vistos y medidos. Desafortunadamente, esta ignora los pensamientos, sentimientos y valores que yacen detrás de los comportamientos. Por ejemplo, un niño puede compartir un refrigerio con un amigo como una forma de atraer un elogio, o como una forma de asegurarse de que otro niño tenga suficiente para comer. Los elogios por compartir ignoran estos diferentes motivos. Peor aún, estos de hecho promueven el motivo menos deseable, haciendo a los niños más proclives a tratar de pezcar elogios en el futuro.
Una vez que usted empieza a elogiarlo por lo que es – y lo que hace – estas pequeñas y constantes explosiones de evaluación de los adultos comienzan a producir los mismos efectos que unas uñas rasgadas lentamente sobre un pizarrón. Usted comienza a alentar a un niño a dar a sus maestros y padres un bocado de su propia melaza, volteándose a responderlos diciendo (en el mismo tono de voz dulzón), “¡Muy buen elogio!”
Sin embargo, no es un hábito fácil de romper. Dejar de elogiar, al menos al principio, puede parecer extraño,. Se puede sentir como si estuviese siendo frío o guardándose algo. Pero eso, (y pronto se vuelve evidente) sugiere que nosotros elogiamos más porque necesitamos decirlo que porque nuestros niños necesitan oírlo. Siendo esto así, es tiempo de reconsiderar lo que estamos haciendo.
Lo que los niños necesitan es apoyo incondicional, amor sin compromisos. Eso no solo que es diferente a un elogio – es lo opuesto al elogio. “¡Muy bien!” es condicional. Significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por saltar a través de nuestro aro, es decir, por hacer algo que nos place a nosotros.
Este punto, usted lo notará, es muy diferente a una crítica que mucha gente ofrece al hecho de dar a los niños mucha aprobación, o dársela muy fácil. Ellos recomiendan que nos hagamos más tacaños con nuestros elogios y demandemos que los niños “los ganen”. Pero el problema real no es que los niños de esta época esperen ser elogiados por todo lo que hacen. Lo que sucede es que nosotros estamos tentados a tomar atajos, a manipular a los niños con recompensas en lugar de explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias y los buenos valores.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Eso depende de la solución, pero cualquier cosa que decidamos decir tiene que ser en el contexto del afecto genuino y amor por lo que los niños son en vez de por lo que han hecho. Cuando está presente el apoyo incondicional, un “¡Muy bien!” no es necesario; cuando no está presente, un “¡Muy bien!” no ayudará.
Si estamos elogiando acciones positivas como una forma de desalentar un mal comportamiento, esto tiene poca probabilidad de ser efectivo por mucho tiempo. Incluso cuando esto funciona, no podemos afirmar que el niño ahora “se esté comportando”; sería más preciso decir que los elogios lo hacen comportarse. La alternativa es trabajar con el niño, para descubrir las razones por las que él está actuando de esa manera. Podríamos tener que reconsiderar nuestros propios requerimientos en vez de simplemente buscar una forma de que los niños obedezcan. (En lugar de usar “¡Muy bien!” para hacer que un niño de cuatro años se siente callado durante una larga clase o cena familiar, tal vez deberíamos preguntarnos si es razonable esperar que un niño haga esto).
También debemos encaminar a los niños hacia el proceso de tomar sus propias decisiones. Si un niño está haciendo algo que molesta a otros, entonces sentarse posteriormente con él y preguntarle, “¿Qué piensas que podemos hacer para solucionar este problema?” podría ser más efectivo que chantajes o amenazas. Esto también ayuda al niño a aprender cómo resolver problemas y le enseña que sus ideas y sentimientos son importantes. Por supuesto, este proceso toma tiempo y talento, cuidado y coraje. Lanzar un “¡Muy bien!” cuando el niño actúa en una forma que nosotros estimamos apropiada no toma ninguna de estas cosas, lo que explica por qué las estrategias de “hacer algo a” son más populares que las estrategias de “trabajar con”.
¿Y qué podemos decir cuando los niños hacen algo impresionante? Considere estas tres posibles respuestas:
* No diga nada. Algunas personas insisten en que un acto servicial debe ser “reforzado” porque, secreta o inconscientemente, ellos piensan que fue una casualidad. Si los niños son básicamente malos, entonces se les debe dar una razón artificial para ser buenos (a saber, recibir una recompensa verbal). Pero si este cinismo es infundado-y muchas investigaciones sugieren que lo es-entonces los elogios no serían necesarios.
* Diga lo que vio. Un enunciado simple, sin evaluación (“Te pusiste los zapatos por ti mismo” o incluso solamente “Lo hiciste”) dice a su hijo que usted se dio cuenta. También le permite a él sentirse orgulloso de lo que hizo. En otros casos, puede tener sentido hacer una descripción más elaborada. Si su hijo hace un dibujo, usted podría ofrecer unas observaciones –no un juicio-sobre lo que usted ve: “¡La montaña es inmensa!” “¡Hijo, de seguro usaste mucho color morado hoy día!”
Si un niño hace algo cariñoso o generoso, usted podría atraer su atención sutilmente hacia el efecto de esta acción en la otra persona: “¡Mira la cara de Abigail! Ella parece muy feliz ahora que le diste un poco de tu comida”. Esto es completamente diferente a un elogio, en el que el énfasis está en cómo usted se siente acerca de la acción hecha por su hijo.
* Hable menos, pregunte más. Incluso mejores que las descripciones son las preguntas. Por qué decirle a él qué parte de su dibujo le impresionó a usted cuando puede preguntarle qué es lo que a él le gusta más de su dibujo? El preguntar “Cual fue la parte más difícil de dibujar?” o “¿Cómo hiciste para hacer el pie del tamaño correcto?” es probable que alimente su interés por el dibujo. Decir “¡Muy bien!”, como lo hemos visto, puede tener exactamente el efecto contrario.
Esto no significa que todos los cumplidos, todos los agradecimientos, todas las expresiones de gusto sean dañinas. Debemos considerar los motivos por los que los decimos (una expresión genuina de entusiasmo es mejor que un deseo de manipular el futuro comportamiento del niño) así como los efectos verdaderos de decirlos. ¿Están nuestras reacciones ayudando al niño a percibir un sentido de control sobre su vida—o de buscar constantemente nuestra aprobación? Están estas expresiones ayudándolo a volverse más entusiasta en lo que está haciendo por derecho propio, o convirtiendo en algo que él solo quiere hacer para recibir una palmada en la espalda.
No es cuestión de memorizar un nuevo guión, si no de tener presentes nuestros objetivos a largo plazo para nuestros hijos y estar alerta sobre los efectos de lo que decimos. La mala noticia es que el uso de refuerzos positivos no es realmente algo positivo. La buena noticia es que usted no tiene que evaluar para poder motivar.
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Traducido por www.FamiliaLibre.com (Mónica Salazar), con autorización expresa del autor.
Copyright © 2001, 2007 por Alfie Kohn. Este artículo puede ser bajado de Internet, reproducido, y distribuido sin permiso siempre y cuando cada copia incluya este anuncio juntamente con la información de las citas (i.e., nombre del periódico en el que apareció originalmente, fecha de publicación, y nombre del autor). Se debe pedir permiso para reimprimir este artículo en un trabajo publicado o para ofrecerlo de venta en cualquier otra forma. Por favor escriba en Inglés a: http://www.alfiekohn.org/contactus.htm
Salga a un sitio de juegos, visite una escuela o aparézcase en la fiesta de cumpleaños de un niño, y hay una frase que de seguro va a escuchar: “¡Muy bien!”. Incluso los bebés pequeños son elogiados por juntar sus manos (“Bonito aplauso!). A algunos de nosotros se nos escapan estos juicios sobre nuestros niños al punto de que casi se convierte en un tic verbal.
Muchos libros y artículos advierten en contra de recurrir al castigo, desde pegar hasta el aislamiento forzado (“tiempo fuera”). Ocasionalmente alguien incluso nos pedirá que reconsideremos la práctica de sobornar a los niños con stickers o comida. Pero usted tendrá que buscar arduamente para encontrar una palabra que desaliente lo que es eufemísticamente llamado refuerzo positivo.
Para que no haya ningún malentendido, el punto aquí no es cuestionar la importancia de apoyar e incentivar a los niños, la necesidad de amarlos y abrazarlos y ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos. Los elogios, sin embargo, son una historia completamente diferente. Aquí explico por qué.
1. Manipulando a los niños. Suponga que usted ofrece una recompensa verbal para reforzar el comportamiento de un niño de dos años que come sin regar, o de un niño de cinco años que limpia sus materiales de arte. ¿Quién se beneficia de esto? ¿Es posible que el decir a los niños que han hecho un buen trabajo tenga menos que ver con sus necesidades emocionales que con nuestra propia conveniencia?
Rheta DeVries, profesora de educación en la Universidad del Norte de Iowa, se refiere a esto como “control con cubierta de azúcar”. Muy parecido a las recompensas tangibles – o, para el propósito, castigos – es una forma de hacer algo a los niños para conseguir que ellos cumplan con nuestros deseos. Puede ser efectivo en producir estos resultados (al menos por un tiempo), pero es muy diferente a trabajar con los niños – por ejemplo, entablar una conversación con ellos a cerca de qué es lo que hace a una clase (o a una familia) funcionar sin problemas, o cómo otras personas son afectadas por lo que hemos hecho – o dejado de hacer. Este último enfoque no solo que es más respetuoso si no que no es efectivo para ayudar a los niños a convertirse en personas reflexivas.
La razón por la cual los elogios pueden funcionar a corto plazo es que los niños pequeños están hambrientos de aprobación. Pero nosotros tenemos la responsabilidad de no aprovecharnos de esta dependencia para nuestra propia conveniencia. Un “¡Muy bien!” para reforzar algo que hace nuestras vidas un poco más fáciles puede ser un ejemplo de tomar ventaja de la dependencia de los niños. Los niños también pueden empezar a sentirse manipulados por esto, incluso si ellos no pueden explicar a ciencia cierta por qué.
2. Creando adictos a los elogios. De seguro, no todo uso de elogios es una táctica calculada para controlar el comportamiento de los niños. Algunas veces felicitamos a los niños solamente porque estamos genuinamente complacidos por lo que han hecho. Sin embargo, incluso en esos casos, vale la pena poner más atención. En lugar de aumentar la auto estima de un niño, los elogiados pueden incrementar su dependencia hacia nosotros. Mientras más decimos “Me gusta la forma en que tú....” o “Muy bien hecho...”, incrementa la dependencia de los niños hacia nuestras evaluaciones, nuestras decisiones acerca de lo que está bien y mal, en lugar de aprender de sus propios juicios. Esto los lleva a medir su valor en términos de lo que a nosotros nos hará sonreír y darles un poco más de aprobación.
Mary Budd Rowe, una investigadora de la Universidad de Florida, descubrió que los estudiantes que eran elogiados profusamente por sus profesores eran más indecisos en sus respuestas, más proclives a responder en un tono de voz de pregunta (“mm, ¿siete?”). Tendían a retractarse de una idea propuesta por ellos tan pronto como un adulto mostraba su desacuerdo. Además, tenían menos tendencia a perseverar en tareas difíciles o compartir sus ideas con otros estudiantes.
En resumen, “Buen trabajo!” no les da seguridad a los niños; en última instancia, los hace sentirse menos seguros. Este tipo de frases puede incluso crear un círculo vicioso en el que mientras más recurrimos a los elogios, más parecen los niños necesitarla, por lo que los elogiamos aún un poco más. Penosamente, algunos de estos niños se convertirán en adultos que continúan necesitando a alguien que les dé una palmada en la espalda y les diga si lo que hicieron estuvo bien. De seguro, esto no es lo que queremos para nuestros hijos e hijas.
3. Robando el placer de un niño. Aparte del problema de dependencia, un niño merece disfrutar de sus logros, sentirse orgulloso de lo que ha aprendido a hacer. También merece decidir cuándo sentirse de tal o cual forma. Pero, cada vez que decimos, “¡Muy bien!”, le estamos diciendo al niño cómo sentirse.
De seguro, hay momentos en los que nuestras evaluaciones son apropiadas y nuestra guía es necesaria – especialmente con niños que ya caminan y de edad pre-escolar. Pero una corriente constante de juicios de valor no es ni necesaria ni útil para el desarrollo de los niños. Desafortunadamente, seguramente no nos hemos dado cuenta de que “¡Muy bien!” es una evaluación tanto como lo es “¡Mal hecho!” La característica más notable de un juicio positivo no es que este sea positivo, si no que es un juicio. Y a la gente, incluyendo a los niños, no les gusta ser juzgados.
Yo disfruto y guardo las ocasiones en las que mi hija logra hacer algo por primera vez, o hace algo mejor de lo que lo había hecho hasta ahora. Pero trato de resistir al reflejo de decir “¡Muy bien!” porque no quiero diluir su alegría. Quiero que ella comparta su placer con migo, no que me mire buscando un veredicto. Quiero que ella exclame, “¡Lo hice!” (lo que ocurre regularmente) en lugar de preguntarme con incertidumbre, “¿Estuvo bien?”
4. Perdiendo el interés. "¡Muy bonita pintura!” puede hacer que los niños sigan pintando por el tiempo que nos mantengamos mirando y elogiándolos. Pero, advierte Lilian Katz, una de las principales autoridades nacionales de educación en la temprana infancia, “una vez que se quita la atención, muchos niños no volverán a esa actividad nuevamente.” Efectivamente, una cantidad impresionante de investigaciones científicas han mostrado que mientras más recompensamos a la gente por hacer algo, más tiende a perder el interés por cualquier cosa que deban hacer para obtener recompensas. Ahora el punto no es dibujar, leer, pensar, crear – el punto es tener el regalo, sea este un helado, un sticker o un “¡Muy bien!”.
En un estudio de problemas conducido por Joan Grusec de la Universidad de Toronto, los niños pequeños que fueron elogiados frecuentemente por muestras de generosidad, tendían a ser un poco menos generosos en el día a día, de lo que eran los otros niños. Cada vez que ellos han oído “¡Muy bien por compartir!” o “Estoy muy orgulloso de ti por ayudar”, ellos perdían el interés por compartir o ayudar. Estas acciones vinieron a verse no como algo valioso en su propio sentido de lo justo, si no como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte en el medio para un fin.
Motivan los elogios a los niños? Por supuesto. Los motivan a obtener elogios. Desgraciadamente, esto sucede frecuentemente a expensas del compromiso hacia cualquier cosa que ellos estaban haciendo y que provocó un elogio.
5. Disminuyendo el Desempeño. Como si no fuera suficientemente malo que un “¡Muy bien!” pueda menoscabar la independencia, el placer y el interés, puede también interferir con cuán bien los niños hacen una tarea. Los investigadores continúan hallando que los niños que son elogiados por hacer bien un trabajo creativo tienden a tropezar en la siguiente tarea- y no les va tan bien como a los niños que no fueron elogiados al principio.
¿Por qué sucede esto? En parte porque los elogios crean una presión de “continuar el buen trabajo”, llegando a interponerse en el camino de lograrlo. En parte porque su interés en lo que hacen puede disminuir. En parte porque ellos se vuelven menos propensos a tomar riesgos – un prerrequisito para la creatividad- una vez que comienzan a pensar sobre cómo hacer que esos comentarios positivos continúen viniendo.
En forma general, “¡Muy bien!” es un vestigio de un enfoque que reduce toda la vida humana a comportamientos que pueden ser vistos y medidos. Desafortunadamente, esta ignora los pensamientos, sentimientos y valores que yacen detrás de los comportamientos. Por ejemplo, un niño puede compartir un refrigerio con un amigo como una forma de atraer un elogio, o como una forma de asegurarse de que otro niño tenga suficiente para comer. Los elogios por compartir ignoran estos diferentes motivos. Peor aún, estos de hecho promueven el motivo menos deseable, haciendo a los niños más proclives a tratar de pezcar elogios en el futuro.
Una vez que usted empieza a elogiarlo por lo que es – y lo que hace – estas pequeñas y constantes explosiones de evaluación de los adultos comienzan a producir los mismos efectos que unas uñas rasgadas lentamente sobre un pizarrón. Usted comienza a alentar a un niño a dar a sus maestros y padres un bocado de su propia melaza, volteándose a responderlos diciendo (en el mismo tono de voz dulzón), “¡Muy buen elogio!”
Sin embargo, no es un hábito fácil de romper. Dejar de elogiar, al menos al principio, puede parecer extraño,. Se puede sentir como si estuviese siendo frío o guardándose algo. Pero eso, (y pronto se vuelve evidente) sugiere que nosotros elogiamos más porque necesitamos decirlo que porque nuestros niños necesitan oírlo. Siendo esto así, es tiempo de reconsiderar lo que estamos haciendo.
Lo que los niños necesitan es apoyo incondicional, amor sin compromisos. Eso no solo que es diferente a un elogio – es lo opuesto al elogio. “¡Muy bien!” es condicional. Significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por saltar a través de nuestro aro, es decir, por hacer algo que nos place a nosotros.
Este punto, usted lo notará, es muy diferente a una crítica que mucha gente ofrece al hecho de dar a los niños mucha aprobación, o dársela muy fácil. Ellos recomiendan que nos hagamos más tacaños con nuestros elogios y demandemos que los niños “los ganen”. Pero el problema real no es que los niños de esta época esperen ser elogiados por todo lo que hacen. Lo que sucede es que nosotros estamos tentados a tomar atajos, a manipular a los niños con recompensas en lugar de explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias y los buenos valores.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Eso depende de la solución, pero cualquier cosa que decidamos decir tiene que ser en el contexto del afecto genuino y amor por lo que los niños son en vez de por lo que han hecho. Cuando está presente el apoyo incondicional, un “¡Muy bien!” no es necesario; cuando no está presente, un “¡Muy bien!” no ayudará.
Si estamos elogiando acciones positivas como una forma de desalentar un mal comportamiento, esto tiene poca probabilidad de ser efectivo por mucho tiempo. Incluso cuando esto funciona, no podemos afirmar que el niño ahora “se esté comportando”; sería más preciso decir que los elogios lo hacen comportarse. La alternativa es trabajar con el niño, para descubrir las razones por las que él está actuando de esa manera. Podríamos tener que reconsiderar nuestros propios requerimientos en vez de simplemente buscar una forma de que los niños obedezcan. (En lugar de usar “¡Muy bien!” para hacer que un niño de cuatro años se siente callado durante una larga clase o cena familiar, tal vez deberíamos preguntarnos si es razonable esperar que un niño haga esto).
También debemos encaminar a los niños hacia el proceso de tomar sus propias decisiones. Si un niño está haciendo algo que molesta a otros, entonces sentarse posteriormente con él y preguntarle, “¿Qué piensas que podemos hacer para solucionar este problema?” podría ser más efectivo que chantajes o amenazas. Esto también ayuda al niño a aprender cómo resolver problemas y le enseña que sus ideas y sentimientos son importantes. Por supuesto, este proceso toma tiempo y talento, cuidado y coraje. Lanzar un “¡Muy bien!” cuando el niño actúa en una forma que nosotros estimamos apropiada no toma ninguna de estas cosas, lo que explica por qué las estrategias de “hacer algo a” son más populares que las estrategias de “trabajar con”.
¿Y qué podemos decir cuando los niños hacen algo impresionante? Considere estas tres posibles respuestas:
* No diga nada. Algunas personas insisten en que un acto servicial debe ser “reforzado” porque, secreta o inconscientemente, ellos piensan que fue una casualidad. Si los niños son básicamente malos, entonces se les debe dar una razón artificial para ser buenos (a saber, recibir una recompensa verbal). Pero si este cinismo es infundado-y muchas investigaciones sugieren que lo es-entonces los elogios no serían necesarios.
* Diga lo que vio. Un enunciado simple, sin evaluación (“Te pusiste los zapatos por ti mismo” o incluso solamente “Lo hiciste”) dice a su hijo que usted se dio cuenta. También le permite a él sentirse orgulloso de lo que hizo. En otros casos, puede tener sentido hacer una descripción más elaborada. Si su hijo hace un dibujo, usted podría ofrecer unas observaciones –no un juicio-sobre lo que usted ve: “¡La montaña es inmensa!” “¡Hijo, de seguro usaste mucho color morado hoy día!”
Si un niño hace algo cariñoso o generoso, usted podría atraer su atención sutilmente hacia el efecto de esta acción en la otra persona: “¡Mira la cara de Abigail! Ella parece muy feliz ahora que le diste un poco de tu comida”. Esto es completamente diferente a un elogio, en el que el énfasis está en cómo usted se siente acerca de la acción hecha por su hijo.
* Hable menos, pregunte más. Incluso mejores que las descripciones son las preguntas. Por qué decirle a él qué parte de su dibujo le impresionó a usted cuando puede preguntarle qué es lo que a él le gusta más de su dibujo? El preguntar “Cual fue la parte más difícil de dibujar?” o “¿Cómo hiciste para hacer el pie del tamaño correcto?” es probable que alimente su interés por el dibujo. Decir “¡Muy bien!”, como lo hemos visto, puede tener exactamente el efecto contrario.
Esto no significa que todos los cumplidos, todos los agradecimientos, todas las expresiones de gusto sean dañinas. Debemos considerar los motivos por los que los decimos (una expresión genuina de entusiasmo es mejor que un deseo de manipular el futuro comportamiento del niño) así como los efectos verdaderos de decirlos. ¿Están nuestras reacciones ayudando al niño a percibir un sentido de control sobre su vida—o de buscar constantemente nuestra aprobación? Están estas expresiones ayudándolo a volverse más entusiasta en lo que está haciendo por derecho propio, o convirtiendo en algo que él solo quiere hacer para recibir una palmada en la espalda.
No es cuestión de memorizar un nuevo guión, si no de tener presentes nuestros objetivos a largo plazo para nuestros hijos y estar alerta sobre los efectos de lo que decimos. La mala noticia es que el uso de refuerzos positivos no es realmente algo positivo. La buena noticia es que usted no tiene que evaluar para poder motivar.
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Traducido por www.FamiliaLibre.com (Mónica Salazar), con autorización expresa del autor.
Copyright © 2001, 2007 por Alfie Kohn. Este artículo puede ser bajado de Internet, reproducido, y distribuido sin permiso siempre y cuando cada copia incluya este anuncio juntamente con la información de las citas (i.e., nombre del periódico en el que apareció originalmente, fecha de publicación, y nombre del autor). Se debe pedir permiso para reimprimir este artículo en un trabajo publicado o para ofrecerlo de venta en cualquier otra forma. Por favor escriba en Inglés a: http://www.alfiekohn.org/contactus.htm
El Riesgo de las recompensas
por Alfie Kohn
Muchos educadores están acertadamente concientes de que los castigos y amenazas son contraproducentes. Haciendo sufrir a los niños para alterar su comportamiento futuro se puede muchas veces obtener complicidad temporal, pero esta estrategia no los ayuda a convertirse en personas que tomen sus decisiones en forma ética y compasiva. El castigo, incluso referido eufemísticamente como consecuencias, tiende a generar ira, desafío, y deseo de venganza. Más aún, proporciona un modelo del uso del poder en lugar de la razón y rompe la importante relación entre el adulto y el niño.
Del grupo de maestros y padres que hacen un compromiso de no castigar a los niños, una proporción significante se inclina por el uso de recompensas. La manera en que las recompensas son usadas, al igual que los valores que son considerados importantes, difieren entre (y dentro de) cada cultura. Sin embargo, este artículo tiene que ver con las típicas prácticas de las aulas de clase en los Estados Unidos, donde los stickers, estrellas, As y halagos, premios y privilegios, son usados rutinariamente para inducir a los niños a aprender o a cumplir con las demandas de un adulto (Fantuzzo et al., 1991). Al igual que con los castigos, el ofrecimiento de recompensas puede causar complicidad temporal en muchos casos. Desafortunadamente, las zanahorias no son más efectivas que los palos para en ayudar a los niños a convertirse en personas cuidadosas, responsables o personas que aprendan por sí mismas por el resto de su vida.
RECOMPENSAS VS. BUENOS VALORES
A lo largo de los años, los estudios han hallado que los programas de modificación del comportamiento son raramente exitosos en producir cambios duraderos en actitudes o incluso en el comportamiento. Cuando las recompensas paran, la gente generalmente regresa a la manera en que actuaba antes de que el programa empezara. Aún más perturbante, los investigadores han descubierto recientemente que los niños cuyos padres hacen uso frecuente de recompensas tienden a ser menos generosos que sus compañeros. (Fabes et al., 1989; Grusec, 1991; Kohn 1990).
Efectivamente, las motivaciones extrínsecas no alteran los compromisos emocionales o cognitivos que están detrás del comportamiento 紡l menos no en la dirección deseable. A un niño al que se le ha prometido algo a cambio de aprender o de actuar responsablemente, se le han dado todas las razones para dejar de hacer esto cuando ya no exista una recompensa a obtener.
Las investigaciones y la lógica sugieren que el castigo y las recompensas no son realmente opuestos, si no dos caras de la misma moneda. Ambas estrategias se convierten en formas de tratar de manipular el comportamiento de alguien. En el primer caso, se provoca la pregunta, ¿Qué es lo que ellos quieren que yo haga, y qué me pasará si no lo hago?, y en el otro caso, llevando al niño a preguntar, Qué es lo que ellos quieren que haga y qué recibiré por hacerlo? Ninguna de estas estrategias ayuda a los niños a tratar de resolver la pregunta, Qué tipo de persona quiero ser?.
RECOMPENSAS VS. LOGROS
Las recompensas no son más útiles para incentivar los logros de lo que lo son para promover buenos valores. Al menos dos docenas de estudios han mostrado que la gente que espera recibir una recompensa por completar una tarea (o hacerla con éxito) simplemente no la hace tan bien como quienes no esperan nada (Kohn, 1993). Este efecto es fuerte en los niños pequeños, niños más grandes y adultos; para hombres y mujeres; para recompensas de todos los tipos; y para tareas que van desde la memorización de hechos hasta diseñar collages o resolver problemas. En general, mientras más pensamiento con sofisticación cognitiva y final abierto se requiera para hacer una tarea, peor tiende a actuar la gente, cuando han sido llevados a realizar la tarea a cambio de una recompensa.
Existen varias explicaciones plausibles para este hallazgo enigmático pero remarcablemente consistente. La más convincente de estas es que las recompensas producen la pérdida de interés de la gente en cualquier cosa por la que sean recompensados por hacer. Este fenómeno, que ha sido demostrado en los resultados de estudios (Kohn, 1993), tiene sentido, ya que la “motivación” no es una característica singular que un individuo posea en mayor o menor grado. Por el contrario, la motivación intrínseca (un interés en la tarea por su propia satisfacción) es cualitativamente diferente de la motivación extrínseca (en la cual el cumplimiento de la tarea es visto sobre todo como un pre-requisito para obtener algo más) (Deci & Ryan, 1985). Por lo tanto, la pregunta que los educadores necesitan hacerse no es cuán motivados están sus estudiantes, si no cómo sus estudiantes están motivados.
En un estudio representativo, se presentó a niños pequeños una bebida no conocida llamada Kefir. A algunos solamente se les pidió que la bebieran; a otros se les halagó excesivamente por hacerlo; a un tercer grupo se les prometió regalos si bebían suficiente. Aquellos niños que recibieron ya sea la recompensa verbal o tangible consumieron más bebida que los otros niños, como se puede predecir. Pero una semana más tarde, estos niños la hallaron significativamente menos gustosa que anteriormente, mientras que los niños a los que no se les ofreció recompensa gustaron de ella tanto, si no más, de lo que lo hicieron anteriormente. (Birch et al., 1984). Si sustituimos beber Kefir por leer o hacer matemáticas, o actuar generosamente, empezamos a vislumbrar el poder destructivo de las recompensas. Los datos sugieren que mientras más queremos que los niños quieran hacer algo, más contraproducente será recompensarlos por hacerlo.
Deci y Ryan (1985) describen el uso de recompensas como control a través de la seducción. Control, ya sea mediante amenazas o sobornos, conducen a hacer las cosas a los niños en lugar de trabajar con ellos. Esto al final debilita las relaciones, tanto entre estudiantes (llevando a reducir el interés por trabajar con los compañeros) y entre estudiantes y adultos (en la medida en que pedir ayuda puede reducir las probabilidades de recibir una recompensa).
Más aún, los estudiantes a los que se les incentiva a pensar en notas, stickers, u otros regalos, se vuelven menos inclinados a explorar ideas, pensar en forma creativa, y tomar riesgos. Por lo menos diez estudios han mostrado que las personas a quienes se les ha ofrecido una recompensa generalmente escogen la tarea más fácil (Kohn, 1993). En la ausencia de recompensas, por el contrario, los niños están inclinados a escoger las tareas que están justo dentro de su nivel de habilidad.
IMPLICACIONES PRÁCTICAS DEL FRACASO DE LAS RECOMPENSAS
Las implicaciones de este análisis y estos datos son preocupantes. Si la pregunta es ¿Motivan las recompensas a los estudiantes?, la respuesta es, Absolutamente: estas motivan a los estudiantes a obtener recompensas. Desafortunadamente, ese tipo de motivación generalmente surge a expensas del interés y excelencia en cualquier cosa que estén haciendo. Lo que se necesita, entonces, es nada menos que una transformación de nuestras escuelas.
En primer lugar, el manejo de los programas de clase basados en recompensas y consecuencias deben ser evitados por cualquier educador que quiera que sus estudiantes tomen responsabilidad por sus propio comportamiento (y de los otros)- y por cualquier educador que coloque la internalización de valores positivos por encima de la obediencia ciega. La alternativa a los sobornos y amenazas es trabajar para crear una comunidad solidaria, cuyos miembros resuelvan sus problemas colaborando y decidiendo juntos sobre cómo quieren que sea su clase (DeVries & Zan, 1994; Solomon et al., 1992).
En segundo lugar, se ha visto que particularmente las notas tienen un efecto perjudicial en el pensamiento creativo, retención a largo plazo, interés en aprender, y preferencia por tareas desafiantes. (Butler & Nisan, 1986; Grolnick & Ryan, 1987). Estos efectos perjudiciales no son el resultado de muchas malas calificaciones, ni muchas buenas calificaciones, o de la fórmula equivocada para calcular las notas. Por el contrario, son el resultado de la práctica de evaluar en sí misma, y la orientación extrínseca que esta promueve. El uso de recompensas o consecuencias por parte de los padres para inducir a los niños a desempeñarse bien en la escuela tiene un efecto similarmente negativo sobre el gusto de aprender y, finalmente, en el desempeño (Gottfried et al., 1994). El evitar estos efectos requiere de prácticas de evaluación orientadas a ayudar a los estudiantes a experimentar el éxito y el fracaso no como una recompensa o castigo, si no como información.
Finalmente, esta distinción entre recompensa e información podría ser aplicada también a la retroalimentación positiva. Aunque puede ser de utilidad escuchar sobre el éxito de uno mismo, y muy deseable el recibir soporte y ánimos por parte de los adultos, la mayor parte de halagos es equivalente a una recompensa verbal. En lugar de ayudar a los niños a desarrollar su propio criterio para el aprendizaje efectivo o comportamiento deseado, los halagos pueden crear una dependencia creciente a asegurar la aprobación de alguien más. En lugar de ofrecer apoyo incondicional, los halagos hacen que la respuesta positiva esté condicionada a hacer lo que el adulto demanda. En vez de aumentar el interés por una actividad, el aprendizaje es devaluado en la medida en que viene a ser visto como un pre-requisito para recibir la aprobación del profesor (Kohn, 1993).
CONCLUSIÓN
En breve, los buenos valores tienen que ser cultivados desde adentro. Los intentos de acortar el camino en este proceso, colgar recompensas frente a los niños es en el mejor de los casos ineficaz, y en el peor, contraproducente. Los niños tienden a volverse estudiantes entusiastas y con gusto por el aprendizaje por el resto de su vida, como resultado de haber sido provistos de un currículo atractivo, una comunidad segura y solidaria, en donde descubrir y crear, y un grado significativo de elección sobre qué (y cómo y por qué) ellos están aprendiendo. Las recompensas ・como los castigos- son innecesarias cuando estas cosas están presentes, y son por último destructivos en cualquier caso.
PARA MÁS INFORMACIÓN
Birch, L.L., D.W. Marlin, and J. Rotter. (1984). Eating as the 'Means' Activity in a Contingency: Effects on Young Children's Food Preference. CHILD DEVELOPMENT 55(2, Apr): 431-439. EJ 303 231.
Butler, R., and M. Nisan. (1986). Effects of No Feedback, Task-Related Comments, and Grades on Intrinsic Motivation and Performance. JOURNAL OF EDUCATIONAL PSYCHOLOGY 78(3, June): 210-216. EJ 336 917.
Deci, E. L., and R. M. Ryan. (1985). INTRINSIC MOTIVATION AND SELF-DETERMINATION IN HUMAN BEHAVIOR. New York: Plenum.
DeVries, R., and B. Zan. (1994). MORAL CLASSROOMS, MORAL CHILDREN: CREATING A CONSTRUCTIVIST ATMOSPHERE IN EARLY EDUCATION. New York: Teachers College Press.
Fabes, R.A., J. Fultz, N. Eisenberg, T. May-Plumlee, and F.S. Christopher. (1989). Effects of Rewards on Children's Prosocial Motivation: A Socialization Study. DEVELOPMENTAL PSYCHOLOGY 25(4, Jul): 509-515. EJ 396 958.
Fantuzzo, J.W., C.A. Rohrbeck, A.D. Hightower, and W.C. Work. (1991). Teachers' Use and Children's Preferences of Rewards in Elementary School. PSYCHOLOGY IN THE SCHOOLS 28(2, Apr): 175-181. EJ 430 936.
Gottfried, A.E., J.S. Fleming, and A.W. Gottfried. (1994). Role of Parental Motivational Practices in Children's Academic Intrinsic Motivation and Achievement. JOURNAL OF EDUCATIONAL PSYCHOLOGY 86(1): 104-113.
Grolnick, W.S., and R.M. Ryan. (1987). Autonomy in Children's Learning: An Experimental and Individual Difference Investigation. JOURNAL OF PERSONALITY AND SOCIAL PSYCHOLOGY 52: 890-898.
Grusec, J.E. (1991). Socializing Concern for Others in the Home. DEVELOPMENTAL PSYCHOLOGY 27(2, Mar): 338-342. EJ 431 672.
Kohn, A. (1990). THE BRIGHTER SIDE OF HUMAN NATURE: ALTRUISM AND EMPATHY IN EVERYDAY LIFE. New York: Basic Books.
Kohn, A. (1993). PUNISHED BY REWARDS: THE TROUBLE WITH GOLD STARS, INCENTIVE PLANS, A'S, PRAISE, AND OTHER BRIBES. Boston: Houghton Mifflin.
Solomon, D., M. Watson, V. Battistich, E. Schaps, and K. Delucchi. (1992). Creating a Caring Community: Educational Practices That Promote Children's Prosocial Development. In F.K. Oser, A. Dick, and J.L. Patry (Eds.), EFFECTIVE AND RESPONSIBLE TEACHING: THE NEW SYNTHESIS. San Francisco: Jossey-Bass.
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Traducido por www.familialibre.com/ (Mónica Salazar) con autorización expresa del autor.
Copyright © 1994 por Alfie Kohn. Este artículo puede ser bajado de Internet, reproducido, y distribuido sin permiso siempre y cuando cada copia incluya este anuncio juntamente con la información de las citas (i.e., nombre del periódico en el que apareció originalmente, fecha de publicación, y nombre del autor). Se debe pedir permiso para reimprimir este artículo en un trabajo publicado o para ofrecerlo de venta en cualquier otra forma. Por favor escriba en Inglés a: http://www.alfiekohn.org/contactus.htm
Muchos educadores están acertadamente concientes de que los castigos y amenazas son contraproducentes. Haciendo sufrir a los niños para alterar su comportamiento futuro se puede muchas veces obtener complicidad temporal, pero esta estrategia no los ayuda a convertirse en personas que tomen sus decisiones en forma ética y compasiva. El castigo, incluso referido eufemísticamente como consecuencias, tiende a generar ira, desafío, y deseo de venganza. Más aún, proporciona un modelo del uso del poder en lugar de la razón y rompe la importante relación entre el adulto y el niño.
Del grupo de maestros y padres que hacen un compromiso de no castigar a los niños, una proporción significante se inclina por el uso de recompensas. La manera en que las recompensas son usadas, al igual que los valores que son considerados importantes, difieren entre (y dentro de) cada cultura. Sin embargo, este artículo tiene que ver con las típicas prácticas de las aulas de clase en los Estados Unidos, donde los stickers, estrellas, As y halagos, premios y privilegios, son usados rutinariamente para inducir a los niños a aprender o a cumplir con las demandas de un adulto (Fantuzzo et al., 1991). Al igual que con los castigos, el ofrecimiento de recompensas puede causar complicidad temporal en muchos casos. Desafortunadamente, las zanahorias no son más efectivas que los palos para en ayudar a los niños a convertirse en personas cuidadosas, responsables o personas que aprendan por sí mismas por el resto de su vida.
RECOMPENSAS VS. BUENOS VALORES
A lo largo de los años, los estudios han hallado que los programas de modificación del comportamiento son raramente exitosos en producir cambios duraderos en actitudes o incluso en el comportamiento. Cuando las recompensas paran, la gente generalmente regresa a la manera en que actuaba antes de que el programa empezara. Aún más perturbante, los investigadores han descubierto recientemente que los niños cuyos padres hacen uso frecuente de recompensas tienden a ser menos generosos que sus compañeros. (Fabes et al., 1989; Grusec, 1991; Kohn 1990).
Efectivamente, las motivaciones extrínsecas no alteran los compromisos emocionales o cognitivos que están detrás del comportamiento 紡l menos no en la dirección deseable. A un niño al que se le ha prometido algo a cambio de aprender o de actuar responsablemente, se le han dado todas las razones para dejar de hacer esto cuando ya no exista una recompensa a obtener.
Las investigaciones y la lógica sugieren que el castigo y las recompensas no son realmente opuestos, si no dos caras de la misma moneda. Ambas estrategias se convierten en formas de tratar de manipular el comportamiento de alguien. En el primer caso, se provoca la pregunta, ¿Qué es lo que ellos quieren que yo haga, y qué me pasará si no lo hago?, y en el otro caso, llevando al niño a preguntar, Qué es lo que ellos quieren que haga y qué recibiré por hacerlo? Ninguna de estas estrategias ayuda a los niños a tratar de resolver la pregunta, Qué tipo de persona quiero ser?.
RECOMPENSAS VS. LOGROS
Las recompensas no son más útiles para incentivar los logros de lo que lo son para promover buenos valores. Al menos dos docenas de estudios han mostrado que la gente que espera recibir una recompensa por completar una tarea (o hacerla con éxito) simplemente no la hace tan bien como quienes no esperan nada (Kohn, 1993). Este efecto es fuerte en los niños pequeños, niños más grandes y adultos; para hombres y mujeres; para recompensas de todos los tipos; y para tareas que van desde la memorización de hechos hasta diseñar collages o resolver problemas. En general, mientras más pensamiento con sofisticación cognitiva y final abierto se requiera para hacer una tarea, peor tiende a actuar la gente, cuando han sido llevados a realizar la tarea a cambio de una recompensa.
Existen varias explicaciones plausibles para este hallazgo enigmático pero remarcablemente consistente. La más convincente de estas es que las recompensas producen la pérdida de interés de la gente en cualquier cosa por la que sean recompensados por hacer. Este fenómeno, que ha sido demostrado en los resultados de estudios (Kohn, 1993), tiene sentido, ya que la “motivación” no es una característica singular que un individuo posea en mayor o menor grado. Por el contrario, la motivación intrínseca (un interés en la tarea por su propia satisfacción) es cualitativamente diferente de la motivación extrínseca (en la cual el cumplimiento de la tarea es visto sobre todo como un pre-requisito para obtener algo más) (Deci & Ryan, 1985). Por lo tanto, la pregunta que los educadores necesitan hacerse no es cuán motivados están sus estudiantes, si no cómo sus estudiantes están motivados.
En un estudio representativo, se presentó a niños pequeños una bebida no conocida llamada Kefir. A algunos solamente se les pidió que la bebieran; a otros se les halagó excesivamente por hacerlo; a un tercer grupo se les prometió regalos si bebían suficiente. Aquellos niños que recibieron ya sea la recompensa verbal o tangible consumieron más bebida que los otros niños, como se puede predecir. Pero una semana más tarde, estos niños la hallaron significativamente menos gustosa que anteriormente, mientras que los niños a los que no se les ofreció recompensa gustaron de ella tanto, si no más, de lo que lo hicieron anteriormente. (Birch et al., 1984). Si sustituimos beber Kefir por leer o hacer matemáticas, o actuar generosamente, empezamos a vislumbrar el poder destructivo de las recompensas. Los datos sugieren que mientras más queremos que los niños quieran hacer algo, más contraproducente será recompensarlos por hacerlo.
Deci y Ryan (1985) describen el uso de recompensas como control a través de la seducción. Control, ya sea mediante amenazas o sobornos, conducen a hacer las cosas a los niños en lugar de trabajar con ellos. Esto al final debilita las relaciones, tanto entre estudiantes (llevando a reducir el interés por trabajar con los compañeros) y entre estudiantes y adultos (en la medida en que pedir ayuda puede reducir las probabilidades de recibir una recompensa).
Más aún, los estudiantes a los que se les incentiva a pensar en notas, stickers, u otros regalos, se vuelven menos inclinados a explorar ideas, pensar en forma creativa, y tomar riesgos. Por lo menos diez estudios han mostrado que las personas a quienes se les ha ofrecido una recompensa generalmente escogen la tarea más fácil (Kohn, 1993). En la ausencia de recompensas, por el contrario, los niños están inclinados a escoger las tareas que están justo dentro de su nivel de habilidad.
IMPLICACIONES PRÁCTICAS DEL FRACASO DE LAS RECOMPENSAS
Las implicaciones de este análisis y estos datos son preocupantes. Si la pregunta es ¿Motivan las recompensas a los estudiantes?, la respuesta es, Absolutamente: estas motivan a los estudiantes a obtener recompensas. Desafortunadamente, ese tipo de motivación generalmente surge a expensas del interés y excelencia en cualquier cosa que estén haciendo. Lo que se necesita, entonces, es nada menos que una transformación de nuestras escuelas.
En primer lugar, el manejo de los programas de clase basados en recompensas y consecuencias deben ser evitados por cualquier educador que quiera que sus estudiantes tomen responsabilidad por sus propio comportamiento (y de los otros)- y por cualquier educador que coloque la internalización de valores positivos por encima de la obediencia ciega. La alternativa a los sobornos y amenazas es trabajar para crear una comunidad solidaria, cuyos miembros resuelvan sus problemas colaborando y decidiendo juntos sobre cómo quieren que sea su clase (DeVries & Zan, 1994; Solomon et al., 1992).
En segundo lugar, se ha visto que particularmente las notas tienen un efecto perjudicial en el pensamiento creativo, retención a largo plazo, interés en aprender, y preferencia por tareas desafiantes. (Butler & Nisan, 1986; Grolnick & Ryan, 1987). Estos efectos perjudiciales no son el resultado de muchas malas calificaciones, ni muchas buenas calificaciones, o de la fórmula equivocada para calcular las notas. Por el contrario, son el resultado de la práctica de evaluar en sí misma, y la orientación extrínseca que esta promueve. El uso de recompensas o consecuencias por parte de los padres para inducir a los niños a desempeñarse bien en la escuela tiene un efecto similarmente negativo sobre el gusto de aprender y, finalmente, en el desempeño (Gottfried et al., 1994). El evitar estos efectos requiere de prácticas de evaluación orientadas a ayudar a los estudiantes a experimentar el éxito y el fracaso no como una recompensa o castigo, si no como información.
Finalmente, esta distinción entre recompensa e información podría ser aplicada también a la retroalimentación positiva. Aunque puede ser de utilidad escuchar sobre el éxito de uno mismo, y muy deseable el recibir soporte y ánimos por parte de los adultos, la mayor parte de halagos es equivalente a una recompensa verbal. En lugar de ayudar a los niños a desarrollar su propio criterio para el aprendizaje efectivo o comportamiento deseado, los halagos pueden crear una dependencia creciente a asegurar la aprobación de alguien más. En lugar de ofrecer apoyo incondicional, los halagos hacen que la respuesta positiva esté condicionada a hacer lo que el adulto demanda. En vez de aumentar el interés por una actividad, el aprendizaje es devaluado en la medida en que viene a ser visto como un pre-requisito para recibir la aprobación del profesor (Kohn, 1993).
CONCLUSIÓN
En breve, los buenos valores tienen que ser cultivados desde adentro. Los intentos de acortar el camino en este proceso, colgar recompensas frente a los niños es en el mejor de los casos ineficaz, y en el peor, contraproducente. Los niños tienden a volverse estudiantes entusiastas y con gusto por el aprendizaje por el resto de su vida, como resultado de haber sido provistos de un currículo atractivo, una comunidad segura y solidaria, en donde descubrir y crear, y un grado significativo de elección sobre qué (y cómo y por qué) ellos están aprendiendo. Las recompensas ・como los castigos- son innecesarias cuando estas cosas están presentes, y son por último destructivos en cualquier caso.
PARA MÁS INFORMACIÓN
Birch, L.L., D.W. Marlin, and J. Rotter. (1984). Eating as the 'Means' Activity in a Contingency: Effects on Young Children's Food Preference. CHILD DEVELOPMENT 55(2, Apr): 431-439. EJ 303 231.
Butler, R., and M. Nisan. (1986). Effects of No Feedback, Task-Related Comments, and Grades on Intrinsic Motivation and Performance. JOURNAL OF EDUCATIONAL PSYCHOLOGY 78(3, June): 210-216. EJ 336 917.
Deci, E. L., and R. M. Ryan. (1985). INTRINSIC MOTIVATION AND SELF-DETERMINATION IN HUMAN BEHAVIOR. New York: Plenum.
DeVries, R., and B. Zan. (1994). MORAL CLASSROOMS, MORAL CHILDREN: CREATING A CONSTRUCTIVIST ATMOSPHERE IN EARLY EDUCATION. New York: Teachers College Press.
Fabes, R.A., J. Fultz, N. Eisenberg, T. May-Plumlee, and F.S. Christopher. (1989). Effects of Rewards on Children's Prosocial Motivation: A Socialization Study. DEVELOPMENTAL PSYCHOLOGY 25(4, Jul): 509-515. EJ 396 958.
Fantuzzo, J.W., C.A. Rohrbeck, A.D. Hightower, and W.C. Work. (1991). Teachers' Use and Children's Preferences of Rewards in Elementary School. PSYCHOLOGY IN THE SCHOOLS 28(2, Apr): 175-181. EJ 430 936.
Gottfried, A.E., J.S. Fleming, and A.W. Gottfried. (1994). Role of Parental Motivational Practices in Children's Academic Intrinsic Motivation and Achievement. JOURNAL OF EDUCATIONAL PSYCHOLOGY 86(1): 104-113.
Grolnick, W.S., and R.M. Ryan. (1987). Autonomy in Children's Learning: An Experimental and Individual Difference Investigation. JOURNAL OF PERSONALITY AND SOCIAL PSYCHOLOGY 52: 890-898.
Grusec, J.E. (1991). Socializing Concern for Others in the Home. DEVELOPMENTAL PSYCHOLOGY 27(2, Mar): 338-342. EJ 431 672.
Kohn, A. (1990). THE BRIGHTER SIDE OF HUMAN NATURE: ALTRUISM AND EMPATHY IN EVERYDAY LIFE. New York: Basic Books.
Kohn, A. (1993). PUNISHED BY REWARDS: THE TROUBLE WITH GOLD STARS, INCENTIVE PLANS, A'S, PRAISE, AND OTHER BRIBES. Boston: Houghton Mifflin.
Solomon, D., M. Watson, V. Battistich, E. Schaps, and K. Delucchi. (1992). Creating a Caring Community: Educational Practices That Promote Children's Prosocial Development. In F.K. Oser, A. Dick, and J.L. Patry (Eds.), EFFECTIVE AND RESPONSIBLE TEACHING: THE NEW SYNTHESIS. San Francisco: Jossey-Bass.
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Traducido por www.familialibre.com/ (Mónica Salazar) con autorización expresa del autor.
Copyright © 1994 por Alfie Kohn. Este artículo puede ser bajado de Internet, reproducido, y distribuido sin permiso siempre y cuando cada copia incluya este anuncio juntamente con la información de las citas (i.e., nombre del periódico en el que apareció originalmente, fecha de publicación, y nombre del autor). Se debe pedir permiso para reimprimir este artículo en un trabajo publicado o para ofrecerlo de venta en cualquier otra forma. Por favor escriba en Inglés a: http://www.alfiekohn.org/contactus.htm
Decir la verdad a sus hijos
por Alice Miller
Sábado, 22 de diciembre de 2007
A veces intento imaginarme como reaccionaría una persona que hubiese crecido en otro planeta, en el cual a nadie se le hubiese ocurrido pegar a los niños. Quizás algún día gracias al progreso espacial, se podrá viajar de planeta a planeta y seres de costumbres completamente diferentes llegarán a nuestra tierra. ¿Qué sentirán entonces en su mente y en su corazón cuando vean a un adulto humano vigoroso precipitarse sobre niños pequeños indefensos y pegarles en un arrebato de furor?
Hoy en día es todavía práctica corriente creer que los niños no están dotados de sensibilidad y persuadirnos de que todos los sufrimientos que les infligimos no tienen consecuencias o en todo caso de menor importancia que en los adultos, precisamente porque son « todavía niños ». Por esta misma razón, hasta hace poco tiempo las operaciones sin anestesia estaban autorizadas en los niños. Peor aún, la circuncisión y la extirpación se consideran en numerosos países como costumbres tradicionales legítimas igual que los ritos de iniciación sádicos...
Pegar, golpear a un adulto se denomina tortura, pegar a los niños lo llamamos educación. ¿Por qué no es ésto suficiente para poner claramente y netamente en evidencia la existencia de una anomalía que perturba el cerebro de la mayoría de la gente, una « lesión », un enorme vacío justamente ahí donde deberíamos sentir la empatía en particular HACIA LOS NIÑOS ? En el fondo esta observación es más que suficiente para probar la exactitud de la tesis según la cual el cerebro de todos los niños, a quienes se les ha pegado, conservan secuelas porque, ¡prácticamente todos los adultos, son insensibles a la violencia que infligimos a los niños!
Dado que las torturas que sufren los niños son negadas y rechazadas por la mayor parte de la gente, se podría suponer que este mecanismo (de protección ) forma parte de la naturaleza humana, evita sufrimientos y desempeña incluso un papel positivo en el ser humano. No obstante existen al menos dos hechos que contradicen esta aserción. En primer lugar es justamente cuando negamos los malos tratos sufridos que los transmitimos a la siguiente generación, impidiendo así la interrupción de la cadena de la violencia y en segundo lugar, el recordar lo que hemos sufrido permite le desaparición de los síntomas de enfermedad.
Está demostrado hoy que el sacar a la luz los sufrimientos vividos en nuestra infancia en presencia de un testigo compasivo conduce a la anulación de los síntomas físicos y psíquicos (como la depresión); este hecho nos obliga a tener que buscar nuevas formas de terapia, ya que manteniéndonos en la negación de nuestra realidad no encontraremos la liberación, sino mas bien enfrentándonos a nuestra propia verdad con todo lo que conlleva de doloroso.
A mi parecer, las mismas conclusiones se pueden aplicar en la terapia con los niños. Durante mucho tiempo pensé, como la mayoría de la gente, que los niños necesitaban de la ilusión y del engaño para poder sobrevivir puesto que enfrentarlos a la realidad sería demasiado doloroso para ellos. Sin embargo, hoy estoy convencida, de que lo que es válido para los adultos los es también para los niños: quien conoce la verdad sobre su historia está protegido de enfermedades o desórdenes de cualquier tipo. Pero para ello, la ayuda de sus padres les es indispensable.
Numerosos son los niños que presentan problemas de comportamiento en la actualidad y numerosas son también las proposiciones terapéuticas. Desgraciadamente estas se apoyan en general en conceptos pedagógicos según los cuales es posible y necesario inculcar adaptación y sumisión con los niños « difíciles ». Se trata de la terapia conductista que consiste en una cierta « reparación » del niño.
Todas ellas tienen en común el callar o ignorar el hecho de que cada niño problemático expresa con su comportamiento la historia del no respeto de su integridad, que empieza en su más tierna edad como lo muestran mis investigaciones (ver mi artículo del 2006 « La impotencia de las estadísticas », todavía no traducido al español) entre 0 y 4 años, momento en el que se está formando su cerebro. La mayoría de las veces este momento de su historia cae en el olvido.
No obstante, no se puede verdaderamente ayudar a un ser lastimado a curar sus heridas si nos negamos a verlas. Afortunadamente las perspectivas de curación son mejores en un organismo joven y ésto es igualmente válido con los problemas psíquicos. El primer paso a dar sería pues el de prepararse a mirar de frente sus propias heridas, tomarlas en serio y cesar de negarlas. Ésto no tiene nada que ver con una « reparación de trastornos » en el niño, se trata mas bien de curar sus heridas por medio de la empatía y de una información justa y verdadera.
Para que el niño llegue a su pleno desarrollo emocional (sus verdadera madurez) necesita mucho más que el simple aprendizaje de adaptación a la norma. Para que no desarrolle mas tarde ni depresión ni desarreglos alimenticios, ni caiga en la droga, necesita acceder a su historia. Pienso que con los niños maltratados los esfuerzos educativos e incluso terapéuticos, aún realizados con las mejores intenciones, están condenados al fracaso si la humillación vivida no ha sido evocada nunca o dicho de otra forma si el niño está solo con su vivencia. Para poder quitar esta armadura que aísla (la soledad frente a su secreto) los padres deberían encontrar el valor necesario para reconocer su culpa para con el niño. Esto cambiaría completamente la situación. Podrían decirle por ejemplo en el transcurso de una tranquila charla:
“Te pegábamos cuando eras todavía pequeño porque a nosotros nos educaron así y pensamos que era de esta forma como había que hacerlo”. Pero ahora sabemos que nunca deberíamos habernos permitido pegarte y sentimos en el alma la humillación que te causamos y el dolor que te hemos infligido, no lo volveremos a hacer nunca más. Y si ves que lo olvidamos, te pedimos por favor que nos recuerdes la promesa que te acabamos de hacer.
Existen ya 17 países en los cuales se penaliza el pegar a los niños porque simplemente está prohibido hacerlo. Durante los últimos 10 años hay cada vez más gente que comprende que un niño al que se le pega, vive asustado y crece con el temor del siguiente golpe, alterándose así muchas de sus funciones normales. Entre otras, no será capaz más tarde de defenderse si le atacan o el miedo le producirá un choque desproporcionado. Un niño que vive bajo el temor puede difícilmente concentrarse con sus deberes tanto en casa como en la escuela. Su atención se centra más en el comportamiento de sus profesores o padres que en lo que debe aprender, ya que nunca sabe cuando « la mano se va a escapar ». El comportamiento de los adultos le es completamente imprevisible y por ello está constantemente en estado de vigilia. El niño pierde toda la confianza en sus padres que deberían, como todo mamífero, protegerlo de las agresiones exteriores y en ningún caso agredirlo. Desprovisto de esta confianza se siente inseguro y solo, porque además toda la sociedad está del lado de los padres (adultos) y no de los niños.
Estas informaciones no son una revelación para él, puesto que su cuerpo lo sabe ya desde hace mucho tiempo. Pero la decisión de sus padres de no huir ya delante de estos hechos, y el valor de reconocerlos produce sin duda en él un efecto benéfico liberador y duradero. Nos presentaremos así como un modelo hecho no solamente de palabras, sino de la actitud, que se necesita para actuar tal como se piensa con el respeto de la verdad y de la dignidad del niño y no con violencia y falta de dominio de sí mismo. Como los niños aprenden de la actitud de sus padres y no de sus palabras esta confesión será más que positiva. El secreto con el que el niño vivía, ha sido por fin desvelado e integrado en la relación que puede establecerse a partir de ahora, sobre una base de respeto mutuo y no bajo el autoritarismo y el poder. Las heridas hasta ahora ignoradas pueden curarse puesto que ya no se quedarán almacenadas por más tiempo en el inconsciente. Cuando estos niños, informados, se vuelven padres ya no corren el riesgo de reproducir de forma compulsiva el comportamiento brutal o perverso de sus padres, ya no son sus heridas reprimidas quienes los dirigen. La confesión de los padres ha borrado la trágica historia quitándole su peligroso potencial.
El niño maltratado por sus padres ha aprendido de ellos a reaccionar con violencia, esto es incontestable y cualquier enseñante puede confirmarlo si no se niega a ver lo que tiene delante de sus ojos: El niño que recibe golpes en casa pega a los más débiles tanto en la escuela como en su familia. Se le castiga cuando zumba a su hermano pequeño y le resulta incomprensible el funcionamiento del mundo.¿No es de sus padres de quienes lo ha aprendido? Es así como aparece muy temprana la confusión que se manifiesta como una « perturbación » y llevamos al niño a hacer una terapia. Pero nadie o muy poca gente se atreve a atacar la raíz de la violencia, algo que debería ser tan evidente.
La terapia a través del juego con terapeutas dotados de sensibilidad puede evidentemente ayudar al niño a expresarse y a tener confianza en él en ese entorno protegido. Pero como el terapeuta omite las heridas ocasionadas en el pasado, el niño en general está solo de nuevo, con su vivencia. Incluso los mejores terapeutas no pueden quitarle ese peso si la preocupación de proteger a los padres les impide tener en cuenta las heridas de los primeros años. Además no son ellos los que deberían hablar con el niño puesto que ésto suscitaría el temor de ser castigado por sus padres. El terapeuta debe trabajar con los padres por separado y explicarles como el hecho de hablar de ello con sus hijos puede ser liberador para ellos mismos y para sus niños.
Está claro que todos los padres no van a estar de acuerdo con esta proposición aún cuando el consejo proviene del propio terapeuta, cosa que sería deseable. Algunos se burlarán incluso de esta idea y dirán que el terapeuta es muy ingenuo, que no tiene ni la menor idea de como los niños son manipuladores y seguramente abusarán de la gentileza de sus padres. Estas reacciones no tienen nada de extraño puesto que la mayoría de los padres ven en sus hijos a sus propios padres y temen confesar sus faltas ya que antaño les castigaron severamente por ellas. Se aferran a su idea de perfección y es muy probable que sean incapaces de corregirse.
Quiero sin embargo creer que todos los padres no son incorregibles. Pienso que a pesar del pánico hay muchos que desean renunciar a una relación de poder, que quieren desde hace mucho tiempo ayudar a sus hijos pero que hasta ahora no sabían como hacerlo ya que temían abrirse sinceramente a ellos. Es cierto que esos padres podrán con más facilidad imponerse una franca conversación sobre el « secreto » y que con la reacción de sus hijos podrán ver los efectos positivos de la revelación de la verdad. Constatarán entonces por ellos mismos que los valores que intentamos transmitir por medio del autoritarismo son inútiles comparados con la confesión sincera de sus errores, condición indispensable para que al adulto se le pueda otorgar la verdadera autoridad, porque es creíble. Se cae de su peso que cada niño necesita de esa autoridad para encontrar su camino en el mundo. Un niño a quien se le ha dicho la verdad, a quien no se ha educado para que se acomode con mentiras y atrocidades puede desarrollar todas sus potencialidades como una planta que en buena tierra hace crecer sus raíces sin riesgo de ser atacada por bichos perjudiciales (mentiras).
Intenté comprobar esta idea con amigos y pedí a los padres y también a los niños su parecer. A menudo constaté que se me comprendía mal, mis interlocutores interpretaban mis propósitos como si se tratara de pedir excusas de parte de los padres. Los niños respondían que había que ser capaz de perdonarlos, etc. Pero mi idea no corresponde en absoluto con éso. Si los padres se disculpan los hijos pueden tener la impresión que se espera de ellos el perdón para descargar a sus padres y liberarlos de sus sentimientos de culpabilidad. Esto sería pedir demasiado a nuestros hijos.
Lo que pienso realmente es en dar una información que confirme lo que el niño siente ya en su cuerpo y en acordar un lugar central a su vivencia. Es el niño quien ocupa el primer plano con sus sentimientos y necesidades. Cuando nuestro hijo ve que nos interesamos por lo que él siente cuando nos excedemos con él vive un momento de gran alivio mezclado con una confusa sensación de justicia... No se trata de perdonar sino de evacuar los secretos que se paran. Se trata de construir una nueva relación fundada en la confianza mutua, de suprimir la armadura que aislaba hasta ahora al niño maltratado.
En cuanto los padres pueden reconocer el dolor que han causado a sus hijos, muchos caminos hasta ahora cerrados, se abren en un proceso de espontánea curación. Este es el resultado que esperamos de un terapeuta pero sin la cooperación de los padres resulta imposible.
Si los padres nos dirigimos a nuestros hijos con respeto, atención y benevolencia reconociendo sinceramente nuestras faltas sin decir: « es tu comportamiento el que nos ha obligado a tratarte así », muchas cosas cambian. El niño tiene así ante él un modelo que le permite encontrar su camino, ya no intentamos evitar la realidad, ya no tratamos de « cambiar » a nuestro hijo para que nos resulte más agradable, no, lo que hacemos es mostrarle que decir la verdad tiene un gran poder curativo. Y sobre todo: ya no necesita sentirse culpable de las faltas de sus padres una vez que estos han podido reconocer su culpabilidad. En los adultos, tales sentimientos de culpabilidad son el origen de innumerables depresiones.
Los niños que han podido sentir a través de esas conversaciones que sus padres han tomado en serio sus heridas y sentimientos y han sido respetados en su dignidad, estarán igualmente mejor protegidos de los efectos nocivos de la televisión que aquellos que siguen dominados por el deseo de venganza reprimido contra sus padres y por esta razón se identificarán con las escenas violentas que verán en la pequeña pantalla. Y no es la prohibición, como preconizan los hombres políticos, la que les impedirá « deleitarse » con lo que propone la televisión.
Por el contrario, los niños informados de las heridas sufridas en su más tierna edad tendrán sin duda un espíritu crítico más desarrollado con relación a este tipo de películas o se desinteresarán rápidamente por ellas. Quizás incluso discernirán el sadismo subyacente de sus autores con más facilidad que la mayoría de los adultos decididos a ignorar el dolor del niño maltratado que fueron. Estos mismos adultos se dejan fascinar por las escenas violentas sin darse cuenta de que son abusivamente conducidos a consumir la basura emocional de una vida que el cineasta presenta con el nombre de « arte » y que venderá a un buen precio, ignorando que se trata de su propia historia.
Esto lo vi claramente al escuchar una entrevista a un famoso director de cine americano que mostraba sin reparo en sus películas monstruos horribles y prácticas sexuales brutales con flagelaciones. Añadió que gracias a la técnica moderna, podía hacer comprender que el amor tiene diversas facetas y que el azotarse era una forma de amor. ¿Dónde, cuándo y quién le ha inculcado esta espantosa filosofía en su primera infancia? Por lo visto no tiene ni la menor idea y probablemente permanecerá en la ignorancia hasta el final de su vida. No obstante lo que concibe como su arte le permite contar su historia trivializándola totalmente en su memoria. Esta ceguera tiene evidentemente graves consecuencias sociales.
La mejor edad para hablar con sus hijos de las heridas que se le ha infligido, es sin duda entre cuatro y doce años o sea antes de la pubertad. Pasada la adolescencia el interés por estos hechos probablemente va a disminuir. Las defensas contra el recuerdo de sus precoces sufrimientos corren el riesgo de estar ya sólidamente edificadas, puesto que estos jóvenes casi adultos se convertirán en padres y una vez en el lugar del más fuerte olvidarán definitivamente su impotencia de antaño. Pero aquí también hay excepciones y además ser adulto tiene consigo momentos en los que a pesar de todos los logros obtenidos, contraer una enfermedad puede obligarle a cuestionarse sobre su infancia.
No es raro que las personas que buscan respuesta a sus interrogantes descubran su verdadero Ser, la historia del niño maltratado que fueron y sus sufrimientos hasta ahora negados. Empiecen a vivir sus auténticos sentimientos en lugar de rehuirlos y sorprenderse de encontrar por ese camino la verdadera liberación. Dando así al niño que fueron lo que sus padres no pudieron nunca darle: el permiso de conocer la verdad, de vivir con ella, admitirla y cesar de huir. Como ahora conocen la verdad sobre su historia ya no necesitan engañarse o anestesiarse por medio de drogas, medicamentos, alcohol o teorías que suenan bien. Recuperan así la energía que antes debieron utilizar para huir de ellos mismos.
Alice Miller
Traducido del francés por Rosa Barrio
Sábado, 22 de diciembre de 2007
A veces intento imaginarme como reaccionaría una persona que hubiese crecido en otro planeta, en el cual a nadie se le hubiese ocurrido pegar a los niños. Quizás algún día gracias al progreso espacial, se podrá viajar de planeta a planeta y seres de costumbres completamente diferentes llegarán a nuestra tierra. ¿Qué sentirán entonces en su mente y en su corazón cuando vean a un adulto humano vigoroso precipitarse sobre niños pequeños indefensos y pegarles en un arrebato de furor?
Hoy en día es todavía práctica corriente creer que los niños no están dotados de sensibilidad y persuadirnos de que todos los sufrimientos que les infligimos no tienen consecuencias o en todo caso de menor importancia que en los adultos, precisamente porque son « todavía niños ». Por esta misma razón, hasta hace poco tiempo las operaciones sin anestesia estaban autorizadas en los niños. Peor aún, la circuncisión y la extirpación se consideran en numerosos países como costumbres tradicionales legítimas igual que los ritos de iniciación sádicos...
Pegar, golpear a un adulto se denomina tortura, pegar a los niños lo llamamos educación. ¿Por qué no es ésto suficiente para poner claramente y netamente en evidencia la existencia de una anomalía que perturba el cerebro de la mayoría de la gente, una « lesión », un enorme vacío justamente ahí donde deberíamos sentir la empatía en particular HACIA LOS NIÑOS ? En el fondo esta observación es más que suficiente para probar la exactitud de la tesis según la cual el cerebro de todos los niños, a quienes se les ha pegado, conservan secuelas porque, ¡prácticamente todos los adultos, son insensibles a la violencia que infligimos a los niños!
Dado que las torturas que sufren los niños son negadas y rechazadas por la mayor parte de la gente, se podría suponer que este mecanismo (de protección ) forma parte de la naturaleza humana, evita sufrimientos y desempeña incluso un papel positivo en el ser humano. No obstante existen al menos dos hechos que contradicen esta aserción. En primer lugar es justamente cuando negamos los malos tratos sufridos que los transmitimos a la siguiente generación, impidiendo así la interrupción de la cadena de la violencia y en segundo lugar, el recordar lo que hemos sufrido permite le desaparición de los síntomas de enfermedad.
Está demostrado hoy que el sacar a la luz los sufrimientos vividos en nuestra infancia en presencia de un testigo compasivo conduce a la anulación de los síntomas físicos y psíquicos (como la depresión); este hecho nos obliga a tener que buscar nuevas formas de terapia, ya que manteniéndonos en la negación de nuestra realidad no encontraremos la liberación, sino mas bien enfrentándonos a nuestra propia verdad con todo lo que conlleva de doloroso.
A mi parecer, las mismas conclusiones se pueden aplicar en la terapia con los niños. Durante mucho tiempo pensé, como la mayoría de la gente, que los niños necesitaban de la ilusión y del engaño para poder sobrevivir puesto que enfrentarlos a la realidad sería demasiado doloroso para ellos. Sin embargo, hoy estoy convencida, de que lo que es válido para los adultos los es también para los niños: quien conoce la verdad sobre su historia está protegido de enfermedades o desórdenes de cualquier tipo. Pero para ello, la ayuda de sus padres les es indispensable.
Numerosos son los niños que presentan problemas de comportamiento en la actualidad y numerosas son también las proposiciones terapéuticas. Desgraciadamente estas se apoyan en general en conceptos pedagógicos según los cuales es posible y necesario inculcar adaptación y sumisión con los niños « difíciles ». Se trata de la terapia conductista que consiste en una cierta « reparación » del niño.
Todas ellas tienen en común el callar o ignorar el hecho de que cada niño problemático expresa con su comportamiento la historia del no respeto de su integridad, que empieza en su más tierna edad como lo muestran mis investigaciones (ver mi artículo del 2006 « La impotencia de las estadísticas », todavía no traducido al español) entre 0 y 4 años, momento en el que se está formando su cerebro. La mayoría de las veces este momento de su historia cae en el olvido.
No obstante, no se puede verdaderamente ayudar a un ser lastimado a curar sus heridas si nos negamos a verlas. Afortunadamente las perspectivas de curación son mejores en un organismo joven y ésto es igualmente válido con los problemas psíquicos. El primer paso a dar sería pues el de prepararse a mirar de frente sus propias heridas, tomarlas en serio y cesar de negarlas. Ésto no tiene nada que ver con una « reparación de trastornos » en el niño, se trata mas bien de curar sus heridas por medio de la empatía y de una información justa y verdadera.
Para que el niño llegue a su pleno desarrollo emocional (sus verdadera madurez) necesita mucho más que el simple aprendizaje de adaptación a la norma. Para que no desarrolle mas tarde ni depresión ni desarreglos alimenticios, ni caiga en la droga, necesita acceder a su historia. Pienso que con los niños maltratados los esfuerzos educativos e incluso terapéuticos, aún realizados con las mejores intenciones, están condenados al fracaso si la humillación vivida no ha sido evocada nunca o dicho de otra forma si el niño está solo con su vivencia. Para poder quitar esta armadura que aísla (la soledad frente a su secreto) los padres deberían encontrar el valor necesario para reconocer su culpa para con el niño. Esto cambiaría completamente la situación. Podrían decirle por ejemplo en el transcurso de una tranquila charla:
“Te pegábamos cuando eras todavía pequeño porque a nosotros nos educaron así y pensamos que era de esta forma como había que hacerlo”. Pero ahora sabemos que nunca deberíamos habernos permitido pegarte y sentimos en el alma la humillación que te causamos y el dolor que te hemos infligido, no lo volveremos a hacer nunca más. Y si ves que lo olvidamos, te pedimos por favor que nos recuerdes la promesa que te acabamos de hacer.
Existen ya 17 países en los cuales se penaliza el pegar a los niños porque simplemente está prohibido hacerlo. Durante los últimos 10 años hay cada vez más gente que comprende que un niño al que se le pega, vive asustado y crece con el temor del siguiente golpe, alterándose así muchas de sus funciones normales. Entre otras, no será capaz más tarde de defenderse si le atacan o el miedo le producirá un choque desproporcionado. Un niño que vive bajo el temor puede difícilmente concentrarse con sus deberes tanto en casa como en la escuela. Su atención se centra más en el comportamiento de sus profesores o padres que en lo que debe aprender, ya que nunca sabe cuando « la mano se va a escapar ». El comportamiento de los adultos le es completamente imprevisible y por ello está constantemente en estado de vigilia. El niño pierde toda la confianza en sus padres que deberían, como todo mamífero, protegerlo de las agresiones exteriores y en ningún caso agredirlo. Desprovisto de esta confianza se siente inseguro y solo, porque además toda la sociedad está del lado de los padres (adultos) y no de los niños.
Estas informaciones no son una revelación para él, puesto que su cuerpo lo sabe ya desde hace mucho tiempo. Pero la decisión de sus padres de no huir ya delante de estos hechos, y el valor de reconocerlos produce sin duda en él un efecto benéfico liberador y duradero. Nos presentaremos así como un modelo hecho no solamente de palabras, sino de la actitud, que se necesita para actuar tal como se piensa con el respeto de la verdad y de la dignidad del niño y no con violencia y falta de dominio de sí mismo. Como los niños aprenden de la actitud de sus padres y no de sus palabras esta confesión será más que positiva. El secreto con el que el niño vivía, ha sido por fin desvelado e integrado en la relación que puede establecerse a partir de ahora, sobre una base de respeto mutuo y no bajo el autoritarismo y el poder. Las heridas hasta ahora ignoradas pueden curarse puesto que ya no se quedarán almacenadas por más tiempo en el inconsciente. Cuando estos niños, informados, se vuelven padres ya no corren el riesgo de reproducir de forma compulsiva el comportamiento brutal o perverso de sus padres, ya no son sus heridas reprimidas quienes los dirigen. La confesión de los padres ha borrado la trágica historia quitándole su peligroso potencial.
El niño maltratado por sus padres ha aprendido de ellos a reaccionar con violencia, esto es incontestable y cualquier enseñante puede confirmarlo si no se niega a ver lo que tiene delante de sus ojos: El niño que recibe golpes en casa pega a los más débiles tanto en la escuela como en su familia. Se le castiga cuando zumba a su hermano pequeño y le resulta incomprensible el funcionamiento del mundo.¿No es de sus padres de quienes lo ha aprendido? Es así como aparece muy temprana la confusión que se manifiesta como una « perturbación » y llevamos al niño a hacer una terapia. Pero nadie o muy poca gente se atreve a atacar la raíz de la violencia, algo que debería ser tan evidente.
La terapia a través del juego con terapeutas dotados de sensibilidad puede evidentemente ayudar al niño a expresarse y a tener confianza en él en ese entorno protegido. Pero como el terapeuta omite las heridas ocasionadas en el pasado, el niño en general está solo de nuevo, con su vivencia. Incluso los mejores terapeutas no pueden quitarle ese peso si la preocupación de proteger a los padres les impide tener en cuenta las heridas de los primeros años. Además no son ellos los que deberían hablar con el niño puesto que ésto suscitaría el temor de ser castigado por sus padres. El terapeuta debe trabajar con los padres por separado y explicarles como el hecho de hablar de ello con sus hijos puede ser liberador para ellos mismos y para sus niños.
Está claro que todos los padres no van a estar de acuerdo con esta proposición aún cuando el consejo proviene del propio terapeuta, cosa que sería deseable. Algunos se burlarán incluso de esta idea y dirán que el terapeuta es muy ingenuo, que no tiene ni la menor idea de como los niños son manipuladores y seguramente abusarán de la gentileza de sus padres. Estas reacciones no tienen nada de extraño puesto que la mayoría de los padres ven en sus hijos a sus propios padres y temen confesar sus faltas ya que antaño les castigaron severamente por ellas. Se aferran a su idea de perfección y es muy probable que sean incapaces de corregirse.
Quiero sin embargo creer que todos los padres no son incorregibles. Pienso que a pesar del pánico hay muchos que desean renunciar a una relación de poder, que quieren desde hace mucho tiempo ayudar a sus hijos pero que hasta ahora no sabían como hacerlo ya que temían abrirse sinceramente a ellos. Es cierto que esos padres podrán con más facilidad imponerse una franca conversación sobre el « secreto » y que con la reacción de sus hijos podrán ver los efectos positivos de la revelación de la verdad. Constatarán entonces por ellos mismos que los valores que intentamos transmitir por medio del autoritarismo son inútiles comparados con la confesión sincera de sus errores, condición indispensable para que al adulto se le pueda otorgar la verdadera autoridad, porque es creíble. Se cae de su peso que cada niño necesita de esa autoridad para encontrar su camino en el mundo. Un niño a quien se le ha dicho la verdad, a quien no se ha educado para que se acomode con mentiras y atrocidades puede desarrollar todas sus potencialidades como una planta que en buena tierra hace crecer sus raíces sin riesgo de ser atacada por bichos perjudiciales (mentiras).
Intenté comprobar esta idea con amigos y pedí a los padres y también a los niños su parecer. A menudo constaté que se me comprendía mal, mis interlocutores interpretaban mis propósitos como si se tratara de pedir excusas de parte de los padres. Los niños respondían que había que ser capaz de perdonarlos, etc. Pero mi idea no corresponde en absoluto con éso. Si los padres se disculpan los hijos pueden tener la impresión que se espera de ellos el perdón para descargar a sus padres y liberarlos de sus sentimientos de culpabilidad. Esto sería pedir demasiado a nuestros hijos.
Lo que pienso realmente es en dar una información que confirme lo que el niño siente ya en su cuerpo y en acordar un lugar central a su vivencia. Es el niño quien ocupa el primer plano con sus sentimientos y necesidades. Cuando nuestro hijo ve que nos interesamos por lo que él siente cuando nos excedemos con él vive un momento de gran alivio mezclado con una confusa sensación de justicia... No se trata de perdonar sino de evacuar los secretos que se paran. Se trata de construir una nueva relación fundada en la confianza mutua, de suprimir la armadura que aislaba hasta ahora al niño maltratado.
En cuanto los padres pueden reconocer el dolor que han causado a sus hijos, muchos caminos hasta ahora cerrados, se abren en un proceso de espontánea curación. Este es el resultado que esperamos de un terapeuta pero sin la cooperación de los padres resulta imposible.
Si los padres nos dirigimos a nuestros hijos con respeto, atención y benevolencia reconociendo sinceramente nuestras faltas sin decir: « es tu comportamiento el que nos ha obligado a tratarte así », muchas cosas cambian. El niño tiene así ante él un modelo que le permite encontrar su camino, ya no intentamos evitar la realidad, ya no tratamos de « cambiar » a nuestro hijo para que nos resulte más agradable, no, lo que hacemos es mostrarle que decir la verdad tiene un gran poder curativo. Y sobre todo: ya no necesita sentirse culpable de las faltas de sus padres una vez que estos han podido reconocer su culpabilidad. En los adultos, tales sentimientos de culpabilidad son el origen de innumerables depresiones.
Los niños que han podido sentir a través de esas conversaciones que sus padres han tomado en serio sus heridas y sentimientos y han sido respetados en su dignidad, estarán igualmente mejor protegidos de los efectos nocivos de la televisión que aquellos que siguen dominados por el deseo de venganza reprimido contra sus padres y por esta razón se identificarán con las escenas violentas que verán en la pequeña pantalla. Y no es la prohibición, como preconizan los hombres políticos, la que les impedirá « deleitarse » con lo que propone la televisión.
Por el contrario, los niños informados de las heridas sufridas en su más tierna edad tendrán sin duda un espíritu crítico más desarrollado con relación a este tipo de películas o se desinteresarán rápidamente por ellas. Quizás incluso discernirán el sadismo subyacente de sus autores con más facilidad que la mayoría de los adultos decididos a ignorar el dolor del niño maltratado que fueron. Estos mismos adultos se dejan fascinar por las escenas violentas sin darse cuenta de que son abusivamente conducidos a consumir la basura emocional de una vida que el cineasta presenta con el nombre de « arte » y que venderá a un buen precio, ignorando que se trata de su propia historia.
Esto lo vi claramente al escuchar una entrevista a un famoso director de cine americano que mostraba sin reparo en sus películas monstruos horribles y prácticas sexuales brutales con flagelaciones. Añadió que gracias a la técnica moderna, podía hacer comprender que el amor tiene diversas facetas y que el azotarse era una forma de amor. ¿Dónde, cuándo y quién le ha inculcado esta espantosa filosofía en su primera infancia? Por lo visto no tiene ni la menor idea y probablemente permanecerá en la ignorancia hasta el final de su vida. No obstante lo que concibe como su arte le permite contar su historia trivializándola totalmente en su memoria. Esta ceguera tiene evidentemente graves consecuencias sociales.
La mejor edad para hablar con sus hijos de las heridas que se le ha infligido, es sin duda entre cuatro y doce años o sea antes de la pubertad. Pasada la adolescencia el interés por estos hechos probablemente va a disminuir. Las defensas contra el recuerdo de sus precoces sufrimientos corren el riesgo de estar ya sólidamente edificadas, puesto que estos jóvenes casi adultos se convertirán en padres y una vez en el lugar del más fuerte olvidarán definitivamente su impotencia de antaño. Pero aquí también hay excepciones y además ser adulto tiene consigo momentos en los que a pesar de todos los logros obtenidos, contraer una enfermedad puede obligarle a cuestionarse sobre su infancia.
No es raro que las personas que buscan respuesta a sus interrogantes descubran su verdadero Ser, la historia del niño maltratado que fueron y sus sufrimientos hasta ahora negados. Empiecen a vivir sus auténticos sentimientos en lugar de rehuirlos y sorprenderse de encontrar por ese camino la verdadera liberación. Dando así al niño que fueron lo que sus padres no pudieron nunca darle: el permiso de conocer la verdad, de vivir con ella, admitirla y cesar de huir. Como ahora conocen la verdad sobre su historia ya no necesitan engañarse o anestesiarse por medio de drogas, medicamentos, alcohol o teorías que suenan bien. Recuperan así la energía que antes debieron utilizar para huir de ellos mismos.
Alice Miller
Traducido del francés por Rosa Barrio
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